**TESS** Ana Rosa se alejó hacia la habitación de la bebé, dejándome allí, en medio de la sala, sintiendo que mi cuerpo era una cárcel de la que nunca podría escapar. La emoción por la cena se había evaporado, reemplazada por un terror paralizante. Ella tenía razón. Yo era el desastre que estropeaba la foto. El aire en la sala se volvió rancio con la presencia de Ana Rosa. Ella se dirigió hacia el moisés de Julieta con la elegancia de un cisne n***o, pero en cuanto su sombra se proyectó sobre la bebé, la paz de la mañana se hizo añicos. Julieta soltó un alarido. No fue el llanto de hambre o de un pañal sucio; fue un grito de pánico puro, visceral. Sus pequeñas manos se agitaron en el aire, buscando desesperadamente algo conocido, algo seguro. —¡Por el amor de Dios! —exclamó Ana Rosa, r

