MALCOLM
«¿Matrimonio?», me pregunté al instante, pero, al ver la cara de fastidio de Madame, supe que la cosa no era tan buena como pintaba.
Ella respiró hondo y vio a su alrededor cómo todo se detenía en torno a esa declaración tan audaz de parte de un tipo que, como no, era a******o, muy bien arreglado, casi demasiado para mi gusto.
Él se la quedó viendo con ojos intrépidos y se detuvo a un metro de mi jefa, que arrugó la cara y se fijó en el pelinegro con aparente calma.
—Hola, primo Cedric, ¿cómo estás? —habló la dama con notable insinuación.
De seguro ella pensaba ahora en la mejor forma de salir de esta sin incordiar a toda la gente que los observaba como si fuesen el centro de su mundo.
Quizás lo eran… no lo sé. Tendría que investigar más sobre esta familia particular para saber dónde rayos me estaba metiendo.
—Me temo que no he pensado en una respuesta para tu propuesta, porque ya te di una justo después de que me lo preguntaste —continuó Madame con voz suave, pero pausada y directa.
El chico aquel arrugó la cara, aunque trató de mantener la imagen.
—Pero, Tara, ¿no has considerado los enormes beneficios que tendrás al casarte conmigo. Nuestra empresa será todavía más fuerte con la unión formal de las dos familias.
Enseguida arrugué la cara, porque no entendía por qué eran «primos», pero hablaba de unión de dos familias. ¿Es que acaso era legal casarse con un primo?
Su tono petulante me cayó gordo al instante, por lo que no evité estudiarlo de arriba abajo sin demasiado disimulo: vestía traje de tres piezas, seguro de miles de dólares, estaba muy limpio, sin un solo vello fuera de lugar; sin barba, cejas sacadas, peinado pulcro hacia atrás, uñas arregladas.
En ese momento algo me hizo ruido en el fondo de mi mente, en especial al ver sus brillantes y bien lustrados zapatos de diseñador; sin embargo, el solo hecho de que le pidiera matrimonio a mi jefa me quitó esa idea de la cabeza, y decidí deshacerme de mis prejuicios.
—Primo, con el perdón del tío Paul, quien sabe que lo quiero y estimo mucho. —Madame volteó a ver a Paul.
Entonces, comprendí que Paul era el padre de Cedric.
—Soy una persona muy ocupada, y el matrimonio es una de mis últimas preocupaciones, para ser sincera. Lo lamento, pero, de nuevo, tendré que declinar tu propuesta.
»No estoy dispuesta a hacer gala de la tradición y a tener que quedarme encerrada en una casa.
La tensión explotó alrededor de ese hombre, y yo no fui el único que lo notó. Alrededor, los invitados parecieron mostrarse orgullosos de esa respuesta de parte de la dama; sin embargo, Cedric apretó los labios.
Antes de que él dijera algo, una voz de calma intervino:
—Bueno, dejemos eso de lado por ahora, ¿les parece bien? —Paul se metió entre los dos y les dio ojos tranquilizadores.
Una sonrisa gustosa y amena pintó los labios de Madame, que asintió con la cabeza, al tiempo que, un tanto contrariado, el tal Cedric suspiró y asintió también.
—Entonces, ¿qué tal si bailamos un poco? Hoy nuestra familia se reúne después de un largo tiempo.
—Me parece perfecto, tío Paul —comentó mi jefa y enseguida volteó a verme—. Señor Doyle, ¿sabe bailar?
El corazón se paró en mi pecho y tragué.
—Ehm… sí, claro que sí.
Asentí también con la cabeza y resoplé. No era una as ni nada, pero tuve que aprender a moverme por el bien de los eventos a los que asistía mi jefe anterior.
Madame sonrió con gusto y estiró la mano.
—Entonces, bailemos.
Sus ojos me dijeron que quería que la tomara, y eso fue lo que hice.
La sonrisa creció en sus labios y caminamos a un área más despejada del lugar, donde había una pista de baile provisional, además de un conjunto musical, un quinteto de cuerdas con un piano forte, chelo, viola y dos violines que, a penas Madame y yo entramos, comenzaron a tocar un suave vals.
Apreté los labios y respiré hondo al tener a la menuda dama frente a mí, que me contemplaba con una calma extraña. Ella medía como metro sesenta y algo, y yo uno noventa y siete, así que la diferencia era apreciable y tremenda; sin embargo, tomé su mano con toda la calma que pude, aún con todas las miradas acusadoras sobre mí, puse la otra debajo de su axila, porque no podía bajarla más, y ella dejó la suya sobre mi pecho para comenzar a movernos con calma.
—No tema, señor Doyle, ninguna de las personas que está aquí muerde.
—Lo siento… es que no estoy acostumbrado a ser observado por tantos ojos.
—Bueno, tiene sentido. Todas las personas aquí quieren bailar conmigo porque soy su jefa. Usted es buena carne de cañón.
Ella sonrió como si aquello fuese una tremenda gracia, y continuamos bailando en calma.
Aquí nadie se movía, nadie entraba a la pista; todos respetaban el espacio de quien se autonombró su jefa, pero…
—¿Cómo que es su jefa? Aquí hay muchas personas de diferentes lugares.
Madame se sonrió gustosa y comentó:
—Eso, señor Doyle, se lo explicaré más tarde.
Sentí su mano presionar contra mi pecho, y el corazón comenzó a palpitarme con locura, pues detecté los nada amistosos ojos del tal primo Cedric que, si las miradas mataran, ya lo habrían hecho conmigo.
No obstante…
—Sus ojos sobre mí, señor Doyle. Sin importar quién lo vea y quién no, debe saber muy bien que yo soy su prioridad. No quiero que mire a nadie más que a mí.
«Dios mío, ¡qué mujer tan posesiva!», clamé para mis adentros, y juraría que ella se dio cuenta de mis pensamientos, porque afiló sus orbes grises en los míos y suspiró.
De repente, la sentí avanzar hacia mí y puso su cabeza de costado contra mi pecho en una posición muy íntima mientras todavía bailábamos.
El cuerpo se me tensó en un segundo, y perdí por completo el control de mis palpitaciones. Las manos de Madame se fueron a mi pecho, y las apretó en tanto respiraba hondo.
—Abráceme, señor Doyle —murmuró.
Dios, esta mujer era demasiado cruel. ¿Acaso quería que esta gente, que ya no podía disimular su sorpresa, me matara en mi primer día de trabajo?
Sin embargo, la abracé como me indicó, porque no quería ser despedido, y nos seguimos moviendo despacio.
Me centré en ella, en su cabello, y en el hecho de que no dejaba de olfatear la chaqueta del traje de cuando en cuando, hasta que la música terminó.
Entonces, Madame se separó y me contempló con una sonrisa, se dio la vuelta y comenzó a caminar.
—Venga conmigo… necesito respirar un poco.
Tal cual lo ordenado, y aunque sabía que más de una persona aquí quería estar en mi lugar, la seguí, con la esperanza de que me aclarara un poco más de qué se trataba todo esto.