IV ESTABA Urso sacando agua en la cisterna tirando con una cuerda de una doble ánfora mientras cantaba a media voz una extraña canción ligia, y al mismo tiempo alzaba la vista de cuando en cuando para observar lleno de complacencia, por entre los cipreses, el grupo que en el jardín de Lino formaban Ligia y Vinicio, apareciendo en la distancia como un par de blancas estatuas. Ni la más leve brisa agitaba sus vestidos. Descendía sobre el mundo el crepúsculo, de oro y violeta, mientras ellos conversaban cogidos de la mano en medio de la placidez de aquella tarde. —¿No te sobrevendrá, Marco, ninguna desgracia por haber salido de Ancio sin permiso del César? —preguntó Ligia. —No, amada mía —contestó Vinicio—. El César anunció que se iba a encerrar durante dos días con Terpnos y a dedicarse

