MALCOLM Una tímida sonrisa pintó sus labios y aguzó el mirar. —Así que soy una idiota… —musitó y soltó un respingo. Apreté los labios y fruncí el cejo. —Lo siento por decir eso, pero… no entiendo por qué se menosprecia tanto. Madame se mojó los labios y miró nuestras manos tomadas. —No soy buena para muchas cosas, señor Doyle, aunque admito que es un poco halagador que me tenga en tan alta estima, considerando lo que ha tenido que pasar por mi culpa. —Una cosa es lo que usted hace, y otra esto —comenté enseguida—. Sí, quizás esto no habría pasado si yo no fuera su secretario, pero entonces es mi culpa, ¿no? —No le quité la vista de encima mientras hablaba con firmeza—. Si usamos su lógica, es mi culpa por tomar la entrevista, e incluso firmar el contrato, así que no le dé importanci

