Capítulo 16

2285 Palabras
Estados Unidos /New York/ Adara El corazón me late rápidamente, siento cómo golpea con violencia mi pecho, me aferro al volante del auto mientras piso el acelerador, mis manos se ponen blancas por la presión y no parpadeo en ningún momento. Me paso varios semáforos en rojo y muchos autos me pitan enojados por pasarme los altos y por casi probocar varios accidentes. Solo quiero llegar a la casa de Alondra, sacarla a ella y al niño de ese lugar antes de que algo grave les haga Rita. Me encargaré de ella después de que los saque de ahí. Ni Alondra ni nadie va inpedir que se vaya directo a un centro de rehabilitación, esa mujer cruzó los límites. Las llantas derrapan en el asfalto cuándo llego a su casa, apuesto a que quedaron pintadas en la calle. Bajo del auto y me acerco corriendo a la puerta, trato de abrirla pero está cerrada así que no me queda de otra que abrirla de una patada. Cuándo entro la casa está en silencio y oscura, camino a la sala de estar y enciendo la luz. La casa está destrozada, todas las cosas están tiradas en el suelo y tal escenario me lleva a pensar lo peor. En el segundo piso se escucha un llanto y me voy a las escaleras para llegar a la habitación del niño. Toco la puerta y el llanto cesa. —¿Dylan?— lo llamo y nadie responde. Por el contrario el llanto no se oye pero puedo escuchar perfectamente los latidos de su corazón y lo agitado de su respiración. —Dylan, soy la tía Adara— toco de nuevo. La puerta se encuentra cerrada y no quiero abrirla de golpe para evitar que el niño se alarme. —¿Dylan? Abre lentamente la puerta, con miedo se asoma y puedo observar las lagrimas en sus ojos marrones. Abre la puerta completamente y se me viene encima. Me pongo a su altura. —Tranquilo— lo abrazo y acaricio su espalda. —¿Dónde está tú abuela? —No sé...— cierra los ojos y se recuesta en mi hombro.—Ven conmigo— lo alzo en brazos y me voy a las demás habitaciones, no encuentro a nadie y bajo las escaleras con el niño. Cuándo bajo el último escalón escucho cómo algo se rompe. Los ruidos me llevan al sótano y al abrir la puerta puedo ver cómo Rita tiene atada a una silla a su madre que llora asustada por la conducta de su única hija. —¡Todo es tu culpa!— le grita a Alondra y le tapo los oídos al niño para que no se exalte. —Estás mal— le contesta ahogada en llanto. —¡No quisiste cooperar!— le grita en la cara mientras Alondra llora desconsolada. Cierro con cuidado la puerta y pongo los pies del niño en el suelo para sacar mi celular y marcar el número de Nick, no contesta a la primera y sigo insistiendo hasta que contesta. Le mando la ubicación y le digo que venga lo más rápido posible. —Necesito que te quedes aquí— le hablo al niño, limpiando sus mejillas. No batallo nada en convencerlo y se queda en dónde le indico en completo silencio. Vuelvo abrir la puerta y bajo las escaleras. El chirrido de ellas provoca que las dos mujeres enfoquen su mirada en mi y Rita no se ve muy contenta con mi presencia. —¿Quién eres tú?— pregunta rabiosa. Parece que no se acuerda de mí y le sigo la corriente. —Soy Adara. —¡No te acerques!— grita al ver que me acerco demasiado. —Solo quiero que dejes libre a tu madre. Se ríe cómo si mi petición fuera un chiste. —¿La llamaste?— le pregunta enojada. —¡Contesta! —Tengo lo que quieres— digo, al ver cómo saca un cuchillo y apunta a su madre. Logro llamar su atención con eso y sus ojos brillan con emoción. —¿Dónde?— me apunta. Del bolsillo trasero de mi pantalón saco una pequeña bolsa con la sustancia que la tiene de esa forma y que tanto anhela. —¡Dame!— grita. —Baja el cuchillo— le ordeno. La ansiedad y desesperación que tiene la lleva a acatar lo que digo; lo tira lejos y extiende su mano para que se la dé. Me la arrebata cuándo se la ofrezco, ansiosa por tenerla y consumirla. Ya distraída, me voy contra Alondra que tienen varios golpes en el rostro. Desato las cuerdas y le ayudo a levantarse y a caminar a las escaleras para salir de aquí. —¡Hey, tú!— me giro. En sus manos no hay un cuchillo, hay una pistola que apunta a mi dirección. ¿De dónde mierda sacó eso? —Dame más— exije, sorbiendo su nariz. —No tengo— de reojo veo cómo Alondra sale de la habitación. Mi respuesta no le gusta y empuña con más fuerza el arma. —Tendrás que darme más si no quieres morir— amenaza, dispuesta a disparar. —Hazlo— aprieta el gatillo y esquivo fácilmente la bala que iba directo a mi pecho. Bajo con rapidez las pocas escaleras que había subido y le quito el arma que descarga de nuevo en mí dirección. Los disparos retumban en las cuatro paredes. Toma un jarrón de un mueble y me lo estampa en el hombro derecho. Furiosa la pongo contra la pared provocando que su cabeza rebote contra esta. La tomo de las muñecas y la inmovilizo. De su frente sale un hilo de sangre y en mi brazo siento pequeños fragmentos del jarrón. Se queja por el golpe y la saco del sótano. En el pasillo me encuentro con Nick y dos trabajadores del centro de rehabilitación. Cuándo le llamé le dije que los trajera hasta éste lugar. Rita está un poco desorientada por el golpe y por lo que se metió, así que no es problema de los dos hombres en agarrarla y sacarla de la casa. —¿Están bien?— le pregunto a Alondra al verla en la sala. Solo asiente con el niño en brazos y me los llevo al auto para sacarlos de ahí. Al salir de la casa ya los hombres del centro no están, pero en su lugar los vecinos chismosos están fuera de sus viviendas para ver todo el espectáculo. No fueron buenos para ayudar, pero si para estar mitoteando. Subo a Alondra y al niño en la parte de atrás. —Muchas gracias— me giro a Nick cuando cierro la puerta. —Nick al rescate. —Cómo siempre— sonrío. —Puedes irte, yo me encargaré de ellos. —¿Regresaras a la organización? —Está noche no lo creo. Pero nos vemos mañana. Asiente y se va a su auto. Subo al mio y observo por el retrovisor la figura materna más cercana que tengo. Otros maltratan y menosprecian a su madre mientras otros desean tenerla. Pongo en marcha el auto y doy gracias en silencio la ayuda de Nick. Es el tipo de amigo que te ayuda con lo que sea, cuándo sea y dónde sea. Entro al estacionamiento del edificio que no he visitado desde hace muchos meses. Me bajo y le abro la puerta a las dos personas dentro. —Yo lo llevo— le quito el niño de encima al verla tan afligida. Se acomoda en mi hombro opuesto al lastimado y nos vamos al elevador en completo silencio. No cargo las llaves del departamento así que llamo a la puerta varias veces hasta que una Carla somnolienta abre. Abre los ojos sorprendida al vernos y se quita de la pasada para que entremos. —No pensé que vendría señorita— habla. —Ni yo— todo lo que ha pasado esta noche ha sido una sorpresa. —Quiero que alistes rápido una de las habitaciones. —Claro— se va al pasillo para hacer lo que le ordené sin pedir explicaciones. Dejo al niño en el sillón de la sala junto a su abuela. La puerta vuelve hacer tocada y me quedo impresionada por el doctor que dice que le hablaron para que viniera. Lo dejo pasar y le indico que revise a mi amiga y su nieto. Juro por dios que pondré una vela frente a la fotografía de Nick. Yo no había pensado en un doctor y de nuevo le estoy muy agradecida. Los dejo en la sala y entro al baño de visitas para sacar los pedazos de jarrón y para desinfectar la herida. No sé que tan bien vaya a reaccionar Alondra cuándo le aclare a dónde se llevaron a su hija. Sinceramente no me importa, era un peligro, y no solo para ellos, sino que también para todos. Cuándo salgo del baño el doctor ya está recogiendo sus cosas. Antes de irse me da indicaciones y una receta con medicamentos que debo de comprar. —Muchas gracias— le digo en la salida. —Estoy para servirle— lo despido y cierro la puerta cuándo se va. —La habitación está lista— informa Carla. —Ve con el de seguridad y dile que consiga esto— le doy la receta. —Okey. —Vamos a la habitación— levanto al niño y Alondra me sigue por todo el pasillo en silencio. —Dormirán aquí. Allá está el baño y allá — señaló el clóset. —Hay ropa. —Primero bañaré al niño...— intenta agarrarlo. —Yo lo hago— no dejo que lo tome. —Hazlo tú primero. Ahorita te traigo al niño. Salgo de ahí y me voy a mí habitación. Preparo la tina con agua tibia mientras el niño sigue dormido en mí cama. Ya lista la tina lo traigo y lo despojo de su ropa. Quito son suavidad las manchas de tierra en su piel mientras el niño de tres años juega con la espuma de la tina. Jamás había tenido tanta cercanía con un niño (aunque lo conozca y lo trate desde hace mucho tiempo) y tenerlo de está forma, cuidándolo cómo si fuera mío me llena de felicidad el corazón. Tal vez porqué me hubiera gustado recibir ese tipo de atención cuándo era niña. Misma atención que me gustaría darle a mis hijos, pero, quizás no pueda tenerlos por lo que soy...Además, no soy creyente del amor entre pareja. Nunca he tenido ese tipo de atracción con un hombre. —¿Dónde está mamá?— la pregunta del niño me saca de mis pensamientos. —Ella fue a un lugar— limpio su cabello. —¿Puedo ir con ella? —No... —¿Por qué?— sus ojos marrones me miraron con impaciencia. —El lugar en el que ella está, es un lugar para adultos— explico. —Ah ¿Entonces los niños no pueden entrar?— tomo la regadera y empiezo a quitar el exceso de jabón en su cuerpo. —Así es— sonrío. Es un niño inteligente. —Tus ojos son bonitos— bosteza. —Me recuerdan a la lluvia, cuándo el cielo se nubla. —Gracias— lo saco de la tina envuelto en una toalla. Lo siento en la cama y le digo que no se mueva de ahí mientras voy al clóset por ropa. Regreso y lo veo cabecear por el sueño. Lo levanto y lo visto con una camiseta de Nick. Le queda enorme pero es todo lo que tengo por ahora. —¿Y mí abuela? —Vamos con ella— lo tomo en brazos y lo llevo a la otra habitación. Toco y entro cuándo Alondra me lo permite. —Aquí está el niño— lo acomodo en la cama para que duerma. —Muchas gracias Adara— sus ojos se llenan de lagrimas.—No sé que hubiera pasado sino hubieras llegado— me abraza y correspondo rodeando su cuerpo. —No me lo agradezcas, sabes que te aprecio mucho. —¿Qué pasó con mi hija? Amor de madre, eso es lo que es. A pesar de todo lo que su hija hizo y dijo, no deja de preocuparse por ella. Tal vez frente a los ojos de los demás Rita es una persona desagradable. Pero ante los ojos de su madre siempre será su hija, pase lo que pase, haga, diga o sea, Rita siempre tendrá el amor y cariño incondicional de su madre. —Sé que no lo querías. Pero me tomé la osadía de hacerlo— cierra los ojos y los aprieta. Sabe a lo que me refiero. —Rita está en un centro de rehabilitación. Cubre su boca con ambas manos para no dejar salir ningún sonido que despierte al niño que duerme tranquilamente tras nosotras. —Creo...que...era lo mejor— el llanto no la deja hablar y prefiere callar. Hemos compartido muchos en estos años y verla así me entristece. Entra Carla con los medicamentos y se los pide. —Yo me encargo de esto— agarra la bolsa con las medicinas y me despido para que descansen. —¿Se le ofrece algo más?— pregunta Carla. —No. Ya puedes irte. Se va a su habitacion y yo regreso a la mía. Me voy directo al baño a tomar una ducha con agua fría. Me acuesto en la cama dispuesta a dormir. Hace unas horas estaba en la misma posición para descansar cuándo me llegó la llamada de mi amiga. Cierro los ojos y dejo escapar un suspiro. No pensé que la noche iba hacer un poco larga después de despedir a Siria.
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