CAPITULO 8

885 Palabras
**TESS** Me ovillé en la cama, cubriéndome con la sábana hasta la cabeza, deseando que la tierra se abriera y me tragara. El peso de mi existencia se sentía más real que nunca, una carga que no podía dejar en el suelo, un fardo que me acompañaría hasta el último de mis días. Las semanas siguientes se desdibujaron en una niebla de autocompasión y oscuridad. Las cortinas de mi cuarto permanecieron cerradas, convirtiendo mi refugio en una tumba donde el tiempo no existía. Afuera, el mundo seguía girando; escuchaba el bullicio de los preparativos para la graduación, los gritos de alegría de los estudiantes que, a diferencia de mí, tenían un futuro por el que celebrar. El día de la ceremonia, me quedé sentada en el suelo, mirando el birrete y la toga que descansaban sobre la silla, todavía en su envoltorio de plástico. No podía ir. No podía caminar hacia ese escenario sabiendo que cada par de ojos en la audiencia recordaría el video que Vesper se había encargado de viralizar. El video donde yo, vestida de verde, recibía el ramo de la humillación. Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron mi letargo. —Tess, cariño, por favor, abre —era la voz de mi madre, cargada de una angustia que me hacía sentir aún más culpable—. Tu padre y yo estamos aquí. No importa la ceremonia, solo queremos verte. Me abracé las rodillas, ocultando el rostro entre ellas. No quería que me vieran. No quería ver la lástima en sus ojos, ese reflejo que me recordaría que ni siquiera ellos podían protegerme de lo que yo era. —Váyanse, por favor —respondí, con la voz ronca por falta de uso—. Digan que estoy enferma. No voy a ir. Escuché a mi madre sollozar al otro lado de la madera. Mi padre intentó razonar conmigo, hablando de mi esfuerzo, de mis notas impecables, de que no podía dejar que “esos chicos” ganaran. Pero ellos no entendían. Stellan no había ganado una batalla; solo había revelado la verdad que yo siempre había sospechado. Pasé el día de mi graduación en silencio, viendo cómo la luz que se filtraba por las rendijas de la persiana se movía lentamente por el suelo hasta desaparecer. Había terminado mi carrera con honores, pero me sentía como un fracaso absoluto. Mi habitación olía a comida rancia y a tristeza, y yo no tenía fuerzas ni para abrir una ventana. La Tess que soñaba con ser fotógrafa había muerto en aquel salón de estudio, pisoteada por los pétalos de unas rosas que nunca fueron para ella. Fue mi tía Martha quien finalmente rompió el círculo de mi encierro. Entró en mi habitación una semana después de la graduación, sin pedir permiso, y abrió las cortinas de par en par. La luz hirió mis ojos, obligándome a cubrirme el rostro. —Ya basta, Teresa Vance —dijo con esa firmeza que solo ella poseía—. No vas a morir aquí dentro. He hablado con tus padres y tengo una solución. Me incorporé en la cama, despeinada y con la mirada perdida. —No quiero ir a ningún lado, tía. Todos saben quién soy. En este pueblo soy “la gorda de la broma de Stellan Thorne”. No puedo salir a la calle sin sentir que se ríen. Ella se sentó al borde de mi cama y me tomó de las manos. Sus dedos estaban secos y cálidos, y su mirada no tenía ni rastro de la compasión que tanto detestaba. —Por eso te vas a ir de Florida —sentenció—. Tengo una amiga en Chicago que conoce a un hombre importante. Es un ejecutivo, un director general de una empresa de tecnología, creo. Se acaba de divorciar y está en un proceso complicado. Necesita una niñera para sus dos hijos, alguien que sea responsable y que no esté interesada en los chismes de la ciudad. El corazón me dio un vuelco. Chicago. Un lugar donde el sol no fuera tan cruel, donde nadie conociera mi nombre ni mi pasado. Un lugar donde pudiera ser invisible, pero esta vez por elección propia. —¿Un ejecutivo? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿Y por qué querría contratarme a mí? —Porque yo le dije que eres la mejor, que eres educada y que tienes un corazón de oro. Él no necesita una modelo de pasarela, Tess; necesita a alguien que cuide de lo que más ama mientras él intenta reconstruir su vida. Te ofrece alojamiento en su mansión y un sueldo más que generoso. Es tu oportunidad de empezar de cero, lejos de este calor pegajoso y de la gente pequeña de este pueblo. No lo pensé. No evalué los pros ni los contras. La idea de desaparecer de Cypress Cove era el único oxígeno que mis pulmones aceptaban. —Acepto —dije, sintiendo una chispa de algo que no era dolor por primera vez en semanas—. Quiero irme. Cuanto antes, mejor. —Así se habla —tía Martha me dio un beso en la frente—. El vuelo sale pasado mañana. Empieza a empacar, pero solo lo necesario. El resto del peso, Tess, déjalo aquí. Florida no tiene nada más que darte.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR