– Con este anillo, dejo en claro que te pertenezco. – me dijo mientras veía como yo lo introducía en su dedo. En realidad, yo estaba borracha; pero no puramente de alcohol, más bien me encuentro en estado de embriaguez por la presencia de este ser masculino. Siento que el aire que respiro se me va a su alrededor; como si mi vida necesitase de él para continuar. ¡No lo sé!, supongo que al estar ebria mi mente está vacilando bastante.
El anillo, tenía unos peculiares diamantes incrustados. Del color de mis ojos, coincidencia quizá, en ese momento no le presté mucha atención.
Sostiene el mío entre sus manos y besó cada uno de mis dedos antes de colocarlo –. Y con este anillo, dejas en claro que eres mía. Ich liebe dich. – No comprendía su última frase. Era alemán. Pero el suyo sonaba distinto al alemán tradicional. Cosas de príncipes supongo.
Volviendo al presente, mi amiga impaciente está vociferando mi nombre. Mientras ve como desesperadamente trato de calmarme. Porque aún no realizo lo que está pasando, aún no sé cómo haré frente a todo lo que trae consigo mi reciente estado de preñez. Un príncipe, un bebé, un compromiso y un peso.
Un peso fuerte. Sobretodo social, puesto que estoy embarazada sin siquiera haberme casado con el padre. El padre que no es cualquier hombre. De vez en cuando veo todo de colores brillantes y felices, pero hay ocasiones en las que simplemente todo es n***o. n***o y deprimente. j***r.
Odio la presión social.
– ¿Qué pasa, Rose?, me estás asustando.
– ¿Quieres saber qué pasa, Rosalía? – le grito con la voz queda, mirando a todos lados. Suspiro sopesando una nueva oleada de estúpidas lágrimas –. ¡Estoy embarazada!
Todo se queda en silencio. De un momento a otro presiento que me va a dar un ataque de pánico. Golpeo mi rostro intentando despertar de este sueño. Porque estoy segura que todo esto debe tratarse de un maldito sueño.
Pero, no pasa nada. Solo se escuchan los sollozos de Rosalía. Pulula de un lado a otro, mirando de hito en hito.
Alimentando la esperanza de que solo sea un chiste. ¡Queriendo que saque la cámara oculta! Como si de broma de niños se tratase.
Oh, cuanto anhelaría que fuese así.
– ¡No! – grita y suelta una carcajada amarga minutos después deteniéndose –. ¡Es broma! ¡Pero acaso no te enseñé a poner un maldito condón! Te di prácticas miles de veces… ¡Pero claro, la princesa está loca! Tantos entrenamientos, para ningún fin.
Habíamos practicado muchas veces, Rosalía y yo somos partidarias del tan famoso sexo seguro. Y se supone que yo debo ser un ente se sexo seguro, ¡soy doctora! pero al parecer no todo resulta como queremos.
Toma mis manos entres las suyas. – ¿Quién es?
– Xavier de Liechtenstein. Tu hermano, Rosalía.
Detiene su ardua caminata, interrogándome con la mirada.
Escudriñándome.
Recordando el baile quizá, y mi negativa de comentarle lo que había pasado luego de que me alejará con él.
Ella no era estúpida, lo sospechaba, pero cuando me mostraba reacia a contarle algo entendía. Ambas lo hacíamos. Por algo somos mejores amigas.
Todas las revistas locales habían estado curiosas.
Hurgando en cada hija de cada duque, rey o algún empresario rico para descubrir quién había sido la pareja del príncipe.
Pero, como estoy en incógnito, es imposible saberlo.
No había visto al príncipe desde ese día.
A pesar de ello sí había recibido presentes de su parte, como todos esos ramos de flores que han convertido mi departamento en una floristería.
Cada una con una frase distinta de su parte. Por ende, ya descubrí quién envió el vestido. Aunque aún no comprendo de qué me conocía.
Rosalía se carraspea la garganta. – Debes decírselo, amiga.
Lo sabía, después de todo tuvimos sexo y ambos fuimos responsables del acto.
– Estoy nerviosa, Rose. ¡Un príncipe y un bebé! No es tan fácil. Tú más que nadie sabes acerca de mi negativa al tema real. Sabes todo lo que me ha costado tratar de adaptarme y llegar a la conclusión de que tarde o temprano pasará. Pero no estaba preparada a que todo pasara tan rápido, y mucho por estar en estado de preñez de un jodido príncipe.
– ¡No te preocupes, podemos escapar a Dubái! –dice en broma –. Tienes que decirle. Xavier es mi hermano y lo conozco. Te conseguiré una cita con él mañana, debemos tomar cartas en el asunto lo más pronto que sea posible.
Su sugerencia hace que una nueva tormenta de lágrimas se aglomeren en mis ventanas visuales. Porque estoy sensible. Y lo estoy por distintos motivos. Muchas veces me invaden los pensamientos negativos como, ¿y si no hubiese sido él? Me siento un poco más segura, porque sé que al lado de un monarca las cosas pueden salir 'bien', pero solo me entra la nostalgia.
Pienso en muchas cosas, en chicas desamparadas por su familia (en mi caso tengo un padre que me ama), ¿pero y ellas que no? Qué pasaría con sus hijos y su salud mental. Sobretodo con su salud mental, ¿qué enseñanza puede dar una persona que está rota? Es imposible que pueda dejar un mensaje en la vida de su criatura.
No lo sé..., siento que no todo es tan fácil como se pinta. Y qué hay mucha gente alrededor del mundo sufriendo por cosas que podrían haber sido evitadas. Y, simplemente me pone triste.
Y me dan ganas de ir a la oficina de mi padre, y tomar mi puesto que por derecho me pertenece para simplemente hacer algo..., algo. No sé qué exactamente. Pero algo...
– ¡No, no, no! Nada de lágrimas, vas a dañar a mi sobrino. Todo saldrá bien.
Sí, Rosalía, eso espero más que nadie; que todo salga bien. Aunque, soy demasiado fuerte para simplemente depender de alguien más.