Capítulo 13

2286 Palabras
Estados Unidos /New York/ Adara Ingreso a su oficina y lo primero que veo; es a Carlos enojado, o mejor dicho bastante enojado. Va y viene del otro lado del escritorio, las venas del cuello le saltan y sé que hace todo lo posible para no ahorcarme con sus propias manos en este preciso momento. —Yo...— hablo para iniciar la conversación, que sé, que no será agradable y mucho menos calmada. —¡Cállate!— me manda a callar en un grito. —¡No pudo creer que me hayas desobedecido Adara¡ Malditasea ¡¿Qué pasa contigo?! ¡Te pasaste mis órdenes por el culo dos veces¡ ¡Eres una irresponsable que no piensa!— explota, diciéndome hasta de lo que me voy a morir. —Te di una orden de abortar respecto al maletín ¡¿Y qué hiciste?! Fuste tras él. —¿Cuál es la maldita preocupación? ¿Qué te haya desobedecido? Si es así, no esperes una disculpa de mi parte porque no te la voy a dar— me cruzo de brazos. Puede que no compartamos lazos sanguíneos, pero son conscientes de que me criaron en su núcleo familiar y que contagiaron mi carácter con el suyo. —El problema es que te expusiste. —No iba a morir y lo sabes... —¡Ese no es el punto!— lo saco de quicio, y de paso a mi también. —¡¿Entonces cuál es?! ¡Nunca me habías pedido algo así! —¡El problema son ellos! Nos quedamos en silencio, con decir ellos, sé que se refiere a los Australianos que nos atacaron, no sé sus razones de porqué lo hicieron, pero estoy segura de que no lo hicieron nada más porque si. —¿Qué con ellos?— pregunto, rompiendo el silencio que se había formado. —Su organización ha intentado j***r a la nuestra desde hace mucho— confiesa, tomando asiento en su silla giratoria. —Por... —Nuestro avance— completa la frase que dejé al aire. —Desde hace años intentaron comprar el secreto de las paredes de está organización. Pero nunca accedimos a darlo, ni a ellos, ni a nadie. —Entonces no venían por el maletín— saco conclusiones. —No, venían por uno de ustedes. Por eso te dije que no siguieras y te valió mierda. Estoy seguro que Rogelio ya miró tu potencial. Había una probabilidad alta de que se metieran en el saqueo del almacén solo para llevarte. —¿Qué significa eso? —Significa que te tendremos que cuidar cómo a una niña— contesta con fastidio. —No necesito que nadie me cuide. —Claro que lo necesitarás muchacha insolente— tensa la mandíbula. —No quiero un perro de tras de mí. —¡Pues puedo ponerte miles si se me da la puta gana! ¡Y no vas a salir de aquí hasta nuevo aviso! —Mi mundo no se va a detener solo por ese tipo. —No entiendes— sacude la cabeza. —Están rabiando por poder. Poder que la OANS tiene. Quieren a uno de ustedes para estudiarlo, y tú eres la mayor con alteraciones en su sistema, quiero que te entre eso en la cabeza— dice con exasperación. No digo nada. —Sí ellos te tienen todo se irá a la mierda. —¿Qué procede?— me da un poco de miedo su respuesta. —No vas a salir de aquí y te mantendrás suspendida— sentencia con dureza. —¿Y toda la vida estaré así? —Claro que no, dejaremos que pasen unas semanas para ver si hacen presencia de nuevo. La puerta se abre y por ella entra Santiago. Sus ojos azules se topan con los míos. Sus ojos derrochan preocupación. Se acerca con los brazos extendidos y me abraza con fuerza dejando mi cabeza en su pecho. —Dime que no te pasó nada— se separa. —No me pasó nada— digo lo que quiere oír. —¿Tienes heridas?— toma más mejillas entre sus manos y revisa mi rostro para ver si hay algún rasguño. —No pasó nada— le repito. —Me tenias preocupado ¿Cómo se te ocurre hacer tal cosa? —¿Preocuparte o irme sin permiso? —¡Ambas! Pareces una niña de ocho años— suspira. —Necesito que vayas al laboratorio, te... —¡No!— me altero de inmediato al oír el nombre de ese lugar. —¡Estoy harta de ese lugar!— No hace mucho estuve ahí y lo menos que quiero es tener que ver los monitores, las personas y lo blanco de las habitaciones —¡No quiero más maquinas! —Es necesario...— trata de persuadirme. —¡No iré! —No le grites a tu padre— se mete su hermano. —¡Tú cállate! ¡Me tienen hastiada con todo eso que me hacen! ¡No lo necesito! —Vete de aquí— pide Carlos al ver mi histeria. —No estoy suspendida— digo, dispuesta a que cambie de opinión. Pero es en vano porque no desiste de su orden. —Lo estás, vete— señala la puerta. —Seguiré haciendo mi trabajo... —¡Lárgate! Termina echándome a empujones de su ofician al no ver mis intenciones de querer salir. Me cierra la puerta en la cara y le doy un golpe a la madera cómo acción de molestia. Se quedan los dos en la oficina hablando de no sé que. Estoy harta de tener que recibir instrucciones y que me hagan eso chequeos del demonio. Termino yendo a mi habitación, dónde me relajo con un baño de agua y fría para después meterme entre las sabanas. No me van hacer la revisión, no quiero y no me van a obligar. Como tampoco voy a dejar mi trabajo solo porque a esos bastardos se les ocurrió meterse con nosotros. (...) Liam Aprieto con fuerza el vaso de whisky que tengo entre las manos. Lo aprieto tanto que termina echo trizas en el suelo junto con el líquido manchando la alfombra del despacho. Esta mañana, me dieron la noticia de que un grupo de personas se metió al almacén y se llevaron todo. No dejaron nada y aparte, mataron a todos los hombres que estaban en ese lugar "cuidando" el arsenal. No les bastó con hacer eso. Para cerrar con broche de oro se les ocurrió hacer explotar el lugar, dejándolo en ruinas y cenizas. Para echarle más limón a le hería; Sorní llamó diciendo que pronto vendría por la otra mitad del dinero. No le comenté nada al respecto, ya que quedamos que pisando estas tierras ya sería problema mio lo que pasara con el armamento. Sin embargo, mi padre sembró la duda al decir que tal vez él hizo todo ésto para salir ganando. Cosa que descarté al pedirle información a Ramiro sobre ello. —Pensabas ganar y terminaste perdiendo— habla Emir a mi espalda. —Sí vienes a j***r es mejor que te vayas. —Vengo ayudar. —Se nota— digo con ironía. Desde que se enteró de lo sucedido no ha parado de hablar y tirar veneno diciendo que no debí hacer tal trato. —Se supone que no querías que nadie se entrará. Por lo que veo, has fracasado en eso. —¿Estás seguro que vienes ayudar?— me voy a un mueble, de dónde saco el maletín en el que me traje los papeles. —Lo estoy— responde sentándose en uno de los sillones frente al escritorio. —Pues no parece. —No es cómo que lo quiera demostrar— dice airoso. —¿Ya sabes quiene fue capaz de robarle a un Trembley? —Lo sabré pronto. Pongo el código en la cerradura y se abre al instante dándome la vista de su contenido. Arrugo el ceño al ver unas hojas completamente diferentes a las que me traje. La vista se me oscurece con lo que veo al indagar más en el maletín. ¡Gracias por el armamento su majestad! Dice en una de las hojas. —¿Qué pasa?— pregunta mi progenitor al ver mi cambio repentino. Saco con desespero las demás hojas y todas están en blanco. Los oídos se me tapan y los latidos de mi corazón se aceleran hasta tal punto que creo que se me va a salir del pecho. Se levanta de su asiento y mira con sorpresa las hojas blancas en el escritorio. Paso mis manos por mi cabello y pienso en que puto momento pasó esto. Pienso en la posibilidad de que alguien de mi confianza haya entrado, o... Recuerdo Camino por el aeropuerto dirigiéndome a la salida. Los de mi seguridad me esperan fuera junto con una camioneta que me llevará a casa. El trato está cerrado y en una hora saldrá la aeronave con el arsenal. De repente, siento como un pequeño cuerpo choca conmigo. —¡Lo siento tanto!— se disculpa la mujer pelirroja. —Fue mi culpa, venía distraída y no me fijé por dónde caminaba— Nos agachamos para recoger los maletines que fueron a dar al suelo. La detallo mejor cuando volvemos a la anterior posición. Es una mujer hermosa, portadora de unos brillantes ojos verdes y facciones delicadas. —Le ofrezco una disculpa— dice con vergüenza. —No fue mi intención— Sus ojos oliva reflejan pena y arrepentimiento. Fin del recuerdo La ira quema en mis venas y me voy contra el escritorio tirando todo lo que estaba sobre el. No me basta con eso y le doy de golpes a la pared para desquitarme. La mujer de ojos oliva se llevó mi maletín, y con ello, los papeles del tráfico. El tropezón que se dió no fue más que un circo para chocar conmigo y hacerse la desentendida. —¿Quién le ha visto la cara de idiota a Liam Trembley?— pregunta Emir. —No estoy para pendejadas— tomo mi saco del perchero y a medida que voy por el pasillo, me lo pongo. Salgo de los muros de la mansión Trembley y tomo dirección a la empresa para acceder completamente a las cámaras de seguridad de ese aeropuerto. Se sorprenden por mi llegada y paso de largo abordando el elevador que me lleva hasta el último piso. Mi secretaria se me atraviesa preguntando si me apetece algo y la ignoro completamente. Tomo asiento en mi lugar y empiezo a mover y oprimir teclas que me dan pase a la vista del lugar. Intento ver las grabaciones del exterior pero me dice que no existe. También busco el de la entrada y me dice lo mismo. Me conformo con la grabación dónde camina e impacta con mi cuerpo y pasa lo que ya conozco. Termino de revisar cada una de las cámaras para ver si sucedía algo extraño, pero no encontré nada. —Miranda Jones— digo su nombre en voz alta. Emprendo otra búsqueda, guiándome por su nombre y apellido. Son miles de fotografías de mujeres con características completamente diferentes a la ladrona. Llego a la conclusión de que esa tipa no existe después de buscarla de distintas formas. Ninguna cumple con sus rasgos y las mayoría son mujeres adolescentes. Me dan las cinco de la tarde y sigo buscando esperando que algo me lleve con esa mujer. Recibo los informes de la destrucción del almacén y mando a revisar el área con atención máxima para captar cualquier cosa, hasta la más insignificante. El intercomunicador suena, mi secretaria dice que Ramiro está aquí, le digo que lo deje pasar. —No encontramos nada— dice serio. —Todo lo que había se extinguió. Hicimos un chequeo tal cómo lo pidió y no conseguimos nada. Guardo silencio. Sé que si hablo me saldré de control de nuevo. —Fue un grupo de personas. Pero no uno normal, acabaron con los hombres que estaban en el lugar y con los que iban llegando. Por eso me atrevo a decir que no son normales— justifica. —Todo lo hicieron violentamente. Tomo la fotografía que imprimí de la mujer del aeropuerto. La deslizo por la madera del escritorio hasta dejarla frente al hombre. —Robó el maletín— le explico. La mira detalladamente. —¿No ha pensado en qué...?— deja la pregunta al aire. —¿En qué? —¿Puedo utilizar su computadora?— responde con otra pregunta. —Adelante. Se pasa a mi lado y empieza a oprimir teclas en la computadora. Mi corazón da un brinco al ver en la pantalla el programa de comparación. —No es que le esté asegurando ésto— habla. —Pero no perdemos nada con revisar— La imagen de "Adriana Lennox" aparece junto con la pelirroja. El programa hace la respectiva comparación de rasgos y se ilumina de verde indicando que son la misma persona con diferente disfraz. Siento como si me pusieran brazas calientes en todo el cuerpo. Me jode qué esas malditas imágenes digan que son la misma persona. Me jode qué una vez más me miró la cara de imbécil al robar lo que era mío. Me jode no saber quién es en realidad. Castaña, ojos miel, pelirroja, ojos oliva. ¿Cuantas formas y características más va a adoptar? ¿Cuándo podré ver el verdadero color de sus ojos? ¿Cuándo me voy a deleitar con la fiera salvaje que asesinó a sangre fría? Si de algo estoy seguro es que algún día, la tendré entre mis brazos. Algún día sabré cuál es su verdadero aspecto y podré hacer lo que quiera con ella.
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