Álvaro se levantó de la mesa con el móvil en la mano, excusándose para atender una llamada importante. Antes de salir, miró a Amaya con una leve sonrisa. —No tardo. No se metan en problemas —bromeó, dejando la mesa. Amaya suspiró, relajándose un poco. Matilde, por su parte, permaneció en silencio unos momentos, observando con atención a su nieta. Amaya evitó su mirada, enfocándose en mover el café con la cuchara. —Sabes, cuando estaba embarazada de Eusebio, mi cuerpo cambió de una manera que jamás imaginé. Mi piel brillaba, mis ojos parecían más vivos… —comentó Matilde, con un tono ligero pero significativo. Amaya levantó la mirada, algo confundida por el comentario. Matilde sonrió con suavidad, sin apartar sus ojos analíticos de ella. —Es curioso. Esa misma luz la veo en ti, Amaya —a

