Capítulo 5

1632 Palabras
Estados Unidos /New York/ Adara Camino por el pasillo lentamente, sin prisa, sin ansias. Escucho las pisadas de Fernando detrás de mí, están a una distancia considerable. Doblo a la derecha en una esquina e inmediatamente ubico la puerta del despacho. Abro la puerta y entro a la habitación, la cierro de nuevo y me posiciono de tras de ella. Está claro que me miró entrar. El sonido de sus pisadas acercándose me lo confirman. El lugar es muy grande, tiene una terraza que da vista al jardín, dónde está la barda. Abre lentamente la puerta e ingresa al lugar. Veo su espalda ancha pasar por un lado de mí. Al abrir la puerta no se dió cuenta de que yo estaba tras de ella. Recorre con la mirada todo el lugar hasta que sus ojos negros caen en mi. Sonríe y se acerca. —¿Jugando a las escondidas?— se acerca más y pone ambas manos a cada lado de mí cabeza. —No. Si esto hubiera sido el juego de las escondidas, el escondido hubieras sido tú. Acerca su rostro al mío y pasea su nariz por mi mejilla hasta llegar a mi cuello. —Jolie femme— habla en francés. Jolie femme: linda mujer. Deja un beso en mi cuello y regresa a mi rostro para darle inicio a un beso hambriento, que, correspondo con la misma intensidad. Su mano viaja de la pared a mi cuello, le da un apretón leve a esa zona, mientras la otra mano la lleva a mi pierna descubierta. La toma y me obliga a rodear su cintura. La cosa se torna interesante cuando cuela su mano a mi intimidad. Acaricia levemente la tela de las bragas mientras nos seguimos comiendo la boca. Me impulso contra el, provocando que deje de tocarme y de pasos hacia atrás. Las cosas se hacen a mi manera. Los juegos nunca son de uno, debe de ver más personas involucradas para que esto sea interesante. Coloca sus manos en mi cintura, pegándome más a él, desde mi posición siento la erección que tiene. Acaricio su cabello rubio entre castaño y doy pequeños tirones provocando jadeos de su parte. Cruzo las piernas en su cintura y me pone contra el escritorio, la cosa no llega muy lejos, ya que el mismo da entrada al caos. —Eres tan inocente— gruñe, mordiendo mi labio inferior. —¿Usted cree?— me balanceo contra el, sacando de su garganta un jadeo. —Eres una ángel— toma mi barbilla con su mano, mientras que con la otra empieza a desabrocharse el pantalón. —Un ángel del infierno— ríe por mi comentario y vuelve a besarme. Sus manos viajan al cierre del vestido y lo baja con lentitud. —¿Señor Castillo? —No me digas señor Castillo. Llámame Fernando— se entretiene besando el valle de mis senos mientras hablamos. —Espera— se detiene y sube su mirada a mi rostro. —¿Cómo sabes mi nombre? —¿Cómo no saber el nombre del miserable que golpeo a una niña y que además intentó asesinarla? Su rostro se pone pálido y retrocede. Reacciono rápido, saco del cinturón mi navaja y le hago una ligera pero profunda cortada en la garganta. Retrocede unos pasos más, las manos que me tocaban se llenan de sangre cuando intenta impedir su derrame. Se desespera al no poder tomar aire. Sus ojos me miran con miedo, reflejan terror. La mirada dulce, inocente y cariñosa desapareció. Ahora solo hay una mirada de frialdad, seriedad y crueldad. —¿Cómo...pudiste?— logra formular. Me levanto del escritorio, subo el cierre del vestido y camino hasta él. Retrocede más y cae sentado en el sillón. —Pude de la misma forma en la que tú pudiste golpear a una niña— me siento encima de sus piernas y doy un beso en su boca. —Eres...una...perra. —Peores cosas me han dicho— sonrío. —¿Sabes? Iván se pondrá feliz al saber lo que hice. La sangre sale a chorros cuando retiro sus manos de su garganta. No me cuesta nada hacerlo ya que apenas puede con su alma. —Me gusta el olor a la sangre— es mi turno de pasear mi nariz por su cuello. —Y el sabor, mucho más— paso la lengua por la herida. Mi boca se deleita con el sabor metálico del líquido rojo y espeso. —Estas...loca. —Un poco— digo riendo. —¿Últimas palabras?— acerco la navaja. —Zorra... La navaja hace contacto con la carne abierta, corto aquí y allá, disfrutando los gritos de dolor que está basura deja escapar. Guardo la navaja sangrienta en el cinturón, no me importa que se manche todo a su paso. Los ojos de Fernando Castillo están vacíos, sin vida. Tomo su cabeza y con la fuerza sobrenatural que tengo, la separo de su cuerpo. —Que linda cabeza, Fernando. La dejo sobre sus piernas y camino al mueble donde deje mi bolso. De el, saco una bolsa negra de plástico que abro para después meter la cabeza de ese hombre en ella. Me separo del cuerpo sin cabeza, admirando mi obra de arte. Su cuerpo está sentado en el sillón, tanto el como el asiento están manchados de sangre, su cuerpo no tiene cabeza y de el sigue saliendo más sangre. —Jinete sin cabeza— digo riendo. La puerta se abre de golpe, llamando mi atención. Es un hombre de los de seguridad. Soy rápida a la hora de colocarme tras uno de los sillones al ver cómo saca su arma y dispara a mí dirección. No me quedo atrás, y desenfundo la Beretta M9 y con una sola bala basta para atravesar su cabeza y dejarlo sin vida. —Sal de ahí. Se comunican. Percibo movimiento en los pasillos y deduzco que son más hombres. Camino con prisa a las puertas que dan con la terraza. No puedo bajar al salón llena de sangre y con una bolsa negra en la mano, una; porque se vería raro, y dos; porque hay personas obstruyendo el paso. Abro la puerta y regreso la vista al cuerpo, sonrío. Camino al borde de la terraza, no hay personas en este lugar, así que mi escape será más fácil. Subo a la pequeña baranda, mis tacones hacen ruido cuando lo hago, la noche está fría y corre una ventisca que me remueve el cabello teñido de castaño. Los hombres entran con armas arriba, los veo por arriba de mi hombro y les regaló una sonrisa antes de saltar desde lo alto de la terraza. Doy una voltereta en el césped para después estar de nuevo de pie. Camino tranquilamente por la oscuridad del jardín. Desde lejos, escucho el grito de una mujer y el escándalo que se desata por lo sucedido. Llego a la barda. —El trabajo está hecho. —El auto está en su lugar. Retrocedo un poco y lanzo las dos bolsas al otro lado, tomo impulso y trepo la barda con facilidad. Caigo de cunclillas al otro lado y tomo las bolsas para después subir a la camioneta negra. —Sal de ahí, todos se alarmaron. En menos de cinco minutos, salgo del vecindario, en el camino me topo con las patrullas de Policía dirigiéndose al vecindario. El trabajo quedó bien hecho, Fernando Castillo murió en mis manos y llevo la cabeza de él para la persona que la pidió. En estos momentos sus familiares han de está devastados, aunque les hice un favor, el hombre era un bueno para nada. —Adara— reconozco la voz de Carlos. —¿A dónde vas?— sabe mi ubicación, pues la camioneta trae equipo de rastreo, aparte nosotros tenemos un chip en el cuello. —Estoy terminado con el trabajo. No espero a que diga algo, quito el auricular de mi oído y lo lanzo al lugar del copiloto. Me detengo en un callejón para quitarme el vestido manchado de sangre, lo remplazo con un pantalón n***o y una blusa y chamarra del mismo color. Conduzco por las calles de la cuidad de New York hasta llegar a mi objetivo. Me detengo frente al portón de la residencia. Un hombre vestido de n***o se acerca y toca con los nudillos el vidrio de mi ventana. De adentro para afuera sí se ve, pero de afuera para adentro no, ya que los vidrios son polarizados. Bajo la ventana. —Dile a Iván Thomson que le traigo un regalo de parte de un Castillo. Habla por el radio que trae en el traje y asiente diciendo que el señor me espera. Estaciono el auto y bajo de el con la bolsa negra en mi mano derecha. Toco la puerta y una mujer de servicio me abre. Me deja entrar. Iván Tomshon, su esposa, hija y yerno están frente a las escaleras dándole la espalda. Los cuatro posan sus ojos en mí al verme entrar, camino a ellos, con el mentón en alto, mis pisadas se escuchan por toda la sala con cada paso que doy gracias a las zapatillas que no me quité. Me detengo a cinco metros de distancia de ellos. Mis ojos no abandonan los ojos del señor Thomson y los de él no me dejan de ver con admiración y un brillo especial al repara en la bolsa que cargo. Abro la bolsa y saco la cabeza agarrándola del cabello, las mujeres jadean sorprendidas al ver lo que sostengo y al ver de quién es. Sus ojos reflejan terror puro al imaginar cómo hice tal cosa. Lanzo la cabeza al piso provocando que está ruede hasta los pies de Iván Tomshon. —La cabeza de Fernando Castillo, a sus pies.
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