IX LA luz procedente de la monstruosa llama que envolvía la ciudad llenaba el horizonte hasta donde podía abarcar la mirada. La luna se alzó grande y llena detrás de las colinas y parecía inflamada también por el fuego rojizo, que la asemejaba a un ascua de bronce. Parecía estar contemplando atónita la gran ruina de la ciudad que había gobernado el mundo. En la inmensa bóveda del cielo, que mostraba un tinte de color de rosa, brillaban encendidas las estrellas; pero, contra lo que sucedía habitualmente, ahora la tierra ostentaba fulgores más vivos que los fulgores del cielo. Roma, semejante a una pira gigantesca, iluminaba toda la Campania. A los resplandores de aquella luz de color de sangre se veían a lo lejos los montes y los pueblos, las casas de campo, los templos y monumentos y lo

