XXVII

3965 Palabras

XXVII DESDE aquel momento, Ligia se dejó ver más de tarde en tarde en la sala común, y se aproximó con menos frecuencia al lecho del enfermo. Pero la paz no tornaba a su alma. Observaba que Vinicio la seguía con mirada suplicante, vivía pendiente de cada palabra suya, como si se tratara de un favor; que sufría y no osaba quejarse, por temor de alejarla con ello de su lado; que para él sólo ella era la felicidad y la salud. Y entonces se le abría el pecho a la compasión más honda. Pronto reparó en que mientras más se afanaba por evitar su proximidad más le compadecía, y que se iban despertando en ella la compasión y sentimientos de mayor y más intensa ternura. Y la paz pareció entonces abandonarla por completo. En ocasiones se decía que su deber primordial era estar siempre a su lado; en

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