Capítulo 4: El tío Paul

1710 Palabras
MALCOLM Las casas de los ricos eran otro nivel, vaya que sí. Tras ponerme ese traje de un hombre extraño, Madame me condujo al estacionamiento subterráneo del edificio, a un lugar privado donde se encontraba estacionado un auto que solo había visto en mis sueños, porque ni siquiera mi antiguo jefe se trasladaba en algo tan bueno. —¿Este es un Maybach? —pregunté incrédulo al ver la joya negra ante mí, y tuve que tragar entero. —Por supuesto —contestó la pelinegra y, de la nada, me lanzó las llaves—. Ahora, vámonos. Mientras más pronto lleguemos, más rápido volveremos. Sin chistar más, porque el brillo en su mirada me dijo que no lo hiciera, asentí y me dispuse a abrirle la puerta, como supuse que sería normal en estos casos. Madame se sentó en la parte de atrás del auto, y yo tomé el del conductor. «Dios… esto es como un sueño hecho realidad», dije para mis adentros al tomar el volante con ambas manos. Encendí el auto y respiré hondo, pues se me aceleró el corazón al oír el arranque. Lo más lujoso que había manejado en mi vida… era el Mercedes Benz de mi antiguo jefe, cuando lo llevaba a casa después de que se emborrachara tanto que no podía ni balbucear. Pero este era otro nivel. Salí del aparcamiento con cuidado, probando cada pequeña parte de la experiencia y, para el momento en el que llegamos a la calle, me relajé. —Señora, disculpe, pero… ¿a dónde vamos? —pregunté al estar en la entrada, y me detuve. Ella movió algo en su teléfono y, enseguida, vi el lugar en la pantalla del auto… Los Hamptons, una de las zonas más ricas de esta ciudad, un lugar al que no ibas sin invitación, y sin muchos millones en el banco. La pelinegra no dijo ni media palabra en todo el camino, y solo se limitó a ver su celular o mirar por la ventana. Al llegar a la dirección indicada, me encontré una propiedad enrejada, y conduje hacia una entrada custodiada por unos fortachones que lucían muy malvados, pero que me dejaron pasar apenas darse cuenta de quién venía en el asiento trasero del carro. Un camino recto con jardines enormes se abrió a los costados, y más o menos unos cien metros más adelante pude ver una rotonda con una gran fuente en el centro, y una mansión forrada en piedra, que me recordaba a la arquitectura antigua europea, con techos azules y alumbrado exterior antiguo, lo encumbró todo. —Detén el auto en la entrada. Los sirvientes se encargarán de llevarlo al estacionamiento. Escuché a mi jefa hablar y asentí con ligereza. Rodeé la fuente y, como indicó, me detuve. Salí del carro y me dispuse a abrirle la puerta, no pudiendo ignorar a una hilera de ballets que, apenas darse cuenta de su presencia, hicieron una profunda reverencia. —¡Bienvenida, Madame! Ella salió y les dedicó ojos duros a todos. —Buenos días —dijo apenas y volteó a verme—. Señor Doyle, ni se le ocurra despegarse de mí ni medio metro. Fruncí el cejo y dudé. —¿Por qué? Ella espiró por la nariz con fastidio y negó con la cabeza. —No es asunto suyo. Por favor, absténgase de hacer preguntas innecesarias a partir de ahora. Acto seguido, volteó y caminó con imperturbable elegancia al interior. En la puerta fue recibida por un séquito de mozos que no dudaron en inclinar sus cabezas apenas verla. Una vez dentro, nos movimos a lo largo de la enorme casa, de candelabros de oro, madera oscura, antigüedades y muebles hermosos que me llenaron los ojos sin querer, hasta la salida a un jardín enorme y repleto de personas. Aquello era de piedra con escaleras gemelas a los lados, y parecía un balcón, desde el que se veía con claridad los toldos y las muchas personas compartiendo a placer; sin embargo, una voz repentina me sorprendió. —¡Madame ha llegado! ¡Por favor, démosle la bienvenida a nuestra querida Señora! —gritó un hombre vestido de traje n***o desde el costado. Tenía aspecto de guardaespaldas y era a******o; no obstante, apenas terminar de hablar, hizo una reverencia de noventa grados. Al mismo tiempo, todas las personas en el jardín detuvieron sus actividades, miraron hacia donde estábamos, inclinaron sus cabezas y pusieron una mano en sus pechos diciendo: —¡Bienvenida, Madame! Abrí los ojos de par en par ante semejante muestra de lo que me parecía un gesto solo reservado a monarcas, al Rey de Gran Bretaña o al jefe de una mafia, y me quedé tieso tras ella. La pelinegra respiró hondo, resopló con fastidio y correspondió con una leve inclinación de cabeza. Después de eso, todos volvieron a lo suyo, y ella se dispuso a bajar las escaleras. ¿Acaso esta mujer era una especie de Emperatriz y yo no lo sabía? No… no se suponía que fuese así, ¿verdad? Ella era una simple Magnate de los negocios, una ni.ña prodigio de ascendencia asiática que tenía una enorme carga sobre sus hombros. Me apresuré a seguirla, viendo a un lado y a otro, encontrando a gente que solía ver en televisión: actores, modelos, jugadores de futbol americano o de beisbol, entre otros. —Saludaremos a un par de personas y luego nos vamos, ¿entendido? No necesito estar mucho tiempo aquí —habló la dama. Yo asentí con la cabeza, y al verla de reojo me di cuenta de que, debajo de su máscara de aparente desinterés, estaba muy frustrada, cosa que me llamó la atención. Ella buscaba a alguien con la mirada, y al encontrarlo cambiamos el rumbo enseguida hacia allá. Ignorando las raras miradas que todos alrededor me daban, de seguro por estar siguiendo a esa mujer que parecían alabar, vi que nos dirigíamos hacia un señor que debía tener mínimo cincuenta años, según su apariencia: a******o, cabello grisáceo, pero copioso y muy bien peinado hacia atrás, ojos castaños y cejas poco pobladas. Vestía un traje de tres piezas que, de seguro, debía costar al menos dos mil dólares, y lucia varios anillos de oro con piedras preciosas en los dedos. —Tío Paul, buenos días —saludó Madame apenas estar a unos pasos de él, e hizo una leve reverencia. Enseguida, los ojos del viejo, rodeado de otras personas, se iluminaron con ilusión pura, haciéndolo parecer un abuelo contento. —¡Tara, qué bueno que viniste! —contestó él con una sonrisa. Un mesero pasaba por su lado, por lo que tomó dos copas de champaña enseguida y le ofreció una a la muchacha. —No quería, pero la tía Carol terminó de convencerme. Una sonrisa pintó los labios del mayor mientras asentía. —Es bueno que vinieras. Debes saber que está bien saludar a la Familia de vez en cuando. La expresión de Madame se suavizó, y aquel rostro tierno que puso me tomó por sorpresa. —Lo sé, tío… aunque no me quedaré por mucho tiempo, ya que tengo otras cosas pendientes. Sabes que había cancelado este compromiso de mi agenda. El señor asintió. —Lo sé, lo sé, ¿pero te quedarás al menos para la comida? Hace mucho no visitas la casa, Tara. La pelinegra respiró hondo y se lo pensó por unos segundos, pero al final asintió con la cabeza. —Está bien, reprogramaré un par de cosas y me quedaré para el almuerzo. La sonrisa en el rostro del viejo creció y afirmó complacido. —Los jóvenes de ahora tienen tanto por hacer… Pero, si todo es por el bien de nuestra alianza, creo que es soportable —anunció el tal Paul. Entonces, corrió la vista hacia mí con disimulo y preguntó—: Por cierto, ¿quién es el muchacho que te acompaña? Pude darme cuenta de que me estudió de arriba abajo con un simple vistazo, por lo que me paré derecho y, por alguna razón, los nervios me bañaron. Madame volteó a verme con una calma extraña, y respondió con una sonrisa hasta adorable: —Oh, él es mi nuevo asistente, el señor Doyle. —Hizo una seña con la mano, instándome a presentarme. Di un paso al frente al entender eso. —Es un placer conocerlo, señor… —Dejé al aire, porque era obvio que no lo llamaría por su nombre de pila cuando mi jefa se refirió a él como su tío. —Chen. Soy Paul Chen. «¡Mierda!, ¿este es el tal Paul Chen del que hablaba esa loca antes? ¿Cómo es posible?», me pregunté con absoluta sorpresa, porque este hombre se veía dulce y amable en primera instancia como para tener una esposa como esa. Sin embargo, dejé eso de lado y seguí en mis labores. —Es un placer conocerlo, señor Chen, mi nombre es Malcolm Doyle. Hoy es mi primer día como el asistente de Mada… —Apreté los labios y me corregí—: De la señorita Liu. Emulando lo que sabía era una tradición y norma de respeto en Asia, hice una ligera reverencia, aunque no tan pronunciada como lo que vi antes Paul sonrió y asintió con la cabeza. Dio un cuarto de vuelta en mi dirección y dijo: —Señor Doyle, por favor, cuide bien de Tara. Ella es una chica fuerte, pero tiene demasiadas responsabilidades y trabajo siendo muy joven. Espero que seas capaz de aligerar su carga. Tragué con dureza ante su encargo, sintiendo los nervios recorrerme. —También espero eso, señor Chen —contesté con calma y mucho respeto. La atmósfera se aligeró para mí tras este pequeño intercambio de palabras, e incluso comencé a sentirme cómodo; sin embargo, una nueva voz me sacó de mi centro al instante, una proveniente de un varón que vino desde detrás de mí. —¡Tara, ¿cómo estás?! Era un timbre grave, pero muy vivaz para mi gusto. Al voltear, encontré a un tipo que se detuvo junto a mí, al tiempo que Madame giró y, aunque su expresión no cambió, me di cuenta de que sus ojos oscuros se nublaron en molestia. —¿Has considerado la respuesta a mi propuesta de matrimonio?
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