XVI PERO Quilón tardó algún tiempo en presentarse, hasta el extremo de que, por fin, Vinicio no supo a qué atribuir su ausencia. En vano se repetía a sí mismo que las pesquisas, para que pudieran alcanzar un éxito cierto y afortunado, deberían ser lentas. Su sangre y su índole impulsiva se rebelaban contra la voz de la razón. No hacer nada, esperar constantemente sentado y con los brazos cruzados era algo tan opuesto a su manera de ser, que no podía reconciliarse con semejante situación. Recorrer las calles de la ciudad disfrazado con un oscuro manto de esclavo había llegado a ser ya un recurso inútil y se le presentaba tan sólo como un simple pretexto para disimular su propia impotencia y, por tanto, no podía satisfacerle. Sus libertos, hombres experimentados a quienes había confiado el

