Capitulo 6

1500 Palabras
El silencio del departamento se ve interceptado debido al toque de la puerta. ¿Quién osa a visitar a tan tempranas horas? No, no está bastante tarde. Pero mis horas de lectura se respetan. Detesto se interrumpida. Mis pies hacen contacto con el frío suelo, y soy propensa a sufrir un derrame cerebral cuando me caigo tropezando con unas medias a mitad de camino. ¡Qué prospectos de madre irresponsable soy! Examino mí alrededor, mi acostumbrado desastre hace mella. Levantado algunos objetos que hacen mi camino dificultoso al caminar. Y, me prometo poner más orden en mi hogar. Puesto que mi vida ya es un desastre, al menos mi casa debe ser lo contrario. Esperando que sea mi ansiada pizza, abro la puerta. Grito. – ¡Qué haces aquí! ¡Oh, traes mi pizza! Príncipe y pizza. Juntas, en la puerta de mi pulcro departamento, nótese el sarcasmo. Sonríe en mi dirección. – Hola para ti también, doncella. ¿Puedo pasar? Asiento alarmada, en cuanto vea a su alrededor, querrá huir. – ¡Estaba a punto de hacer limpieza! – miento descaradamente. No iba a limpiar, ni aunque me paguen. – ¡Oh! Qué bien, puedo ayudarte. Luego de que te alimentes, claro. ¿Acostumbras a desayunar alimentos tan poco saludables a diario? ¡Oh, no! Solo los siete días de la semana y las tres comidas del día. – Soy un tanto desganada. – le susurro mientras hipnotizada engullo un trozo de la majestuosa pizza, ¡Oh bebé amaras esto como yo! – Resulta que no les hace bien, comer tan poco sano, hada. Tomaré cartas en el asunto. Lo ignoro. – ¿Por qué ha venido, majestad? – pregunto luego de que él no dejara de observarme mientras como. – Ansiaba pasar tiempo contigo. Y de paso, ver por mi propia cuenta lo que se me había comentado de ti. – ¿De mi? ¿cosas cómo qué? Sonríe de lado, de paso se pone de pie besando mi frente. – Como que eres más hermosa en persona. ¿Dónde guardas los suplementos de limpieza? Las siguientes dos horas el príncipe se encarga de limpiar mi departamento. Mientras yo lo admiro casi como si a una obra de arte se tratara. Me sorprende ver que tenga la destreza necesaria para cumplir la tarea de limpieza. ¡Y lo hace mejor que yo, cabe destacar! Claro, no quiere decir que por ser mujer deba saber tareas del hogar a la regla, más bien, es un poco sorpréndete teniendo en cuenta todas sus obligaciones diarias. Eso, me hace recordar que, ha hecho espacio para venir a visitarme. Y lo agradezco internamente. En la cocina, mientras salgo del baño, ya que me había ordenado asearme y vestirme con un hermoso vestido floreado y zapatillas, que él había traído para mí. Escucho su varonil voz llamarme. – ¿Ya esta lista, princesa mía? – asiento. Luce aun más guapo, con vestimentas normales, que incluso resultaría imposible reconocerle como el monarca del país –. Luces encantadora. Tal y como me imaginé. Me sonrojo. – ¿A dónde vamos? – Pues por ahí. Su majestad abre la puerta trasera de su auto para mí acompañándome segundos después. En el trascurso del recorrido no entablamos conversación, puesto que el príncipe se encarga de contestar algunas llamadas telefónicas, a las que omito escuchar. Mientras recorremos las calles de Vaduz, capital de Liechtenstein. – Disculpe mi imprudencia, princesa mía. Las obligaciones reales deben ser acatadas mediante ello podré dedicarle mi mayor tiempo de calidad. Espero sea de tu agrado. Frente a nosotros, una hermosa fortaleza. Detona elegancia como debería hacerlo. Unas largas escaleras nos hacen frente. – ¡Odio las escaleras! – bisbiseo hacia él. – ¿Desea que la lleve en brazos? – un atisbo de sonrisa hace mella en sus labios. ¡Oh, pero si es aún más guapo cuando sonríe! – ¡Claro que no! ¡Dime qué haremos aquí, príncipe! – Solo ofrecía mis servicios, mi lady. Espero que lo que he preparado para ti sea de tu agrado. Puesto que no he tenido el necesario tiempo para ello, he de admitir que aguardaba la esperanza de pasar tiempo contigo. Asiento en su dirección. Me identificaba con él, era un príncipe, el hermano de mi mejor amiga Rosalía (la princesa), el hombre con el que había yacido días atrás (en intimidad) además de mi primera experiencia en ese ámbito, el padre de retoño que esperaba, y el adonis andante que de una forma u otra se ha encargado de robarme el aliento. De encantarme. Debía conocerle, saber con quién me estaba enfrentando. Y, reconozco que el caballero adulador, no es una mala compañía. – ¿Le gusta montar a caballo, señorita? ¡Oh, pues si amo hacerlo! De hecho, padre me enseñó cuando era niña. ¡Obviamente no tenía idea de cómo subir a esos bichos raros de cuatro patas! ¿Gustarme? ¡Oh, por supuesto! Me gusta tanto como limpiar mi departamento. – ¡No, Xavier! No subiré a uno de esos, no quiero morir aún. – No pensaba dejarte sola. Vamos, Rose. Confía en mí. Sostiene mi cintura, ayudándome a subir al caballo n***o azabache. El caballo relincha (o grita en todo caso) asustándome e imito su sonido. – Qué asustadiza resultas. – el caballero, se desliza tras de mí. Sosteniendo mi cintura con avidez –. Nos moveremos lento, para que te acostumbres. Asiento, el repiqueteo del caballo se escucha intenso, en el horizonte. Mientras nos alejamos de aquella fortaleza. Afrontando un camino cuidado en demasía. Descubro que todo luce tal cual imagine, es un lugar al cual vendrías a liberarte del estrés. Me pregunto qué estrés tendrá el príncipe. ¿De qué querrá librarse? – ¿Sueles venir mucho aquí? – pregunto inquisitiva a sabiendas de que quizá estoy cruzando una línea invisible entre ambos. – En ocasiones. Un monarca no debe desatender sus obligaciones por mucho tiempo. Su respuesta y su tono dejan saber que no ansia hablar de ello, por lo que omito hablar aun más. Aunque secretamente muero de curiosidad por saber qué esconderá el perfecto príncipe. – Espero que sea de tu agrado. Me ayuda a descender del equino. Y soy guiada hacia una manta de picnic, debajo de un álamo. Nuestro alrededor hace que todo sea aun más mágico, rodeados de rosas. Y eso, que detesto las flores. Aún así el ambiente es muy bonito. – Sé que no es demasiado. De hecho es muy simple... Lo acallo. – Es perfecto, Xavier. Considerando, que nunca imagine que un príncipe hiciera esto para mí. ¡Ahora dime que en esa gran canasta que llevas tienes algo de comer! Morimos de hambre. Beso su mejilla. Esperando apaciguar los pensamientos de insuficiencia que lo rodean. ¡Ah, príncipe, si supieras! Para mi asombro, el príncipe traía consigo todos aquellas delicias que son de mi gusto. ¡Oh, como esas delicias a base de queso blanco! Y el pastel de manzanas. – Haremos un juego. – me avisa, mientras mágicamente situaba a la perfección hecha crema de avellanas. ¡Oh, nutella de mi vida! El tarro más grande que tenían en las tiendas, el cual no podía comprar porque valía el doble de uno pequeño. ¡Jugaría lo que quisiese el príncipe de pacotilla, siempre y cuando sea recompensada con ese majar celestial! – ¿Qué jugaremos? – Te haré preguntas, sobre ti. Si respondes tendrás una recompensa. – Que empiece el juego. Reímos. – ¿Cuántos años tienes? En mi interior, tenía la esperanza de que fueran preguntas más amenazantes, tal vez. – Veintitrés. ¿Y tú? El monarca, introduce una fresa en la crema de avellanas. Y, la lleva a mis labios. La devoro gustosa. – Pronto celebraré mi trigésimo cumpleaños. ¿Por qué omites la mención del apellido del duque Eugene? Miro hacia otro lado. A sabiendas de que con él, podría sincerarme. – No fui concebida en matrimonio. Las cosas no son tan sencillas para la bastarda. Reconozco que no soy tratada como tal para él, y es lo único que importa. Pero no es tan fácil, sacar a la luz mi identidad. Y ser tratada con falso aprecio por ser la hija del duque, omito la hipocresía. Asiente. – No maltrataran a nuestro hijo, no te maltrataran a ti mucho menos. Tienes mi palabra. Para mí, no eres una bastarda, eres mi princesa. Recuerda omitir los comentarios que no se parezcan a esos. Porque no llegan a tu altura. Mereces más, encantadora hada, yo me encargaré de darte más. Sus ojos, me observan, sostiene mi rostro entre sus manos y lentamente cepilla mi cabellera. Envolviendo me con sus brazos mientras nos decimos un sin número de palabras sin siquiera expresarlas. Sellando su promesa. – Gracias por traerme a casa. La pase de maravillas contigo, Xavier. – Me alegra que así haya sido. Descansa, recuerda llamarme si ocurre cualquier eventualidad. Nos veremos pronto, hermosa mía. – besa mi frente y se aleja.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR