Capítulo 7

1855 Palabras
Estados Unidos /New York/ Narrado en tercera persona Liam no comprendía lo que sentía a la hora de ver aquél vídeo. La pensaba, la soñaba y la imaginaba en miles de escenarios. Nunca se había sentido tan atraído e interesado por una mujer de tal manera. Lo que el sentía era obsesivo. Quería a esa mujer para que junto a él gobernara en el mundo criminal. A la hora de encontrarla y llevarla con él, encontraría la manera de manejarla a su antojo porque a simple vista se notaba que era una mujer difícil de controlar, una fiera salvaje que él quería domar a toda costa. El no imaginaba que Adara (o como el la conocía, Adriana Lennox) era una mujer imposible de manipular como si fuera un títere. En la OANS la señalaban cómo la rebelde que se quejaba si algo no le gustaba o no le pareciera justo. Detrás de una cara bonita se encontraba un alma negra y una mente perversa. Y Liam Trembley no era lo contrario, eran prácticamente iguales. Una mujer que no se deja de nadie, odia que hagan menos a los mujeres solo por ser mujeres y que los hombres se crean superiores a ellas solo por traer colgando algo ahí abajo. Nace el odio. De Adara a Liam al no saber que es él quien la busca con insistencia y sin saber para que la quiere. De Liam a Adara al ver qué ella es mucho peor de lo que pensó y que no se rinde al luchar contra él, impidiendo su encuentro cada que está cerca de conseguirlo. "Los enemigos son enemigos, porque siendo amigos, nadie los para" Ellos juntos son una bomba en tiempo regresivo. Son un caos, una tormenta, un incendio, una catástrofe. Se enciende la llama de la pasión al estar frente a frente, porque entre demonios se entienden y ninguno de los dos quiere un ángel. En las paredes del despacho de la mansión Trembley, Liam reproducía una y otra vez el vídeo de la muerte de su primo. Habían pasado tres días en los que el se encargaba de sus asuntos mientras Ramiro hacia su trabajo. Encontrar a la Reina. Era una tarea que le había asignado a al hombre de su mayor confianza, solo tenía estos tres días para traer lo que le interesaba y necesitaba. Observó el reloj en su muñeca y al ver qué eran las nueve en punto de la mañana, ingresó a una reunión por la plataforma zoom. La persona al otro lado de la pantalla saluda y da por iniciada la reunión de solo dos personas. —El documento está listo— informa. —Lo firmé. Para que lo tengas debes venir por el— Liam odiaba que le pusieran acuerdos para obtener algo. Él lo obtenía y ya, sin tener que cumplir con algo que la persona con la que hacía negocios quisiera. Pero sin embargo, acepto. —Iré mañana. Los dos hombres habían hecho un trato de tráfico de armas desde España hasta Estados Unidos en New York. —Todo está listo, el barco de carga llevará tu encargo hasta Estados Unidos por el océano atlántico. Una vez las armas toquen tierra estadounidense ya no será nuestro problema. Nosotros nos encargaremos de que no pase ningún contratiempo en el camino. Después de que descargarán el armamento, los hombres de Liam la llevarían a un almacén de la propiedad del mafioso. Todo estaba bien planeado, los dos contaban con la seguridad de que iba a salir bien, además de que era un buen negocio, pues los dos hombres se verían beneficiados en sobremanera. —Está bien. Mañana me tendrás ahí, espero que todo salga bien. —Así será —contestó seguro.—No se te olvide mi dinero— recalcó. Liam conocía a ese hombre, era una persona ambiciosa que le encantaba el dinero y era capaz de lo que fuera para conseguirlo. Además, el tipo hacia un buen trabajo en la fabricación de armas. —Tendrás la mitad mañana. La reunión finalizó y con ella inició otra con Ramiro, que se encontraba esperando desde hace quince minutos. Tocó la puerta y Liam dió la orden para que entrara. Al verlo, Liam sospechó de que no traía buenas respuestas, pues la expresión que el hombre traía no indicaba algo bueno. Se sentó frente al escritorio y se sumieron en un silencio que decía mucho. —¿Qué pasó?— habló por primera vez Liam, fingiendo una tranquilidad que no sentía. —No era ella. El coraje se dispara en su interior, pasa sus manos por su cabello castaño repetidas veces para controlar la ira que lo embarga.—¿Quién es?— se levanta y se dirije al pequeño bar de su despacho, dónde se sirve un vaso de whisky. —Eso es lo peor, no sabemos quién es. Otra bomba que explota, no controla su impulso y termina estrellando el vaso contra la pared. Esa mujer se acaba de burlar de él en su cara, le enoja que no sabe cómo es ni cuál es su nombre, el asunto se le empieza a complicar y es algo que no acepta porque el todo lo controla. —¿Cómo fueron las cosas?— da vueltas en las cuatro paredes como león enjaulado. —Hicieron un gran trabajo señor. Esa mujer se transformó en la señorita Lennox, era difícil encontrar algo que la delatara. —¿Cómo supiste que no era ella?— inquiere. —La investigué, su nombre se me hizo conocido así que me dí la tarea de investigar un poco. Todo indica que la señorita Lennox no salió toda la noche de su casa, se quedó a cuidar a su madre enferma. —¿Qué hay del padre?— aunque no supiera cómo era su rostro deducía que era una mujer hermosa la que se encontraba de tras de esa imagen. Le gustaba la idea de su futura Reina fuera inteligente y astuta, pero por otro lado estaba en desacuerdo porque solo le iba a traer dolores de cabeza. Sabía que podía mandar todo a la mierda y concentrarse en sus negocios. Pero no lo hacía, y no porque su familia quisiera tener a la asesina de frente. No lo hacía por el simple echo de que sus ojos se habían quedado encantados con la mujer del vídeo, y todo lo que a él le gustaba lo tenía y ella no sería la excepción, la tendría tarde o temprano. —Es un importante empresario del país, él no estuvo, salió por negocios. Nadie de la familia Lennox se presentó esa noche. —Nos vió la cara la maldita— comentó con rabia. Era cierto que su padre no se encontraba en la cuidad, la verdadera Adriana no salió y mucho menos con su madre enferma. Supieron encajan todo bien para meter a esa mujer al evento. Lo mejor de esto es que la policía no se involucró, pues Emir Trembley se metió y no pasó a otro nivel el asunto. —Señor, no se altere. Le juro que sabré quien es— habló Ramiro.—Hizo un gran trabajo— de un maletín saca una computadora.—Se parecen demasiado. Liam se acerca y mira atentamente la pantalla que Ramiro le muestra. Es un programa de comparación, dónde la verdadera y la falsa Adriana aparecen, se unen las dos imágenes y el programa aloja que los rasgos son diferentes y como tal, no son la misma persona. —Deme tiempo— pide el hombre. —Nunca le he quedado mal. —Bien— es todo lo que Liam responde. El hombre se retira dejándolo solo. Enciende su computadora y reproduce el vídeo, ha perdido la cuenta de cuántas veces lo ha visto en el día. Detiene el vídeo dónde ella aparece claramente. El cabello castaño le cae por los hombros, sus labios forman una sonrisa orgullosa. Cierra de golpe la pantalla, tensa la mandíbula y recuesta su espalda en la silla. Estos días se maravilló con una imagen errónea, no era ella y eso le enoja en sobremanera. Se pregunta cómo será su rostro, de que color son sus ojos, cuál es su nombre y en dónde está y que hace en estos momentos. El sonido de la puerta siendo abierta llama su atención, por ella entra una rubia despampanante que se acerca a el con una sonrisa. —Cariño— lo saluda. Se acerca a él y se sienta en sus piernas. Anna Estrada es su nombre. O como el la llama; su puta. La pobre ingenua piensa que porque se acuestan él la hará su esposa y Reina. —¿Qué pasa?— toca sus hombros al notarlo tenso. La toma fuertemente del cabello para después sellar su boca con la de ella en un beso lleno de furia. La mujer, encantada le sigue el ritmo, tira todo en el escrito y la coloca en el. Hace trizas su vestido ajustado, jadea fascinada y hecha la cabeza hacia atrás cuando muerde su cuello. Se deshace de su ropa y se va a un cajón para sacar un preservativo y colocarlo bajo la mirada deseosa de la rubia. Se acerca de nuevo a ella y la besa con desesperación. Se mete en ella de golpe, robándole un grito de dolor. —Nada de marcas— gruñe cuando ve que la mujer aprieta los dedos en la piel de sus hombros. Si algo odia es que las mujeres con la que se acuesta lo marquen con las uñas o que lo muerdan, es algo que no acepta porque es él quien las marca. Se mueve con rudeza dentro de ella, lleno de coraje por lo sucedido. Mira a la mujer que gime en su escritorio y se imagina a la mujer misteriosa en la misma posición, deseando que sea ella la que esté en entre sus brazos. Lo peor de todo es que no sabe cómo es y ni imaginarla exactamente puede porque no tiene ni la más mínima idea de cuál es su apariencia. Se viene dentro del preservativo más enojado de lo que empezó. Sale de ella, se quita el preservativo y lo lanza al bote de basura para después vestirse. —Lárgate— recoje el vestido del suelo y se lo lanza a la mujer. —No puedo salir así— le muestra los pedazos de su vestido. —No es mi problema— se va cerrando la puerta fuertemente. Tapa su boca con ambas manos para retener el sollozo que amenaza con salir de sus labios. Es consciente de cómo es Liam y ni así se atreve a dejarlo, es masoquista de su parte al permitir que él la trate como basura. Sin embargo, aún tiene la esperanza de que cambie y la mire de otra forma. Limpia las lagrimas derramadas y piensa en cómo salir de ahí sin que nadie la mire en ese estado, se las arregla para pedirle un poco de ropa a une mujer del servicio que entra al despacho a limpiar. Minutos después le da unas prendas y se va de ese lugar.
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