Capítulo 12

2165 Palabras
Estados Unidos /New York/ Adara Salgo del baño con una toalla secando mi cabello, atendí mis golpes y la herida en mi brazo, no era de gravedad pero la cure con lo que tenía. Me siento en el borde de la cama mirando la pared fijamente, pensando en todo lo que pasó hoy. La verdad no entiendo nada, Carlos dice que le llevemos el maletín a cómo de lugar, aparecen esos tipos y se molesta por haber ido tras ellos cuando se lo llevaron. Aquí hay algo que no me agrada, y sé, que si se lo pregunto no me lo va a decir. —¿Adara?— tocan la puerta. —Se qué estas ahí, ábreme hija— Doy un suspiro y me voy a la puerta. Santiago está del otro lado, le digo que pase y lo hace al instante. —¿Estas bien?— pregunta. —Sí... —Ven— abre sus brazos y me voy a él para fundirnos en un abrazo. Es lo más cercano que tengo a una familia, siempre me dió su amor, cariño y dedicación. Aunque no llevemos la misma sangre lo aprecio cómo mi padre, porque es lo que es, me dió la vida (no de una forma normal) me dio su cariño y siempre me trató cómo su hija. Sin embargo, siempre quise saber que se sentía tener madre, cómo sería su cariño y como me trataría. Sé qué tanto el padre como la madre son importantes y son grandes personas para ti. Pero con la figura materna, siempre hay una conexión. Un lazo que nos une y que no se compara con nada. Lastimosamente, yo no puede tener ese privilegio, y envidio aquellos que si la tienen, porque pueden disfrutar muchas cosas con ellas. Toda mi vida veré como otras madres tratan a sus hijos, y muy en el fondo me duele no tenerla. —Carlos me suspendió— me separo de él y regreso a mi lugar en la cama. —Si me enteré— se sienta a mi lado. —¿Qué querían esos tipos? ¿El maletín? Fue lo que se llevaron. —No lo sé. —¿Tú también crees que no debí hacer lo que hice? —Tomamos decisiones todos los días a cada instante, Adara, las consecuencias pueden ser buenas o malas. Siempre debes pensar muy bien en tus movimientos. —¿Crees que las consecuencias sean malas? —Espero que no hija. —¿Qué tiene que ver la organización de Australia con la de Estados Unidos? ¿Por qué Carlos quería que dejara todo? —Si dió la orden fue por algo, tu tío no hace las cosas solo porque si. —¿No sabes nada al respecto? —No. —Carlos es tu hermano, debe de decirte algo— digo, con exasperación. —No lo ha hecho— sé que miente, lo puedo ver en su mirada. Después de unos minutos decide irse, me deja sola de nuevo y decido recostarme en la cama. Tocan la puerta de nuevo y me voy a ella. Al abrirla me topo con Siria que me muestra bolsas de comida. —¿Puedo pasar?— pregunta. Le hago un gesto con la cabeza e ingresa. Se sienta frente a una pequeña mesa que tengo y saca todo lo que trae en las bolsas. Tomo asiento y me pone un plato de espaguetis, ensalada y pechuga de pollo. —¿Estamos a dieta?— hago referencia a la ensalada. —No. Pero está muy buena— la pruebo y sí, tienen un sabor agradable. —¿Cómo te sientes?— pregunta. —No me quejo— me encogo de hombros. —Lamento lo de Carlos. —Es un idiota— sigo comiendo. —¿Se irán dentro de poco?— cambio de tema. —Sí, saldremos a las cuatro de la mañana. ¿No hay forma de que vayas? —Escapando. —¡No! Carlos se pondría furioso, me refería a que lo convencieras de que te levante la suspensión. —No lo creo— digo riendo. —Es un cabeza dura. —El equipo de Gabriela también irá— comenta con desagrado. —Qué dios te de paciencia para que los soportes— reímos. Terminamos de comer y nos ponemos a ver una película, cuándo termina se va, diciendo que tiene cosas que preparar para el saqueo del almacén de Trembley. Antes de irse me dice que no haga una tontería y la convenzo diciendo que dormiré porque estoy cansada de lo hace unas horas. Está equivocada si piensa que no iré, es algo que tenía planeado desde hace días y ni ella, ni Carlos, ni nadie, va impedir que vaya. Hago lo que quiero cuándo quiero y dónde quiero. Nadie me pone obstáculos, y si lo hacen, con facilidad paso por encima de ellos. (...) OANS Nick 4:00am Siete equipos asignados para el saqueo de este día. Los más capacitados y buenos nos encontramos en el área oculta, cargando armas y alistando camionetas para salir en diez minutos. Nos han comunicado que Trembley no se ha percatado del cambio que le dimos del maletín, cosa que nos beneficia para hacer todo al pie de la letra. —Camionetas listas— dice una chica de uno de los equipos que irán. Me acerco a Carlos cuando me llama. —Recibirán instrucciones de cuándo deben actuar. Esperen la señal dentro de los autos. —Cómo usted diga señor. —Confío en que harán un excelente trabajo. Nos dan señal de poder salir y todos abordamos las camionetas. Sieis camionetas y un camión salen del área oculta para dirigirnos al almacén. Llegamos exactamente a las cinco con quince de la mañana. Ya el armamento está en su lugar y los hombres cuidando el área sobran. —Hay veinte hombres fuera y veinte dentro— habla Nate a mi lado. —No podrán con nosotros— dice Siria. —Equipo 1 y 2 por enfrente. 3 y 4 por el norte. 5,6 y 7 por el sur y por detrás. Recibimos ordenes de cómo debemos entrar. Nosotros somos el equipo uno y Gabriela y los suyos son el dos. Nos toca atacar y entrar por la puerta principal que está custodiada por seis hombres de Trembley. —El armamento está en el segundo piso, obviamente hay hombres cuidándolo. Esperamos veinte minutos, donde más hombres salen y entran rondando en el lugar. —Abran fuego. Dicen por el auricular. Nos bajamos del auto con armas en mano segidos del equipo dos. Nos acercamos con cuidado de no ser escuchados. Desde la distancia le disparamos a los hombres que están en la puerta principal, no alteramos a nadie gracias al silenciador que no permite el sonido del estallido. —Entrada despejada. —Norte despejado. —Sur y salida, despejada. —Procedan— dicen en el auricular. La puerta es abierta con cuidado, no podemos alertar a los hombres hasta que tomemos lo que queremos. El almacén no está vacío, hay cajas de madera enormes que nos ayudan a cubrirnos para que los demás no nos vean. Disparamos a los hombres cercanos a nosotros y hacemos una pila con sus cuerpos dejándolos de tras de una de las cajas más lejanas para que nadie los vea. Nos quedamos quietos cuando escuchamos un disparo a lo lejos. —Los han descubierto. —Que empiece el show— dice Siria. Más hombres se acercan a nosotros y no nos queda de otra que abrir fuego salvajemente. A cómo vamos disparando, vamos avanzando por el camino hasta ver las escaleras. Nos topamos con los demás equipos y antes de subir, hombres bajan por ellas disparando e hiriendo a algunos de nuestros compañeros. —¡Dijeron que eran pocos!— alega Tiana a mi espalda. No se de donde mierda salieron los demás hombres, solo sé que no los captamos y que son más que nosotros. Nos disparan y hay más heridos de nuestra gente. Nos deshacemos de los que bajan por las escaleras y tres de los equipos suben a cargar el armamento para vaciar el lugar. Seguimos disparando, cambiamos cargadores a cada y nada y ni ellos ni nosotros damos tregua a la lluvia de balas. Nos rodean los hombres, nos apuntan dispuestos a matarnos. —¡Alto!— dice Nate. Nos apuntamos los unos a los otros. Nosotros solo somos dieciséis y ellos son treinta. —Indentifiquense— pide un hombre calvo. Por ninguna razón tenemos permitido revelar nuestro nombre, mucho menos de dónde provenimos. —¡Indentifiquense!— repite al ver que no responde nadie. Intercambiamos miradas, los hombres están listos para matarnos y cuándo pensamos que esto se terminó, una puerta es abruptamente abierta. Capta nuestra atención la pelinegra que entra con ametralladora en mano. Se atrevió a desafiar las órdenes del Director general después de que le prohibió participar en esto. —¡¿Qué mierda hace Adara ahí?! Se alteran en la organización. —Din dogn— sonríe y deja escapar una tanda de disparos que masacra a la mayoría de los hombres que nos rodeaban. —¡Saquen todo!— ordena. —¡Esa mujer está loca!— grita Nate. Subimos al segundo piso, ayudan a sacar todo por una de las ventanas mientras Gabriela, Ricardo y yo ayudamos a Adara a eliminar a los hombres desde la altura. Gabriela deja escapar una bala que estuvo a punto de impactar en la cabeza de Adara. —¡¿Qué te pasa?!— me molesto. —Fue un accidente— dice como si nada. —¡Largense a ayudar a cargar!— ordeno. Se van los dos. Adara y Gabriela siempre se han odiado, pero la primera nunca ha atentado contra su vida. —Hombres de Trembley van a ustedes. Saben que estamos aquí. —¡Dense prisa! ¡Vienen más hombres! A Adara se le terminan las balas y opta por sus cuchillos y pelear. La apoyo con disparos desde mi lugar. Un hombre está apunto de apuñalarla pero lo mando directo al suelo con cinco balas en el pecho. Matamos a todos y se viene por las escaleras. —Estas metida en problemas— digo cuando se acerca. —¿Y cuándo no? La puerta es abierta de nuevo y más hombres llegan disparando. Le doy un cargador y disparamos de nuevo. —Vete— dice. —No te dejaré aquí. —Iré después— derriba a los sujetos. —No... —¡Vete!— se altera. —Los alcanzaré. Ayudo a sacar la última carga y salimos de ese lugar. No hay ningún caído pero algunos están heridos. Subimos todo al camión y algunas camiones se van tras el por la ruta en la que quedamos. —¿Qué es eso?— pregunta Siria con la vista fija. Por el perímetro del almacén hay bombas explosivas en tiempo regresivo. Llegan a 0 y... —¡¡Adara!! Corro al lugar pero soy regresado por la gran explosión. Caigo de espalda al igual que los demás. Me levanto de inmediato y me altera al ver todo envuelto en llamas y humo. —¡Hay que ir por ella!— grita Sira preocupada. Los demás la toma de los brazos al deducir sus intenciones de ir al ex almacén. —¿Ella...? —¡No!— interrumpo a Grabiela. —¡Ella no está muerta! ¡Es lo que quieres pero no! —¿Dónde está Adara?— pregunta Carlos. —Hay que irnos— habla Ricardo. —Esperen— dice Tiana con la vista en lo que era el almacén. Enfocamos nuestra atención a esa dirección y siento como el alma que regresa al cuerpo al ver cómo Adara camina a nosotros con una maleta color verde militar en mano. Es una imagen digna de admirar. Camina segura y feliz por lo que ocasionó, la maldita instaló bombas alrededor para desaparecer el lugar. Las flamas y la nube de humo están tras de ella brindándole un toque peligros a la hermosa mujer de ojos grises. Me acerco a ella y la abrazo fuertemente. —Creí que habías muerto— digo contra su cabello. —Hierba mala nunca muere— ríe. Nate y Siria se acercan a unirse al abrazo. —Se les olvidó esto— me entrega la maleta. Nos vamos a los autos y subo la maleta atrás. —Me alegra que no te hayas quemado viva— le dice Gabriela. —Ya quisieras. Nos subimos y emprendemos huida dirigiéndonos por la ruta, alcanzamos a las demás camionetas y al camión y minutos más tarde llegamos a la organización. Nos esperan festejando por haber obtenido el armamento, solo Carlos tiene cara seria al ver que Adara se baja del auto. —A mí oficina. —Creo que te van a suspender por toda tú vida— se burla Nate. —No le hechas sal— lo regaña Siria. —Suerte— le digo. —La necesitaré— se va.
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