Ezra…
Siempre he creído que la sonrisa es un arma más letal que la pistola que guardo en el cajón. Bueno… la que guardaba. Ahora ese cajón está vacío, y no porque me haya vuelto un santo. Simplemente porque Cameron metió las narices donde no debía.
Sospeché cuando la encontré al día siguiente de que revisara mis cosas. Sus ojos no saben mentir. Tiene esa forma de parpadear rápido cuando intenta fingir naturalidad, como si de verdad pudiera engañarme. Lo gracioso es que no siento rabia. Al contrario, me divierte verla tropezar en sus intentos de espiarme. Una mujer así de torpe jamás podría lastimarme, apenas puede dejar de lastimarse ella misma, aunque debo admitir que desde que la tengo cerca mi vida es más interesante, sus gestos, su sonrisa, la forma tan torpe que es, esa personalidad distraída y voraz, supongo que es la razón por la que Dominic está tan obsesionado con ella, tiene algo hipnótico que te obliga a observarla todo el tiempo.
Yo me levanto temprano, reviso llamadas, me reúno con la gente adecuada y les digo exactamente lo que quieren escuchar. Eso soy, un encantador de serpientes con traje limpio y sonrisa impecable. Pero cuando se apagan las luces y cierran las cortinas, las serpientes obedecen o se arrastran muertas.
El día empezó como siempre, Penn llegó con el informe de movimientos de dinero, rutas, un par de deudas que necesitaban cobrarse. Yo lo escuché mientras colocaba mis cosas en el maletín, como si hablara de la lista del supermercado.
Esa es la clave, hacer que el infierno parezca rutina.
Miré por la ventana y ahí estaba Cameron en la cocina haciendo una masa para pastel, sonrió al ver a Rosa y luego hablaron, no sé de qué están hablando, me gustaría saber.
Admito que colocar el negocio de la repostería como fachada para mis negocios sucios fue una de mis mejores ideas. Además de eso, este lugar se ha convertido en mi refugio, especialmente ahora que Cameron está aquí. Aprendió bastante rápido y le dí un propósito, solo le faltaba un poco de guía para buscar algo qué hacer, lo mejor es que cuando llegamos a casa y huele a harina y vainilla, es como mi hogar, me hace recordar tantas cosas antes de que mis padres fallecieron. Casi me hace pensar en que todo esto de la venganza contra los Mancini es una farsa. Tal vez… dejar está vida que solo tiene pólvora y sangre.
—Señor, ni siquiera me está prestando atención, no sé por qué estoy hablando.
—Por supuesto que te estoy prestando atención —murmuré viendo como Mani fue a la cocina y se dirigió directamente a Cameron, le dijo algo, ella se limpió las manos antes de salir.
Hace unos días, me dijeron que Cameron estaba preguntando por mí, supongo que fue el día que encontró el arma en mi oficina, sé que todos le dieron buenas referencias, pero después ella empezó a espiarme o al menos hacer el intento, así que no sé.
Miré hacia la entrada cuando entró la cliente de siempre, una mujer mayor con cabello plateado. Cameron corrió a recibirla con la misma calidez que me desconcierta cada día.
Me impresiona la habilidad que tiene para cambiar sus gestos, es casi como yo lo hago, es una habilidad que lleva práctica, supongo que lo aprendió con el tiempo o es de familia.
Ella preparó para la mujer un pastelillo especial, como lo hace siempre, decidí abrir la puerta y observar desde atrás, escondido tras la fachada de dueño simpático.
Escuché el sonido de la campana de la entrada y miré a la entrada, un hombre había entrado, demasiado interesado en lo que pasaba con la anciana y Cameron. No lo reconocí, no era un cliente y tampoco alguien que estuviera cerca, tenía reconocido todo el territorio así que no era de por aquí
Sonrió viendo la escena, estaba por ir hacía ellas, pero eso no iba a pasar, caminé un poco y me coloque en su camino.
—Bienvenido, ¿le ofrezco algo? —dije con mi sonrisa más encantadora.
Él ni siquiera miró las bandejas. Señaló descaradamente hacia Cameron, que estaba entregando el pastelillo a la anciana.
—¿Todas las empleadas son así de bonitas? —preguntó con un descaro que me sacó una carcajada baja.
Yo incliné la cabeza, como quien comparte una broma. Pero mis ojos no sonrieron.
—Sí, todas —contesté con voz suave, acercándome lo suficiente para que sintiera mi aliento en el oído—. Pero esta, en particular, está reservada. Y si te atreves a volver a mirarla así, te juro que serás el último idiota que lo haga.
El hombre me miró un segundo antes de que su sonrisa desapareciera y palideció. Mi sonrisa seguía puesta, blanca y perfecta, pero mis palabras estaban llenas de veneno. Dio un paso atrás y salió casi corriendo, tropezando con la puerta.
Penn, que había observado todo desde un lado, me lanzó una mirada de desaprobación.
—Señor, no puede hacer eso aquí. Va a espantar a todos los clientes.
—Mejor —respondí sin perder la calma —. Menos testigos.
—Dirán que el dueño es un loco.
Me encogí de hombros. Tal vez tengan razón.
Cuando subimos al auto, Penn me entregó el itinerario del día, reunión con distribuidores, revisión de cuentas, y al final, un pequeño “encuentro” con alguien que nos debía dinero. Asentí distraído, pensando en lo que realmente me importaba.
Saqué del maletín el arma y el dinero que solían esperarme en el departamento. Se los entregué a Penn.
—Guárdalos tú.
Él me miró sorprendido.
—¿Por qué? Son sus cosas.
—Porque Cameron lo vio. Y dijo que no le agradaban las armas.
—¿Qué? —Penn frunció el ceño.
—Se metió a mi oficina y lo encontró, pensaba en echarle llave, pero sigue pasando por ahí y ha empezado a tener pesadillas, así que encárgate —señalé.
—¿Y cómo piensa defenderse sin eso?
—No tengo opción. Ella ya sospecha, ha intentado seguirme, vigilarme… —esbocé una media sonrisa, recordando sus fracasos torpes—. No voy a dejar que encuentre otra pistola y se convenza de que soy un criminal.
—Pero lo es —dijo Penn, siempre tan directo.
Giré el rostro hacia él, con calma, pero con esa sombra que hasta él aprendió a temer.
—Pero para ella no lo soy —le recordé —. Solo soy un simple dueño de las reposterías, así que refuerza el edificio, coloca cámaras nuevas, cerraduras, todo lo que haga falta. Y que ella no note nada.
Él asintió, aunque todavía tenía esa mirada de perro que quiere hablar. Y habló.
—Señor… —aclaró su garganta antes de seguir —. Esto ya se prologo demasiado, ¿qué piensa hacer con ella?
—¿De qué estás hablando?
—Pues… que usted nunca ha hecho esto por nadie y tampoco había vivido con ninguna mujer de ese modo —indicó —. Además, se supone que ella es una prisionera y he escuchado que Dominic la está buscando.
—Seguramente para matarla.
—Lo que sea que quiera con ella, no puede seguirla teniendo acá.
—Estamos bien aquí y no es asunto tuyo.
—Solo digo que si realmente la quiere, debería decirle la verdad.
Lo fulminé con los ojos, pero Penn ya había dado un paso al frente en la conversación.
—Si no se lo dice usted, alguien más lo hará. O Mancini podría encontrarla. Y será peor.
Me reí sin humor.
—¿Quién podría decírselo, eh? ¿Tú?
—Jamás, señor —dijo rápido, nervioso—. Mi lealtad es con usted. Pero la conozco… la señorita Cameron no es tonta, puede tener dificultades con sus habilidades motoras, pero definitivamente es bastante astuta y a estás alturas ya debió darse cuenta de algunas cosas, vamos señor, usted vive con ella, ya debió verlo.
Lo odiaba por tener razón.
Me quedé en silencio unos minutos, viendo pasar la ciudad a través de la ventanilla. No quería hablar de verdades ni de riesgos. Quería una solución, algo que me asegurara que ella no podría escapar de mi lado aunque descubriera lo que soy.
Entonces lo decidí.
—Haré una fiesta —dije de repente.
Penn me miró como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Una fiesta?
—Sí. Una celebración. Y ahí, delante de todos, le pediré matrimonio.
—¿Está hablando en serio?
Giré hacia él con mi sonrisa más fría, la que hace que hasta los hombres más valientes se incomoden.
—Completamente. Si se convierte en mi esposa, no tendrá salida. No importará lo que sepa de mí.
Penn no respondió, pero noté cómo se tensaron sus manos en el volante. Sabía que no aprobaba la idea, pero no se atrevía a contradecirme. Cameron y yo nos casaremos, eso hará las cosas más sencillas.