El lugar estaba completamente oscuro, aunque reconocí el pasillo perfectamente, empecé a caminar mis pies descalzos pequeños, mis manos del mismo tamaño, mi pijama de unicornio, era una niña otra vez y tenía miedo, mucho miedo, cuando llegue a las escaleras me sostuve del pasamanos y baje poco a poco cada escalón, buscaba a alguien, mi madre, mi niñera, mi hermana, realmente no sabía lo que estaba haciendo, solo caminaba.
Cuando llegué a la sala, la vi.
Mi madre estaba de rodillas sobre la alfombra, deshecha, con el cabello revuelto y los ojos hinchados de tanto llorar. Temblaba. En sus manos sostenía una pistola.
Se la apuntaba a la cabeza.
Me quedé paralizada, incapaz de comprender. Solo podía sentir el frío del miedo recorriéndome los huesos.
—Mami… —susurré con voz pequeña.
Ella dio un respingo, como si recién me viera. Sus ojos se abrieron de golpe y, en un movimiento brusco, apartó el arma y la dejó caer al suelo. El sonido metálico me heló la sangre.
—Cariño… —sus manos temblaban cuando abrió los brazos, me acerque despacio mientras vi al suelo donde se encontraban fotografías de mi padre con otra mujer, definitivamente ella no era mi madre.
—Ven aquí —mi madre terminó por arrastrarme hacía ella.
No lo entendí del todo, pero algo dentro de mí supo que esas imágenes eran veneno para mi madre.
Entonces, un trueno sacudió la ventana. El vidrio vibró con fuerza y sentí que el piso temblaba bajo mis pies.
Y desperté.
Estaba en mi cama, con la respiración entrecortada y el corazón golpeando como loco. No había arma, no había fotografías, no había trueno. Solo la oscuridad de la habitación y a Ezra a mi lado.
Suspiré al verlo, encendí la lámpará y me levanté hacía la cocina, mis ojos se desviaron hacía la puerta donde sabía que dentro estaba su oficina, ese lugar donde había encontrado el arma y el dinero.
Lamentablemente esa no era solo una pesadilla, era un recuerdo. Mi madre se había intentado quitar la vida con un arma de mi padre cuando yo era pequeña, en ese momento no lo entendí, ella sabía sobre la infidelidad de mi padre, sobre esa amante que solo estaba con él por su dinero, no era la única y después de esa noche mi madre decidió no quitarse la vida, pero si hacerle lo mismo, se enfocó tanto en ella misma que nos dejó por un lado a mi hermana y a mí.
—Malditas armas que me arruinan la vida —murmuré antes de tomar agua y volver a la cama, aunque mis ojos se volvieron a desviar hacía la oficina de Ezra, el dichoso cajón, definitivamente lo odiaba.
Por la mañana fui a ayudar a Ezra con el desayuno, él me sonrió y me dio un besó en la frente cuando me vio.
—Buenos días, ¿dormiste bien? —cuestionó —. Me di cuenta que te levantaste en medio de la noche.
Se dio cuenta.
—Tuve una pesadilla —confesé —. Así que solo me levanté a tomar agua.
—Me hubieras levantado —me abrazó, se acercó para besarme el cuello —. Estoy seguro que hubiera encontrado la forma de hacerte perder el miedo.
Me reí cuando sentí sus manos en mi vientre, me estaba haciendo cosquillas, tengo que admitir que Ezra siempre sabe como hacerme sentir mejor, es bueno y amable, posiblemente es lo mejor que me ha pasado, pero el problema es que ahora no podía dejar de pensar en el arma y el montón de billetes que vi ahí. ¿Qué hacía Ezra con todo eso? ¿Estaba siendo amenazado? ¿Tenía algún problema? O en el peor de los casos, ¿Podía estar relacionado con los mafiosos?
El punto es que desde ese momento mi vida se transformó en una serie de pensamientos paranoicos: cada vez que Ezra cerraba una puerta yo pensaba que iba a sacar la pistola; cada vez que recibía una llamada en voz baja yo juraba que estaba planificando un secuestro.
Claro, la lógica me decía que si él quisiera matarme ya lo habría hecho, pero la lógica y yo no somos muy amigas.
Decidí que lo más sensato era investigarlo. No podía vivir con esa duda mordiéndome el cerebro, y mucho menos seguir haciendo pasteles y comiendo bien mientras él podía ser alguien peligroso o tal vez ambos corríamos con algún peligro.
Así que, con la valentía que solo una torpe desesperada puede reunir, me propuse espiarlo.
El plan comenzó que debía observarlo, saber lo que hacía durante el día, no iba a ser muy difícil ya que pasaba en el local la mayor parte del tiempo, a menos que tuviera que ir a alguna parte para ir a ver proveedores, tener una reunión o ver los otros dos locales.
Estaba hablando por teléfono y aproveché para meterme detrás de una cortina, podía verle la sombra a través de la tela, logre escuchar un “te veo mañana” ¿A quién verá mañana?
Estaba tan distraída que no me di cuenta que se acercó y la cortina se movió enseguida, dí un respingo cuando lo vi.
—¿Disfrutando del paisaje? —preguntó con esa sonrisa divertida.
Me quedé congelada, pegada contra la tela como una mosca idiota atrapada en papel adhesivo.
—Eh… sí, claro, me gusta mucho… el estampado —balbuceé, acariciando la cortina como si fuera seda carísima.
Me miró de arriba abajo y sonrió como quien observa a una niña que acaba de intentar robar galletas y se llenó de migajas en el rostro.
—Cuidado, si la jalas con tanta fuerza vas a tumbar el riel.
Me reí nerviosa, salí de mi escondite y huí como si me persiguiera un enjambre de abejas asesinas.
Soy una idiota, ese fue un fracaso total, probablemente vio mi sombra o los pies debajo de la cortina porque no llegaba hasta el suelo.
Tendré que pensar en otra cosa. Soy testaruda por naturaleza (y bastante bruta, según mi padre).
Le pedí a Mani cambiar en la caja, porque desde ahí podía ver su oficina, la menos era más discreto, aunque casi no me podía concentrar porque a cada ratos llegaban clientes a querer pagar los pasteles que compraban.
Lo vi salir, llevaba las llaves del auto, seguramente iba a encontrarse con la persona que había dicho que veía luego, tenía que saber quien era.
—Mani, te dejo la caja.
—Pero Cameron…
No logre escuchar que dijo porque ya había salido de la repostería, lo vi subirse al auto.
Tenia que seguirlo, tenía que encontrar una forma de ir tras de él, me apresuré a llegar a la esquina, seguramente ahí encontraría algún taxi, debí sacar más dinero, apenas llevaba un poco en el bolsillo, empecé a contarlo en mi mano cuando un auto gris se detuvo frente a mí.
—No voy…
Me detuve cuando la ventanilla bajó y Ezra apareció.
—¿A dónde vas Cameron?
—¿Eh? ¿Yo? No, no. No iba a ningún lado… solo… hago ejercicio —contesté jadeando, como si estuviera compitiendo en el Tour de Francia.
Él arqueó una ceja, sonrió de forma enigmática.
—¿Ejercicio?
—Sí, salgo a dar un paseo del local hasta aquí, me doy unos minutos y luego regresó —expliqué.
—Entonces regresa al local, yo te veo.
—Ammm… claro —titubeé —. Te veo luego.
Tuve que regresar al local y ver como el auto de Ezra se alejaba, no puede ser, ahí va otra oportunidad, esto era un fracaso estrepitoso, lo peor fue que me encontré a Mani furioso al entrar al local y una fila enorme de clientes.
Pero dicen que la tercera es la vencida, ¿no? Bueno, mi tercer intento tiene que funcionar, al menos tengo que saber algo está noche.
Ezra a veces se queda despierto hasta tarde cuando yo iba a dormir temprano, siempre dice que tiene que quedarse en la oficina a hacer unos documentos y organizar algunas cosas, así que si puedo saber algo sobre sus movimientos ese debe ser el momento.
Por experiencia sé que las cosas importantes pasan por la noche, mi padre tenía esas reuniones por las noches, mi madre salía por las noches, el día que la encontré a punto de quitarse la vida fue por la noche. Por eso siempre nos enviaban a dormir temprano, así que si Ezra estaba haciendo algo, debería ser por la noche.
Decidí quedarme despierta hasta tarde para ver qué hacía Ezra cuando pensaba que yo dormía.
Pasaron unos minutos y me levanté despacio, tome la sabana de la recámara y la coloqué sobre mis hombros ya que había un poco de frío, salí del dormitorio, todo estaba oscuro, excepto la oficina, la luz apenas salía de abajo de la puerta, justo como lo pensé, estaba despierto, trabajando.
Fui despacio hasta la puerta, estaba cerrada, pero llegué escuchar su voz, parece que está hablando con alguien, me incline y coloque mi oreja cerca, intente concentrarme para escuchar mejor.
“Tendrás que hacerte cargo”
Tendrás que hacerte cargo, repetí en mi mente. Sí eso dijo, creo que escucho mejor.
Me moví un poco para ver de qué ángulo estaba mejor.
“A las once estará ahí”
¿Qué estará a las once? Ya no pude oír lo demás, me moví nuevamente para ver dónde podía terminar de escucharlo.
“Recuerda hacer el mismo proceso…”
Justo en ese momento la puerta se abrió, dí un respingo mientras retrocedí, por estar moviendome las sabanas se habían bajado y se enredaron en mis piernas. Terminé cayendo sobre mi culo y rodando por el suelo.
Ezra encendió la luz y me encontró ahí, tirada boca abajo. Al principio si gesto fue desorientado, confundido y tal vez un poco molesto.
Me levanté y pronto él me ayudó.
—¿Estás bien? —preguntó al acercarse a tocarme la mejilla —. ¿Qué haces aquí? ¿Tuviste otra pesadilla?
Pesadilla… Por supuesto, otra pesadilla.
—Sí… es… que me sentí mal y solo iba por algo de agua cuando he escuchado tu voz —señalé.
—Hablaba con Penn, recibiremos un pedido mañana y quería dejarle claro algunas cosas, estaré ocupado con algunos asuntos.
Un pedido, por supuesto. Tiene una repostería, Cameron, debe recibir la materia prima.
—Si, entiendo… perdón.
—Claro que no —susurró acercándose para besarme con urgencia—. Ven conmigo.
Sentí su aliento tibio rozar mi oído cuando añadió en un murmullo tentador —. Conozco una forma de alejar esas pesadillas.
Me tomó de la mano y me guió hasta la cama. Apenas me acomodé, mis dedos buscaron deshacerme de la ropa mientras él hacía lo mismo, sus movimientos impacientes como los míos. Se inclinó sobre mí y volvió a atraparme en un beso ardiente antes de abrir mis piernas con firmeza.
Sus dedos encontraron el camino entre mis pliegues, deslizándose con facilidad. Sonrió contra mis labios, como si disfrutara del efecto que tenía en mí.
—Me encantas… —murmuró con la voz ronca, justo antes de reemplazar la caricia de sus dedos por la fuerza de su m*****o.
Un gruñido escapó de su garganta al hundirse en mí, y pronto sus embestidas nos arrastraron a un ritmo frenético, hasta que el placer nos alcanzó a ambos en una oleada inevitable.