**TESS** El interior del Ferrari de Bastian olía a cuero nuevo, a éxito y a ese perfume suyo que se me estaba instalando en el cerebro como una droga. Estábamos sentados en la parte trasera, separados por apenas treinta centímetros que se sentían como un campo de minas. Intenté acomodarme, pero el terciopelo rojo era tan suave que me resbalaba en el asiento. Cada vez que el coche giraba, sentía que mi cadera chocaba contra la suya. —¿Se encuentra bien, Vance? —preguntó él sin mirarme, aunque sus dedos jugueteaban con un botón de su chaqueta de forma rítmica, casi nerviosa. —Sí… solo que… este asiento es un poco pequeño, ¿no cree? —solté, y quise arrancarme la lengua de inmediato—. O sea, no es el asiento. Soy yo. Ocupo mucho espacio. Lo siento. Bastian dejó de juguetear con el botón y

