Sor Cristina revisó la hora y pensó que todavía estaba a tiempo de llamar a Madrid, sentía una opresión en su pecho porque la noticia de que había alguien buscando a Viole, no le resultaba simpática, no sabía bien el porqué, pero no lo dejaría pasar, así que se aisló y marcó el número personal de Santiago en el teléfono que él le compró para que estuviera en contacto frecuente con la joven diseñadora. –Sí, buenas noches –respondió Santiago sin reconocer de buenas a primeras el número de sor Cristina. –Don Santiago, soy sor Cristina. –¡Sor Cristina! Disculpe mi despiste. –Lamento molestarlo e interrumpir su descanso. –No es molestia, no se preocupe, todavía estoy en mi oficina. –Ah qué bueno, igual espero no importunarlo, pero me urgía hablar con usted. –Dígame, ¿sucede algo? –Así e

