XXXV AL anochecer de ese día, yendo Vinicio de regreso a su casa por el Forum, vio a la entrada del Vicus Tuscus [90] la dorada litera de Petronio, conducida por fornidos bitinios, y, deteniéndole con un ademán, se aproximó a las cortinas. —¡Espero que hayas tenido un sueño agradable y feliz! —exclamó, sonriendo, al ver que dentro de la litera Petronio dormitaba. —¡Ah! ¿Eres tú? —dijo el Arbiter, abriendo los ojos—. Sí; acababa de quedarme dormido, pues pasé la noche en el Palatino. He salido a comprar algunos libros para leer en el camino de Ancio. ¿Qué noticias tienes? —¿Estás recorriendo librerías? —preguntó Vinicio. —Sí, no me agrada introducir en mi biblioteca el más ligero desorden, así que estoy haciendo una provisión especial para el viaje. Es probable que tengamos ya algunas

