Capítulo 6: El traje

1217 Palabras
MALCOLM Nos alejamos del bullicio sin interrupciones, y terminamos dentro de la gran casa. Madame siguió caminando hacia una escalera imponente que conducía al segundo piso y, como un cachorro obediente, seguí tras ella. Esta casa era majestuosa en toda regla, tanto que incluso estas barandas de hierro forjado parecían hechas por artesanos finos, pues se doblaban en formas espectaculares, y eran encumbradas por láminas de oro en las puntas. Al terminar de subir, caminó hasta una habitación, abrió la puerta y pasó. Fui detrás y, apenas entré al cuarto, escuché: —Cierre con seguro. Arrugué la cara por su orden, pero lo hice. Volteé y me di cuenta de que nos encontrábamos en una especie de oficina en la que, sin embargo, había una pequeña cama a un costado. Madame caminó y se sentó sobre el colchón, y me hizo una seña para que la alcanzara. Caminé hasta allá y me quedé a unos centímetros. Ella estiró las manos y las puso a los costados de mis caderas, lo que me tensó al instante. ¿Acaso pensaba hacer lo mismo que en su oficina el día anterior? Movió las palmas enseguida al cinto y lo deshizo; sin embargo, puse mis manos sobre las suyas y las apreté. —¿Mada…? —Shhh, señor Doyle —masculló ella y me miró con serenidad. Me desabotonó el saco y luego el pantalón, pero, contrario a lo que yo esperaba, de golpe se echó hacia atrás, apoyó las manos sobre el colchón para recostar su peso y sonrió. —Quizás sea mejor dejarlo para después. Nadie nos molestará aquí, pero hay algunas cosas que necesita saber para seguir adelante con su trabajo. Resoplé con alivio y me dispuse a abotonarme el pantalón, mas ella negó. —No. Quédese así, me gusta esa vista. Tragué y asentí con la cabeza. —Primero que todo, esta es mi casa, pero no me gusta mucho estar aquí. »Segundo, las personas que vio afuera, e incluso la mujer de más temprano, los considero como miembros de mi familia, a pesar de que no tenemos lazos de sangre. ¿Alguna vez ha escuchado sobre las triadas? Arrugué la cara enseguida. —¿La mafia china? Ella asintió con la cabeza. —Una vez mi hermana me hizo ver un dorama c***o donde el protagonista era el jefe de una triada que no quería ser violento, así que… —Eso es exactamente lo que nosotros somos —declaró Madame con simplicidad. —¿Mafia? Pero… —Mi abuelo era un gran jefe de la mafia en China; sin embargo, mi padre no quería eso, y yo tampoco. Pero conservamos muchas de las tradiciones. »El tío Paul era el hermano jurado de mi padre, y está la abuela Lian, cuyo hijo era el otro hermano jurado de papá. Nuestras tres familias forman Yuanfen. —¿No hay mafias de por medio? —indagué curioso, porque era lo primero que se me venía a la mente. Ella negó con la cabeza. —Solo somos personas de negocios ahora, tal como mi padre quería. Una expresión orgullosa bañó su rostro y resopló. Quise preguntarle dónde estaba su padre; sin embargo, al considerar que ella era la jefa a tan corta edad, era obvio para mí que debía estar muer.to. No obstante, tenía otras dudas en mente, y quizás este era un buen momento para responderlas. —¿Y qué hay de las personas de afuera? Hay deportistas, actores, modelos, entre otros, y casi ninguno es a******o. ¿Por qué es su jefa? —Son miembros de nuestra familia por lazos lejanos, o nuestros colaboradores. Ser m*****o de la Alianza Yuanfen puede traer muchos beneficios a nivel social, señor Doyle… quizás necesita conocer un poco más del mundo. Respiré hondo y miré a un costado. Me había convertido en el asistente personal de una mujer que tenía bajo algún cierto control a personas muy poderosas, entonces, ¿para qué demonios me necesitaba a mí? Si era así de poderosa, de seguro habría podido encontrarse a una persona mucho más preparada que yo. —Madame, ¿por qué me escogió como su secretario? Visto lo visto, miles de aspirantes mejor preparados que yo debieron postularse. —Porque tiene el tipo de cuerpo que me gusta. Su contestación me hizo abrir los ojos de par en par. —Espere un momento, ¿cómo es que…? —¿Quiere algún motivo más especial, señor Doyle? ¿Quizás piensa que soy muy voluble solo por fijarme en el físico para mi elección? Y sí, claro que sí lo pensaba, pero ni que fuese muy idiota se lo diría, así que solo me mantuve en silencio. —Me gusta su físico, aunque es un trabajo en proceso, y tiene algo muy bueno entre sus piernas; sin embargo, no lo habría escogido si no tuviese estudios y una comprensión mediana de la sociedad y los negocios. Ella volvió a poner las manos en mis pantalones, y las movió despacio hacia arriba una y otra vez para sacar la camisa, y luego comenzó a acariciarme el abdomen. —Así que… soy como un pros.tituto con estudios. Una risilla ajena resonó en mis oídos con sorna, y fruncí el cejo sin poder evitarlo. —Usted es lo que yo quiera que sea, señor Doyle, y téngalo muy claro. De la nada, me atrajo hacia ella por la cintura, y depositó un beso justo entre mi ombligo y la línea de la ropa interior, lo que me pasmó sin poder evitarlo, pues su lengua subió furtiva y regó un escalofrío por mi espalda. —Hay algo que debe saber, y que debe tener muy claro: a mí nadie me reta, nadie me miente y nadie me molesta; pero, ya que es la primera vez en mucho tiempo que tengo a un secretario a mi lado, y usted tiene un largo camino por recorrer para convertirse en el empleado que quiero y necesito… le daré tres oportunidades. »Tendrá tres advertencias, señor Doyle, tres errores, si lo quiere ver así. Llevó su mano a mi entrepierna y la paseó a gusto sobre la ropa interior; sin embargo, yo solo podía fijarme en esos penetrantes ojos grises que parecían atravesarme sin contemplaciones, junto a sus palabras serias y sin ningún doble sentido. —Equivóquese tres veces, señor Doyle. —sus dedos circundaron el borde de mis boxers—. Desobedézcame tres veces, y lo despediré sin explicaciones y sin indemnización. Aguzó la vista en mí, y el frío se me metió en el pecho con virulencia. Entonces, ella bajó un poco la prenda y metió sus dedos con delicadeza; acercó el rostro a mi saco y lo olfateó, cosa que volvió a llamar mi atención, porque esto era demasiado extraño. De repente, recordé que lo había sacado del closet de una habitación separada en su casa, y que parecía conservarlo con mucho cariño. No debía ser de su padre, pero… ¿quizás de un hermano?, ¿de una vieja pareja? El simple hecho de que olfateara tanto el saco me daba mala espina, y darme cuenta de que fui contratado en gran parte por mi físico, bueno… —Madame, ¿me contrató porque me parezco a alguien más? —pregunté en tono normal—. ¿De quién es este traje?
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