**TESS** El salón de la gala era un océano de diamantes, champán y gente que parecía haber sido esculpida en hielo y seda. Cada mujer allí medía un metro ochenta y pesaba lo mismo que mi pierna izquierda. Caminar del brazo de Bastian se sentía como desfilar por un paredón de fusilamiento. Escuchaba los cuchicheos, o al menos eso creía mi cerebro paranoico. “¿Quién es ella?”, “¿Es la nueva caridad de Valois?”, “¿Se le olvidó mirarse al espejo?”. Sentí que el vestido rojo, que antes me hacía sentir poderosa, empezó a apretarme hasta dejarme sin aire. No era la tela; eran los ojos de todas esas personas “perfectas”. Mi mano empezó a temblar sobre el brazo de Bastian. —Vance, está hiperventilando —susurró él, deteniéndose cerca de una columna—. Mírame. —Yo… yo no puedo estar aquí —balbuce

