Mientras la habitación de los Ivanov se sumergía en una bruma candente a pocos días de su boda. En uno de los barrios más peligrosos de Moscú, para ser exactos, en una habitación oscura, iluminada solo por una lámpara colgante que parpadeaba intermitentemente, proyectando sombras grotescas en las paredes mohosas. Se encontraba Nikolai. El lugar olía a sudor, cigarrillos y sangre seca, un aroma que hacía que incluso los hombres más endurecidos sintieran náuseas. Nikolai estaba en una esquina, en una mesa de madera maltratada que era el centro de atención, rodeada de hombres que reían nerviosamente, sus miradas clavadas en las cartas desgastadas con las que jugaban al póker. El parecido de aquel hombre con Aleksei era innegable: el mismo cabello rubio, los mismos ojos fríos como el acero y

