—¿Cómo funcionan los drones?
—Con el visualizador—, tocó el aparato que tenía sobre su oreja, y al instante se encendió una pequeña pantalla holográfica frente a uno de sus ojos.
Imitó la acción de su amigo.
Uriah hizo un circulo en el aire con una de sus manos, y de su espalda se desplegaron cuatro drones. Ella lo imitó.
—Ahora, fíjate.
Con un dedo en alto señaló hacia el pasillo frente a ellos, dos drones salieron casi disparados hacia el lugar indicado.
Un guardia fue alzado en el aire por una cápsula -las mismas cápsulas que los habían envuelto al llegar al Departamento.
Siguieron avanzando por los pasillos, manejando los drones ahora con total naturalidad. Habían noqueado a un par de guardias ya.
—¿Sirven de escudo?—, no pudo ocultar la impresión en su voz cuando vio que un guardia le había disparado por la espalda y el dron había evitado que saliera herida. El moreno asintió.
—Atenta, pecas—, hizo un gesto al girar en un pasillo. La sonrisa en el rostro de Uriah, simplemente era contagiosa.
Dos drones giraron por el pasillo. Ellos dos siguiendo a los aparatos de cerca, con las armas en alto y disparando a la docena de guardias que los esperaba.
Envió un par de drones por otro pasillo, sin embargo lo usaría como distracción. Pues, tanto el pasillo por el que ellos irían, como el pasillo por el que había enviado a los drones: ambos llevaban a las celdas.
Las celdas donde Cuatro estaba.
Un par de disparos, luego dos guardias en el suelo. Y ahí, giraron por una esquina, con dos drones cuidándolos, dispararon hacia los guardias. Dispararon hasta que tuvieron que recargar, ocultándose detrás de los muros.
Miró a Uriah que no podía ocultar su sonrisa triunfal -incluso mucho antes de poder declarar aquello como una victoria. Y sabía que ella estaba igual.
Y sabía, en el fondo, que no debería estar sonriendo, no cuando estaban asesinando a personas.
Alzó su arma, y le dedicó un asentimiento a Uriah. Ahora ambos listos para acabar con los guardias restantes.
Salieron de detrás de las paredes y se encontraron con la más grata sorpresa.
Quitó el visualizador de un tirón, prácticamente tiró el arma al suelo, y corrió. Corrió aquellos tres escasos metros hacia Tobias.
Un Tobias jadeante, cojeando, cansado. Golpeado. Con un pequeño corte sobre su ceja, y otro en una de sus sienes, y sangre seca por todo su rostro.
Maldición.
—Ven aquí, idiota—, y se lanzó hacia él.
Pasó sus brazos sobre su cuello, con dedos ansiosos enterándose en su cabello. Respiración errática e irregular. Sintió sus tibias manos rodearla por la cintura, y podía jurar que su respiración se había cortado por aquella acción tan simple.
Pegó más sus cuerpos, si es que era posible. Y finalmente, no soportándolo más, tiró de él, enredando sus labios en un beso. Un compás sincronizado, desenfrenado.
Sus labios tenían un gusto ferroso, que conocía muy bien. Pero ahí estaba... ahí, casi imperceptible, casi pasando desapercibido el sabor de la sangre... justo ahí. La dulzura y el amor que él le tenía, la confianza. El deseo de protegerla a toda costa. La calidez, la frialdad, la suavidad, la dureza, la dulzura y amargura que era Tobias. Su hogar.
Se necesitaban.
Y, demonios, cómo extrañaba a Tobias, sus manos, su calor, sus labios, su cabello rizado, sus abrazos, sus brillantes ojos azules.
—Lo lamento.
Lo sentía, en serio lo hacía. Tanto que creía que jamás encontraría las palabras exactas y suficientes para expresarle a Tobias lo mucho que lo lamentaba, lo mucho que deseaba jamás haber tomado esa decisión... jamás haberlo dejado de lado.
Jamás haberlo lastimado.
—Lo sé. Sólo querías hacer lo correcto.
Implicó todas sus fuerza y todo su esfuerzo no derramar ninguna lágrima.
Tenían sus frentes juntas, con sus narices casi rozándose mutuamente.
—Oye...—, susurró. Haciendo con sus dedos pequeños remolinos en el cabello de Tobias -sabía lo mucho que a él le gustaba que hiciera esto—. Te amo.
Juntó sus miradas. Y, demonios, extrañaba ese azul. Extrañaba el brillo en esos ojos azules. Extrañaba poder mirar a tan poca distancia ese par de zafiros, preciosos, pulcros... brillantes.
Por un segundo pudo ver un leve rubor empapar las mejillas de Tobias, sin embargo no se atrevió a mencionarlo.
Él unió de nuevo sus labios en otro beso. Este más ansioso, más desesperado, más deseoso.
—Vamos por Evelyn—, y su voz sonó tan áspera y rugosa que pudo sentirse temblar de pies a cabeza.
—Son tan dulces. Me enferman—, Uriah comentó—. ¿En serio, pecas?
( . . . )
—Escuchen, escuchen, ya están lanzando el suero—, la voz de Edd resonó desde el audífono que tenía en su oído.
—¿Encontraste la manera de apagarlo?—, respondió, hablándole al micrófono en la manga de su chaqueta.
—Aún no—, y seguido a eso, escuchó un suspiró de frustración.
—Por aquí.
Uriah la siguió de cerca, Tobias al final, cubriendo sus espaldas.
Avanzaban por los pasillos del edificio que alguna vez perteneció a Erudición, con las armas en alto, los drones rodeándolos y atentos a cualquier cosa que implicara una amenaza.
A lo lejos vieron a Dwight, El Abandonado -como ella lo había bautizado.
Tobias se adelantó, pateando una de las rodillas del hombre, haciendo que este cayera al suelo como peso muerto. Antes de que siquiera pudiera darse cuenta de qué estaba pasando, Tobias le dio una patada en la cabeza. Y ahora estaba inconsciente el único que custodiaba la cámara donde Evelyn y Peter se ocultaban.
—Iré por el otro lado—, Uriah avisó, empezando a caminar -correr- por los pasillos.
—¡Evelyn tienes que detener esto!—, Tobias golpeó el cristal de la cámara.
—Yo no quería esto... pero debo hacerlo, soy la única que sabe cómo salvar a Chicago. Cuando quise cerrar la Valla nadie quiso escuchar. ¡Nadie! Ni siquiera tú—, miró a Tobias con una mueca dolida—. Los Leales fueron los que provocaron esto.
—Evelyn, ese suero no solo borrará la memoria de los Leales. Borrará la memoria de todos en la ciudad.
—¿Qué...?—, parecía confundida. Traicionada.
—Lo que Peter te dijo es mentira.
Y Evelyn parecía más alterada que nunca. Traicionada. Le habían mentido en la cara... descaradamente. Había tenido una venda en los ojos, una venda de mentiras; y esta se había caído, ahora veía el gran error que estaba cometiendo.
—Evelyn. Quiero estar de tu lado. Pero lo que le hagas a la ciudad... me lo harás a mí.
Y jamás en su vida se atrevería a resaltar el parecido de ellos dos, tanto como en ese momento. Aunque, bueno, muy pocas veces se parecían el uno al otro. Los ojos azules cristalizados de Evelyn, el temor y tristeza que expresaban sus facciones; y la mirada dolida de Tobias, con sus ojos azules inspirando... temor.
—Mamá...
Y su voz tembló. Y sí, estaba aterrado.
—Tobias...
—No sabré quién eres. No lo hagas.
—Por favor—, casi rogó, cuando los ojos de Evelyn fueron a parar en ella.
Tobias asintió. Y en menos de nada Evelyn ya estaba presionando el botón para detener la liberación del gas.
Luego, un disparo. Fuerte, seco, contundente. Peter le había disparado a Evelyn. Tobias gritó, golpeó el cristal, temiendo por la vida de su madre.
—Por eso siempre me llaman a mi para hacer estas cosas—, lo alcanzó a escuchar murmurar.
Y ahora Peter estaba presionando el botón de antes.
Iniciando liberación del gas.
—Uriah... la puerta.
—Si la cierran por dentro, ya no se puede abrir.
—Sigue intentando, maldición.
Gruñó por lo bajo, golpeando el cristal, buscando algo que pudiera darle acceso al interior de la cámara.
—Edd... ¡ya comenzó a entrar aquí!
Miró al suelo, desde el pasillo por el que había llegado, se esparcía el espeso gas anaranjado. Tan denso que parecía un líquido avanzando por el suelo.
—Aguarda. Me parece que encontré algo. Hay un punto en el ducto que bombea el vapor...-
—Edd. ¿Edd? ¡Edd, maldita sea!
Lo perdimos.
Miró a Tobias. Como si este fuera un último adiós. E incluso pudo sentir el temor y la tristeza en los ojos azules de Tobias.
—¡¿Qué?!
Miró hacia el interior de la cámara. El gas entraba desde el suelo. Y Peter parecía estar teniendo un maldito ataque de pánico.
Él también había sido engañado.
-V