*** Después de varios bailes y carcajadas, Odessa se desplomó en el sillón con una sonrisa de satisfacción. Mientras respiraba profundamente, me miró con esos ojos pícaros y llenos de curiosidad. —Y entonces, Roxana… —dijo, haciendo una pausa teatral—, ¿cómo llevas la relación con el vecino? Antes de que pudiera reaccionar, Sharon giró la cabeza hacia mí con una mezcla de sorpresa y suspicacia. —¿Qué vecino? ¿Es acaso… mi hijo? —preguntó rápidamente, y sus cejas se alzaron con una sospecha evidente. Odessa se echó a reír, como si fuera la situación más graciosa del mundo. Mientras, yo sentía cómo el calor subía a mis mejillas. —No es nada —dije, intentando sonar casual—. Solo le agradezco todo lo que ha hecho por mí, pero de ahí nada más. No hay nada más, lo juro. Odessa soltó una c

