Manson
Despierto por culpa del bendito dolor de cabeza, no puedo, ni quiero quejarme porque todo ha sido mi culpa. Fui yo quien quiso disfrutar y pasarme con los tragos. Me remuevo en la cama como es de costumbre; sin embargo, en este caso es un error hacerlo porque termino encontrándome con un cuerpo al lado.
Dejo salir un suspiro frustrado, casi no recuerdo nada de lo que paso anoche.
Me vuelvo a mover hacia el otro lado de la cama, pero hay otro cuerpo.
Dejo escapar un sonido de molestia, parece que la fiesta de anoche estuvo buena, recuerdo una parte, no todo. Y no siento molestia porque no recuerde, me siento molesto porque odio cuando pierdo el control, eso me hace vulnerable al peligro.
Lo mío no es mezclar las bebidas y siempre termino haciéndolo.
—¡Chicas! —remuevo a las dos, pero parece que están profundamente dormidas—. ¡Hora de marcharse! —levanto la voz.
Una de ellas se remueve al mismo tiempo que se sienta en la cama, parte de la sabana cubre su cuerpo desnudo. Entiendo por qué termine de esta manera, tiene unos pechos posiblemente deliciosos.
—¿Qué hora es? —cuestiona con voz ronca.
—Hora de que cada uno emprenda su camino. —Suelto un poco tosco mientras me pongo de pie.
La mirada de la mujer va hacia la otra que continúa durmiendo. Mierda las ganas de irme de la habitación comienzan a desaparecer cuando mi mente comienza a imaginar las diferentes formas en las que puedo tenerlas.
—¿Y ella…?
—Luego se dará cuenta. —Suelto terminando de vestirme.
Hay cosas que nunca cambian y es mi forma de comportarme en estas situaciones y no es porque sea un mujeriego que cada segundo lo viva metiendo en un hueco. En realidad, mi amigo no entra en ningún hoyo desde hace un largo tiempo hace un par de semanas, desde que estuve con Nicolle, la única privilegiada.
Me gusta disfrutar de la belleza de la mujer, me gusta verla perderse a sí misma, amo como se descomponen en mis dedos o con cualquier tipo de juguete y nada mejor que cuando hay dos bajo mi poder; no obstante, mi amigo solo entra en lugares privilegiados ya lo dije.
En los ojos de la mujer veo la típica pregunta.
—¿Entonces…?
Sonrío divertido.
—¿No era tu despedida de soltera?
—Sí.
Debería sentirme mal por estar con mujeres comprometidas, pero la vida me enseño ser un hombre que no debe pensar en los demás. Años atrás cuidaba de meterme con mujeres casadas o comprometidas y resulté siendo un cornudo, porque no hacer lo mismo.
—Bien, entonces me marcho. —Termino tomando mi chaqueta—. No se preocupen por los gastos, todo corre por mi cuenta.
Antes de que diga algo más huyo de aquel hotel como el cobarde que soy.
¿Por qué la sigo buscando?
Siempre en cada mujer que tengo bajo mi merced termina teniendo cualquier parecido a ella, pero no a la ella del presente, a la ella del pasado. Su cabello castaño largo, su sonrisa natural, su estilo de vestir, sus ojos. Siempre termino buscando el más mínimo detalle en cada mujer y aunque tengan una que otra cosa, no es ella.
¿Qué vi en Nicolle?
Son polos opuestos, ella era natural, en cambio, esta mujer es sensual, pero tienen un parecido físico. Incluso estoy seguro de que Nicolle es ambiciosa, sus ojos son esferas que brillan ante el oro, pero a la ella del pasado… ¿Por qué sigo pensado en ella?
¿Acaso debo tenerla una última vez para dejarla ir?
En que estoy carcomiéndome la cabeza, quiero golpearme mentalmente.
Ella me engaño y si quizás estos últimos años he tenido curiosidad de su vida, he querido saber de ella, pero eso no quiere decir que…
Joder…
¿Cómo es que una parte de mí quiere tenerla a mi merced?
No, ya han pasado muchos años como para hacerle algo, además debo de haberlo superado ya, ¿No?
[…]
Al llegar a mi apartamento lo primero que hago es tomar una reconfortante ducha. La noche estuvo demasiado loca, la idea principal era pasar el año nuevo como todos los años en la casa de Antonio junto a su familia, luego nos iríamos a una discoteca y disfrutaríamos. Sin embargo, los años pasan, la vida cambia.
Cada uno de mis amigos tiene su familia, cada una de las personas con las que me divertía tienen nuevas responsabilidades. Y no es que los juzgue porque me hacen un lado, en realidad, me hacen sentir envidia.
Yo no tengo una familia, yo no tengo una responsabilidad que me diga papá.
Yo no tengo nada.
—Buenos días. —Saludo a la enfermera que está en recepción—. Feliz año.
La chica me sonríe con amabilidad.
—Igualmente señor, Richards.
—¿Alguna novedad?
Sacude la cabeza mirándome con tristeza.
Finjo una sonrisa divertida, pero siento que ya me han pasado los años y no puedo fingir ser el bufón de los demás.
Debería darme por vencido y no esperar que haya algún cambio, pero soy un humano y nos guste o no, los humanos tenemos esperanza aun cuando no lo decimos en voz alta.
—Iré a verla.
Camino por la clínica dirigiéndome directamente al pasillo porque el que he pasado todos estos años. Cada vez que estoy aquí me siento culpable por no evitar lo que sucedió.
“Los niños, solo son seres inocentes que no tienen que sufrir”. Eso dijo aquel señor que hablo con Alberth en una ocasión suplicando porque pensará muy bien las cosas.
No lo entendí hasta qué pasaron tres años.
Y no porque fuera un chico que tuviera que pedir limosna para comer, no porque fuera un niño abandonado que buscaba refugio en la calle.
Lo entendí porque todo empezó a cambiar.
Una vida bonita de años se fue derrumbando.
La familia feliz se derrumbó.
—¿Cómo es posible que nos suceda eso? —grita mamá.
—No te metas. —Ordena papá.
—¡Lo hago! —Mamá lo reta gritando.
Eso nos asusta, Lucie comienza a llorar, yo solo me escondo.
Esto es lo que vemos casi siempre.
—¡Cállale la boca! —grita papá a mamá golpeándola.
Los últimos meses solo hay gritos, discusiones y golpes entre mamá y papá.
—¡Hazlo tú! —grita mamá molesta.
Ya no sonríen, ya no juegan conmigo.
Mamá vive inyectándose, no sé qué cosa en el brazo y papá vive tomando y fuera de casa, a veces golpea a mamá o a mí como si no le importáramos.
—¡Hazlo de una vez! —ordena papá.
Mamá se pone de pie con la inyección en la mano acercándose a mi hermanita.
—¿Qué es eso? —cuestiono mirando a mamá que inyecta a mi hermanita quien llora.
Mi madre se tambalea de un lado a otro mientras se ríe y dice cosas sin sentido.
—Es para que se sienta mejor y deje de llorar.
¿Cómo se va a sentir mejor con eso si mamá se ve mal?
—Eso no le hace bien a la niña. —Susurro con miedo.
Mamá deja salir algunas carcajadas.
—¡Ay, pequeño! Eso le sentará de maravilla, ¿Quieres una? —cuestiona con burla.
Miro a mi hermana quien parece haberse calmado.
—¿Ella está bien? —pregunto preocupado.
Como si no le importara, se encoge de hombros, toma la jeringa, se recuesta en el sofá y sigue en lo suyo.
Esa fue la primera vez que inyecto su pequeño cuerpo, luego de aquello nada volvió a ser lo mismo. Después de aquella vez no había día que no la inyectara hasta que tanta droga en su organismo daño su pequeño cerebro.
Es un milagro que siga viva.
No hay día que no me odie por no hacer nada, quizás pude evitarlo, quizás pude protegerla de esas personas y no lo hice porque me asustaban. No hice nada porque era un cobarde que temía más por su vida que por la de su hermanita.
—Hola, peque. —Susurro sentándome en la silla que está cerca a la camilla—. Te he traído algo. —Intento sonreír, pero siempre termino llorando, por suerte ella no me ve—. Un hermoso, peluche de esos que tanto te gusta.
Aprieto mis manos con fuerza al no recibir respuesta.
—Mey… —susurra trayéndome un poco de calma.
Ladea su rostro adulto sonriéndome como una niña lo haría.
Cuanto lo siento pequeña.
Lucie, es una pequeña en el cuerpo de una mujer adulta.
—Feliz año nuevo. —Le extiendo el muñeco poniéndolo en su mano.
Tiene una colección en la habitación.
Encantada palpa al peluche buscando cada detalle, puede no ver, pero toca. De esa forma reconoce cada muñeco que le he traído, en realidad, de esa forma reconoce todo a su alrededor, incluso mi rostro.
—Dindo. —Lo toma en sus manos, emocionada.
Si supieras tú eres más hermosa que ese muñeco.
Oh, mi pequeña, Lucie.
—¿Qué haremos hoy? —cuestiono preparado para jugar todo el tiempo que ella desee.
Me dedico a pasar toda la mañana a su lado, no hace mucho, no habla mucho, pero su compañía es suficiente para mí. Hay días en los que es una niña parlanchina, hay otros días en los que solo es una niña que duerme, hay otros en los que tiene ataques de, irá y termina por hacerse daño.
Nunca en mi vida ha habido una persona que me importe tanto como me importa Lucie. Una vez ame a una persona que fue importante, pero como dice un dicho lo que no sirve que no estorbe y ella estorbaba en mi vida.
A veces me pregunto qué hubiera pasado si las cosas fueran diferentes.
¿Qué hubiera pasado si aquel hombre hubiera intervenido a tiempo?
¿Qué hubiera pasado si fuera a mí a quien inyectaran?
—¿Ya se va? —cuestiona la enfermera de turno.
Miro la muñeca donde llevo el reloj, son las seis de la tarde. Por ser unos de los clientes que proporciona suficiente dinero a la clínica permiten que me quede el tiempo que desee, incluso si deseo dormir aquí.
—Se ha dormido.
La chica asiente comprendiendo.
—Que termine de tener un feliz día.
—Gracias.
Acomodo mi traje y me dirijo a la salida.