La multitud prorrumpió, a su vista, en una tempestad de aplausos. —¡Salve, divino César! —exclamaban—. ¡Salve, conquistador! ¡Salve, incomparable! ¡Hijo de Apolo, Apolo mismo! Al escuchar estas aclamaciones sonreía; mas por momentos se diría que velaba una nube su semblante, porque la plebe romana era satírica y mordaz en sus manifestaciones y se daban casos en que había llegado hasta hacer blanco de sus punzantes críticas aun a los grandes triunfadores y a hombres a quienes amaba y respetaba. Era sabido que una vez habían gritado cuando entraba Julio César en Roma: «¡Ciudadanos, ocultad vuestras esposas, que viene el calvo libertino!». Pero la monstruosa vanidad de Nerón no soportaba la menor increpación o crítica; y, entretanto, en medio de aquella multitud y mezclados con las aclamac

