XXIV PERO empezó también a temer que alguna ayuda inoportuna viniese a turbar su dicha. Bien podía Quilón haber dado noticia de su desaparición al prefecto de Roma o habérsela comunicado en su casa a los libertos, y en tal caso era probable una invasión de aquel sitio por los guardias de la ciudad. Cierto es que había momentos en que atravesaba por su cerebro la idea de que, llegada tal contingencia, bien podía ordenar que se apoderasen de Ligia y la encerraran en su casa; pero luego se decía que no debía hacer tal cosa y no se conceptuaba ahora capaz de llevarla a cabo. Era tiránico, insolente y bastante corrompido; en caso necesario, hasta era inexorable; mas no era Tigelino ni Nerón. La vida militar había dejado en su alma ciertos resabios de justicia, de religión y de conciencia suf

