Viole abrió los ojos con los primeros rayos de sol que iluminaron su habitación, enseguida sintió los dedos de Santiago aferrarse a su cadera para hacerla consciente de su erección, ella ahogó un gritito y exclamó: –¿Qué? ¿Otra vez? Es de día. –Para el amor no hay horario –respondió colocándose sobre ella, usando su rodilla para abrir sus piernas y hundiendo el rostro en su cuello para besarla allí, ya que había descubierto que se estremecía sin control cuando él besaba, lamía o mordía esa zona. –Ay, no qué pena, nos vamos a ver todo. –Déjate llevar hermosa, solo siénteme. Viole hizo caso, cerró los ojos, se dejó llevar y vaya que lo sintió, aturdida y temblorosa aún se levantó de la cama cuando escuchó que tocaron a la puerta, salió prácticamente huyendo al baño. –¿Por qué corres co

