Capítulo 14

2564 Palabras
Estados Unidos /New York/ Adara Un mes después... Ha pasado un mes exactamente. Mes en el que me mantuve dentro de la organización, o más bien, me tuvieron. Tenerme retenida aquí no fue tarea fácil, intenté varias veces escapar y salir, pero nunca funcionó. Carlos ordenó que mandaran a vigilar el lugar y por supuesto, a mí, sabía que no me iba a quedar de brazos cruzados y que iba a escapar en cualquier momento. Tal cosa me sacó de mis casillas, fui en muchas ocasiones a su oficina a reclamarle eso, obviamente, no logré nada, todo terminó en reclamos y discusiones por todo lo sucedido. Después de un mes (que para mí fueron cómo años) pude salir, me llamó muy temprano está mañana para que fuera a verlo. Dijo que parecía que todo estaba bien, dijo que los Australianos no habían dado señal de nada y que podía seguir con mi rutina. No perdí tiempo y salí rápidamente de ahí, me monté en mi auto y salí con velocidad máxima. Conducí hasta la cafetería de Alondra y tome mi lugar de siempre, junto a la barra para pedir lo mismo que siempre consumía cada que iba a esa cómodo lugar. —Ten— coloca un pedazo de pastel de chocolate frente a mí. —Te lo regalo. —Te lo agradezco— sonrío. —¿Día difícil? —Mes— corrijo. Parto el pastel con el tenedor y me llevo un pedazo a la boca. —La comida de éste lugar me encanta cada vez más— el pastel es delicioso, y que sea de chocolate lo hace mucho más bueno. Aparte, la vibra que transmite este lugar te da una sensación de tranquilidad. Es muy cálido y hogareño, y no solo por su decoración, sino que la manera en la que te atienden los trabajadores también tiene que ver con la armonía que se respira. —Otra vez te tardaste mucho en venir— dice del otro lado de la barra. —El trabajo es pesado, tuve cosas que hacer— mentira, no me dejaron salir en todo el maldito mes. —Sí por mi fuera, vendría todos los días— eso es verdad, me gusta este sitio. —Te creo— limpia la barra con un trapo húmedo. Al terminar de meterme el último pedazo del postre a la boca, una llamada entra a mi celular mostrando en la pantalla el nombre de Siria. —¿Bueno? —Bueno va a estar el golpe que te meteré— amenaza del otro lado del teléfono. —¿Y ahora qué? —¡Te fuiste! ¡Y no nos dijiste nada!— reclama, y de fondo escucho como la apoyan los otros dos. —¿Debería de disculparme? —¿Tú que crees?— grita Nick. —Necesitamos tú presencia. —¿Por...? —Novatos, los jefes de los departamentos quieren que ayudemos. —¿Tengo que ir? —¿Tú que crees?— escucho de nuevo a Nick. —Voy para allá— cuelgo. —¿Te vas tan rápido?— pregunta mi amiga al ver mis intenciones de retirarme. —El deber llama— me mira con un vacío en sus ojos y detecto que algo con ella no está bien. —¿Sucede algo?— me atrevo a preguntar al verla tan afligida. Cuándo llegué me dió la impresión de que no había pasado algo bueno, y que me vea de tal manera me lo confirma. Sin embargo no quise decir nada al respecto. —Mi hija...ella...— las palabras se le quedan en la garganta y los ojos se le inundan de lágrimas que por más que se esfuerza en no dejar salir, le ganan y le empapan las mejillas. —¿Qué pasó? —No se que hacer— murmura con la vista en el suelo. —Hace días se portó muy violenta con su hijo y conmigo— dice entre el llanto.—Va de mal en peor. Rodeo la barra hasta llegar a su lado y la estrecho en un abrazo, se aferra a mí, llorando y empapando mi blusa. —No te preocupes— doy suaves palmadas en su espalda. —Te ayudaré, lo prometo— Su hija no se encuentra bien, es adicta a sustancias que no le hacen ni el más mínimo bien ni a ella, ni a su madre y mucho menos a su hijo, un niño de tres años que ha vivido con una mujer dependiente a la droga. Desde que me enteré de esto, quise intervenir, pero Alondra no me lo permitió y respeté su decisión. Es su hija y es obvio que no quiere verla sufrir, aunque pienso que así le hace más daño. —¿Cómo está Dylan?— pregunto por el niño moreno y cabello rizado. —No sabe lo que pasa, es muy inocente— nos alejamos. —Si me dejaras...— trato de insinuar mis intenciones pero me interrumpe. —No. No quiero eso— se niega rápidamente. Hace mucho tiempo le había propuesto meter a su hija a un centro de rehabilitación, pero ella se negó. —Cómo digas— tomo mis cosas y me despido para salir de ahí. Su situación es complicada porque le dan ataques de agresividad y es peligroso para el niño de tres años que vive con ellas. Entiendo que no quiere ver a su hija en esa posición, pero la única salida es meterla a un centro. Al salir del local del otro lado de la calle se estacionan camionetas negras (como la vez pasada) y de ellas bajan hombres vestidos de n***o que entran al enorme edificio, siguiendo a otro. Me trepo a mi auto y me voy de ese lugar con el pecho un poco oprimido por lo que vi del otro lado de la calle. Es una sensación rara que no puedo explicar. Conduzco hasta llegar a la OANS, estaciono mi auto y me voy directo a mi habitación. Fuera de ella me encuentro a Siria, quien aguarda por mi para llegar juntas al entrenamiento. —¿Por qué no dijiste nada?— pregunta cuando me ve. —No lo pensé— abro la puerta e ingresamos a la habitación. —Estoy emocionada— se tira en mi cama al entrar. Me voy al clóset y saco el traje n***o que se usa en los entrenamientos, con la diferencia que el de nosotros tiene una marca dorada en las mangas, las cuales nos distingue de los demás. —¿Y los chicos?— pregunto cuándo salgo del baño, ya vestida con el traje. —Deben de estar con los demás— me recojo el cabello en una coleta alta. —Es la primera vez que nos piden esto— chilla emocionada detrás de mí. —Ajá. —¿A ti no te emociona?— inquiere, poniéndose de pie. —Un poco... —¡¿Cómo qué un poco?! ¡Por dios Adara, esto es maravilloso! —Lo es— sonrío. No es que la noticia y la oportunidad no me agraden, al contrario, me alegra que nos hayan escogido a nosotros para este tipo de trabajo. Es la primera vez (espero que no la última) que nos pidan hacer esto. Desde que tengo memoria, recuerdo que los entrenamientos siempre los llevan los de alto rango pertenecientes a los demás departamentos. —Los chicos casi lloraban— ríe mi amiga.—Hay que irnos— abre la puerta y me incita a salir. Al llegar al lugar, nos encontramos con las filas de los nuevos, frente a ellos están los jefes y los chicos. Nos quedamos a unos metros alejadas de ellos hasta que Oswaldo nos mira. —Es un honor presentar a la otra mitad del equipo principal del departamento de ejecución. La parte femenina que todos los equipos tienen— nos indica que nos acerquemos y tomamos lugar junto a ellos. —Les pregunto a Siria— señala a mi amiga y veo como todos la reparan con admiración. —Y les presento a Adara— me señala. Escaneo las filas con la mirada y veo como varios sonríen mientras otros miran con miedo mi lugar. No les regalo una sonrisa como Siria lo hizo, eso los lleva a pensar que no seré una compañera agradable. La primera actividad que hacen es combate cuerpo a cuerpo. Se van de dos en dos, mujeres con mujeres, hombres con hombres y mujeres con hombres. Unos salen lastimados, otros salen mal heridos y se van a la enfermería mientras otros pasan mucho mejor la prueba. A cómo van participando se van alejando de los demás. Un grupo de personas del departamento de Oswaldo van tomando anotaciones, haciendo la evaluación de cada uno. De reojo veo como otros equipos (entre ellos el de Gabriela) entran al salón para ver el espectáculo, quedándose a unos cuantos metros lejos de nosotros. —Llegó tú mejor amiga— se burla Siria al verlos aquí. —La tuya también— hago referencia a Tiana. La expresión se le contrae y es mi turno de reírme de ella. —Imbécil— bufa. —El que se lleva, se aguanta— río. Ponen en combate a una rubia y a un moreno. De entrada el chico me cae mal al burlarse de ella, diciendo que no podrá contra él. Tiene puntos a favor, es muy alto y de buena musculatura, sin embargo, eso no indica que la chica no se pueda defender y romperle la cara. Dan inicio y el primero en atacar es él, le lanza un golpe al rostro que esquiva con facilidad. Reciben golpes de parte del otro, la mujer sonríe al darle puñetazos y patadas que lo hacen enojar. —Mas vale que te rindas— habla enojado. La negación de esta lo termina de sacar de sus casillas, se le va encima sin ninguna compasión y la manda al suelo, se posiciona sobre ella y le golpea el rostro. —Cuándo digo algo, debes de obedecer. Para eso son las mujeres. Sus palabras me nublan la vista y me hacen apretar los dientes. Odio con todo mi ser que nos traten así, que nos subestimen y que piensen que no servimos para nada, solo para "obedecer" al hombre. —Eres débil, no lo olvides. No sé que haces aquí. Me zafo del agarre que me da Siria en el brazo. El tipo la sigue golpenado y nadie hace nada por quitarle a la mujer ensangrentada que yace en el suelo más inconsciente que despierta. —¡Adara!— grita Oswaldo, pero hago caso omiso y me voy contra el moreno. Paso mi brazo por su cuello y de un jalón lo lanzo al piso, se sorprende y se queda mirándome atentamente. —¡¿Quieres ver cómo golpea una mujer?!— le grito. —¡De pie novato! Se levanta a metros de mi y ni retrocedo para agarrar impulso. Me le voy encima golpeándo su rostro, logra esquivar algunos puñetazos. En uno que le lanzo, logra tomar mi muñeca y ponerme de espalda a él. Me toma de ambos brazos, con la intención de zafarme un hombro pero le meto un cabezazo lo suficientemente fuerte para despavilarlo y que afloje su agarre. No me suelta en su totalidad, pero me da movilidad para girar y darle un golpe en la garganta, me deja libre y le doy una patada en el estómago que lo lleva al suelo. Poza sus manos en su estómago, de su nariz sale sangre por el tremendo cabezazo de le metí. —Es mejor que no nos subestimen "hombres"— le doy la espalda al gusano tras de mi. —Que somos tan fuertes y capaces como ustedes. Siento como pone una mano en mi hombro y rápidamente le tomo la muñeca, ejerciendo la suficiente fuerza para que grite de dolor. Se queja y la aprieto más, no se la quiebro, solo le causo dolor. —¡Sueltame!— grita desesperado. —¿Por qué?— levanto una ceja. —¡Por favor sueltame!— las lágrimas se le salen y se llena de desesperación. Lo suelto y lo mando al suelo de nuevo, jadea desde abajo y me acerco a enterrarle la bota en el cuello. —Quédate ahí— le digo. Retiro mí pie y le doy un último golpe en las costillas. —Espero que hayan aprendido mucho hoy— me dirijo a todos. Me doy la vuelta, lista para salir de este lugar. —¡Presumida!— grita Gabriela a mi espalda. No me giro, solo le saco el dedo corazón sin verle la cara, ni a ella ni a nadie. Llego a mí habitación y cierro de un portazo cuándo entro, me voy a la ducha y tomo un baño con agua fría para quitarme la sangre que me salpicó el animal. Cuando salgo, veo a Carlos sentado en uno de mis sillones. —No vas a cambiar, ¿verdad?— inquiere cuando me ve. —Verdad— me voy al tocador y cepillo mi cabellera negra. —Le rompiste una costilla, la nariz y le dejaste hematomas en todo el rostro. —Qué de gracias a dios que no lo agarre bien. —Eres muy testaruda e impulsiva— regaña detrás. —Ese chico— me giro en el banquillo para quedar frente a frente. —Es un idiota, y yo odio a los idiotas. —¿Qué voy hacer contigo?— dice exasperado. —Aguantarme— me encogo de hombros y me mata con la mirada. —Adara, no puedes ir por ahí golpeándo a todo el mundo. —Si puedo— respondo tajante. —Se nota de quien eres pariente. —Correción. Se nota quienes me educaron— sonríe y se levanta de su asiento para acercarse a mí. —Eres igual a nosotros, un orgullo para los Atesh— toma mis manos y me levanta de mi lugar. —Nada más que ese orgullo jode mucho— logra sacarme una pequeña carcajada con su comentario. Carlos es el tipo de tío que te trata cómo si fueras su hija, pocas veces es cariñoso pero eso no quita que se preocupe por su familia, y yo no soy la excepción. Me trata como si fuera su hija y sé que en el fondo me aprecia así cómo yo a él. —Deberías pagar por eso— nos soltamos. —Sin embargo, lo dejaré estar por esta vez— se va. Ya limpia, salgo de mi habitación y me voy directo a la enfermería, dónde busco a la chica rubia. La enfermera me dice dónde está y la encuentro sentada en una camilla con el rostro morado. —Te dejó mal— mi voz la sorprende y se endereza en su asiento. —Señorita... —Nada de señorita— la interrumpo. —Dime Adara. —Soy Lisa— se presenta. —Ayudaré con tu entrenamiento— capto su atención. —Debes saber defenderte para poder estar aquí— me voy a la puerta y antes de pasar por ella me agradece. Cuándo recién entré a éste lugar, había conocido a una chica que no era muy buena para defenderse. Lisa me recordó a ella, solo quiero que no termine cómo Alexa, en éste lugar matas o te matan, y es claro que nadie quiere la segunda opción.
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