Entre aquel ensordecedor estrépito de gritos y alaridos era casi imposible hacer pregunta alguna o escuchar alguna contestación. Por momentos, nuevas columnas de humo, procedentes de la ribera, los rodeaban: y era un humo n***o y tan pesado, que se arrastraba hasta el suelo, sustrayendo a la vista casas, gentes y objetos, como entre tinieblas de una noche lóbrega. Pero las ráfagas de viento que alentaban el incendio disiparon el humo, y pudo entonces Vinicio alcanzar tras mucho esfuerzo la calle en donde estaba situada la casa de Lino. El calor de un día de julio, aumentado intensamente por el que daban las llamas del incendio, llegó a hacerse insoportable. El humo irritaba los ojos y cegaba; se cortaba el aliento. Aun aquéllos de los habitantes que, en la esperanza de que el fuego no

