Se puso a escuchar un momento, se volvió hacia donde partía la voz, y, abriéndose paso entre la multitud, se aproximó al que hablaba. Un rayo de luz daba de lleno en el rostro del orador y Vinicio reconoció inmediatamente, bajo la piel de un lobo, la demacrada e implacable fisonomía de Crispo. Éste exclamaba: —¡Arrepentíos de vuestras culpas! ¡Porque el momento se acerca! Quien crea que tan sólo con la muerte ha de redimir las faltas cometidas, incurre en un nuevo pecado y será arrojado al fuego eterno. Con cada uno de vuestros pecados cometidos en este mundo habéis renovado los sufrimientos del Señor, ¿cómo osáis pensar, entonces, que la muerte que os aguarda habrá de redimir esta vida? Hoy, justos y pecadores morirán de muerte igual, pero el Señor sabrá escoger a los suyos. ¡Ay de voso

