Caminaron por horas. Horas y horas. Largas horas de caminata bajo aquel sol abrasador, que lo único que hacía era calentar el terreno bajo sus pies. Sentía con cada paso un nuevo infierno quemar en su piel.
Y comenzó a llover. Sin embargo la lluvia era roja. Parecía sangre. Y seguramente era tóxica.
Tobias los guio hacia lo que parecían los restos de una bodega abandonada con la obvia intención de resguardarse de aquella tempestad.
Con el techo cubriendo sus cabezas, tuvieron tiempo de pensar. De digerir todo lo que estaban viviendo. De digerir la muerte de Tori.
Christina, Uriah, Edd y Peter estaban a unos cuantos metros alejados de ellos dos, sin embargo lo suficientemente cerca como para poder hablar sin gritar.
Casi como si Christina hubiera leído su mente, sentada en el suelo sin importarle ni un poco ensuciarse soltó en voz alta y con un tono lleno de pesimismo y tristeza: —¿Y si ya no hay nada más?
Imposible...
—Tiene que haber algo—, sonó casi esperanzada. Cruzó sus brazos sobre su pecho al sentir un escalofrío por todo su cuerpo. Miró a Tobias, casi esperando encontrar refugio en sus ojos.
—Tengo miedo...—, dijo Edd al borde del llanto.
Estoy aterrada.
( . . . )
Nuevamente, a caminar.
Sortearon entre algunos cráteres, sin embargo siempre tomando como guía una pequeña corriente de agua. Irían al origen de esta, con la esperanza de hallar algo en dicho extremo.
El silencio era... simplemente, deseaba escuchar voces, risas, incluso quejas; no soportaba aquel silencio desalentador en el que se habían sumido todos.
El rugido de un motor resonó. Y una pequeña sonrisa creció en su rostro. Eran ellos, nos estaban buscando. Sabía que no podíamos ser los únicos. Pensó.
Sin embargo, sobre un pequeño resalto natural a base de grandes rocas y arenisca, saltó uno de los camiones que usaban los guardias de Evelyn. Y en él, al volante estaba Dwight.
Tan rápido como esa sonrisa había aparecido en su rostro, la misma se borró -y a su vez, una sonrisa triunfante creció en el rostro de aquel Abandonado.
—¡Corran!—, gritó Christina.
En efecto, corrieron como si el mismísimo Diablo los persiguiera. Pues, en cierto sentido, así era; una vez él los atraparan, lo único que conocerían sería el infierno.
Un infierno a manos de Evelyn.
—¡Corran, yo los cubro!—, Tobias gritó levantando su arma, apuntando al gran camión que se acercaba a toda velocidad hacia ellos.
Y así lo hicieron. Corrían simplemente intentando retrasar lo inevitable, esquivando aquellas balas perdidas; escuchando a sus espaldas los disparos en contra de Dwight. En menos de nada, Tobias ya los había alcanzado.
No había pensamiento racional en su cabeza. Solo el imperioso deseo de sobrevivir.
Las balas seguían resonando en sus oídos, cada vez más cerca, pero ninguna colisionaba con sus cuerpos. Todas iban a parar más adelante, donde se veía un gran campo abierto, sin lugares para ocultarse; pero gracias al reflejo de la luz, se podía ver las balas chocar contra algo sólido. Algo que no podía ver pero que estaba allí.
Sin embargo, no se detuvieron. No dejaron de correr sino hasta que algo similar a una puerta se abrió frente a sus ojos, dejando ver que lo que había tras esta no era un campo abierto...
Pararon. Habían grandes máquinas flotando varios metros sobre sus cabezas, lucían peligrosas. Cientos de personas, parecían usar un uniforme -soldados, razonó.
¿Qué demonios?
Un hombre se acercó, con aire imponente. Seguramente el líder.
Varios de estos soldados corrieron hacia el camión que los seguía, con las armas en alto en posición de ataque. Y el rugir del motor se dejó de escuchar.
—Tranquilos. Están a salvo. ¿Qué tal, Cuatro? Valentine Redds, es un verdadero honor.
¿Qué? ¿Cómo demonios? Eso fue todo lo opuesto a tranquilizador.
—¿Cómo demonios sabe nuestros nombres?
Un gran disparo proveniente de las máquinas flotantes resonó, dedujo que aquel disparo iba hacia Dwight. Y aquel pasaje que se había abierto, se cerró.
—Bienvenidos al futuro, los estábamos esperando.
Estaba... ¿feliz? No, era algo más cercano a estar satisfecha. Estaba en lo correcto, había algo más y lo habían encontrado. Sí, la satisfacción inundó su sistema.
Sin embargo, que aquel hombre conociera sus nombres no dejó de incomodarla un poco.
—Hombre del futuro, repito, ¿cómo sabe nuestros nombres?—, sonó un poco más fastidiada.
Aquel hombre rió. Nuevamente ignorando su pregunta.
Vaya honor conocerme. Pensó casi queriendo rodar los ojos.
—Los globos de plasma los protegerán de la toxicidad—, explicó a la vez que varios discos flotaban sobre sus cabezas.
Y entonces, algo similar a un velo cubrió sus cuerpos. Empezaron a flotar. Se acercaron hacia aquellas máquinas que lucían totalmente letales, gracias a la programación de estos discos -que a decir verdad, le intrigaba completamente.
Parecía como si estuviesen adheridos a los costados de la maquina, sin llegar a tocarla. Y así, cuando esta empezó a avanzar, elevándose mas, ellos también.
Lo único que se veía a esa altura era tierra baldía y sequía. Giró sobre su eje, mirando a Tobias quien levitaba detrás suyo. Estiró una mano en su dirección.
—Estaremos bien.
—Sí...
Él también la estiró. Casi parecía que sostenían sus manos, incluso a través de aquella burbuja.
Sonrió. Miró hacia su derecha, donde estaba Uriah, quien tenía una mueca completamente atónita, no lo creía. Y a decir verdad, ella tampoco.
Notó a lo lejos un gran campo de tierra fértil. El color verde le generó un alivio inimaginable.
Silbó para llamar la atención de Uriah, exitosamente.
—El más grande de los tontos—, sonrió a la vez que citaba sus propias palabras, dichas aquella noche sobre la azotea del edificio de Verdad.
Cuando creyó haber perdido a su amigo.
—Te lo dije, pecas. Niña de poca fe—, sonrió él en respuesta.
Estaban embelesados con lo que veían. Grandes y hermosas construcciones, máquinas flotando, edificios altos y realmente hermosos.
La máquina descendió y con ella, ellos también. Notó un gran grupo de gente esperando, mirándolos atónitos. También vestían un uniforme, pero a diferencia de este grupo y los soldados de hacía un rato, es que el uniforme de este grupo variaba entre tonos grises y azules, y el de los otros soldados eran tonos rojizos.
Una vez en el suelo, aquellos globos de plasma los condujeron por lo que parecía un hangar.
Las personas no paraban de susurrar y hablar entre ellas, como si ellos no estuvieran presentes.
Un hombre se acercó a ella. Y así mismo otros cinco hombres más se acercaron a sus amigos. Notó que el hombre de antes se acercaba a Tobias.
—Bienvenida al Departamento de Bienestar Genético. Me llamo Matthew. Ahora vamos a descontaminarlos—, el simpático muchacho señaló una habitación frente suyo.
Miró a Tobias quien parecía no poder ocultar su sonrisa.
Los seis ingresaron cada uno en una habitación para ser descontaminados.
Dentro, aquella cápsula de plasma desapareció y pudo volver a pisar el suelo. Notó una especie de fogata que emitía luz azul, casi quedó fascinada ante los colores.
Las puertas se cerraron a sus espaldas.
—No tienes de qué preocuparte, los estamos descontaminado de las toxinas que afectan nuestro mundo. Por favor quítate la ropa y lánzala al incinerador—, la voz de Matthew resonó en aquella cámara.
Fogata no, incinerador. Pensó inmediatamente. Sin embargo la realización la golpeó repentinamente. ¿Y si me están observando?
No podía evitar sentir paranoia, después de todo, parecía que los conocían de toda la vida y ella hasta ahora se enteraba que sí -en efecto- había más gente afuera de la Valla que rodeaba a Chicago.
Sintió algo similar como si quemaran su piel en la muñeca derecha, apretó esta con su mano izquierda, en un intento por apaciguar el ardor.
—Supongo que no hay opción—, pensó en voz alta.
Con ayuda de su pie izquierdo quitó su zapato derecho y viceversa; sacó su camisa sobre su cabeza, y bajó su pantalón. Se agachó, tomó todo entre sus manos, y lo lanzó a aquel incinerador, el cual ardió con fuerza. Sus ojos brillaron admirando la belleza del fuego.
—Toda la ropa.
—Si quieren un maldito show privado, solo díganlo.
Bufó en señal de molestia. Se despojó de su ropa interior, lanzando esta hacia el fuego también.
Un escalofrío recorrió su espalda, casi como un recordatorio de las innumerables cicatrices que yacían allí.
Empujó su cabello hacia atrás, en un inútil intento de que este cubriera su piel expuesta; pues, este con suerte llegaba a tocar sus hombros.
Cruzó sus brazos sobre su pecho, cubriendo un poco su desnudez.
—Da un paso al frente.
Obedeció, y nuevamente una puerta se cerró a sus espaldas.
—Párate sobre la marca.
Le fue inevitable llevar su mente a los fríos e insípidos cuarteles de Erudición y a aquellos días en una celda, retenida por Jeanine; cuando era forzada a pararse sobre la marca para abrir una caja con un mensaje de los fundadores.
Esta habitación era un poco más oscura, a excepción de varios aros de luz blanca en el suelo y en las paredes. Obedeció, parándose sobre un aro de luz. Desde el techo empezó a bajar un nuevo velo, justo como los globos de plasma.
Algo anda mal...
Pensó. Y al instante, aquel velo cayó sobre su cuerpo; no, no era un velo, era una cápsula -en esencia. Impedía completamente la entrada del aire. Y sentía sus pulmones arder en necesidad de oxígeno.
Empezó a caer agua. Y aquella cápsula se derritió bajo el agua.
Excelente, tras un intento de homicidio, una ducha.
-V