XVII AL grito «¡Cristianos, a los leones!», seguía propagándose incesantemente por todos los barrios de la ciudad. Al principio no sólo nadie ponía en duda que fueran los cristianos los verdaderos autores de la catástrofe, sino que nadie quería dudar de ello, puesto que el castigo de los culpables iba a ofrecer al populacho un espléndido entretenimiento. No obstante, se extendía al mismo tiempo la opinión de que la catástrofe no habría tomado proporciones tan tremendas a no ser por la cólera de los dioses. Por esta razón se ordenó ofrecer en los templos piacula, o sea sacrificios purificadores. Previa consulta de los libros sibilinos, dispuso el Senado celebrar solemnidades y rogativas públicas a Vulcano, Ceres y Proserpina. Las matronas presentaron ofrendas a Juno; toda una procesión d

