Capítulo 3: Gigoló andrajoso

1591 Palabras
MALCOLM ¿Gigoló? ¿Esa desconocida acababa de llamarme a mí gigoló? ¿Qué demonios se le había metido a la cabeza. Vi que Madame se hallaba a punto de decir algo, pero ya mis pensamientos estaban en mi garganta, y no pude evitar dejarlos salir. —¿Gigoló? ¿Se volvió loca, señora? —La miré con el mismo desprecio que ella me demostró en primera instancia—. ¿Quién demonios se cree usted que es, para venir a hablar de personas que ni siquiera conoce? Los oscuros ojos de la doña, asiática y vieja, aunque tenía un montón de maquillaje en la cara para disimular lo que no se podía, me fulminaron. La vi arrugar la cara, y me gritó: —¡¿Qué quién demonios soy?! ¡Soy Carol Chen, la esposa de Paul Chen, uno de los accionistas mayoritarios de la Corporación Yuanfen! —Miró a Madame y le recriminó—: Tara, ¡¿cómo es posible que te estés acostando con un puto tan irrespetuoso como este?! Le reviró los ojos y chascó con la lengua, para cruzarse de brazos. —Bueno, ¿qué se podría esperar de ti? Dime con quién andas, y te diré quién eres. ¿Acababa de llamarla pu.ta? —Tía, ya cállate. La voz de Madame resonó en la sala con potencia, y sus fríos ojos atravesaron a la otra con tanta fuerza, que la tal Carol dio un paso atrás. —El señor Doyle no es ningún gigoló, sino mi nuevo asistente, así que respétalo. La otra chascó con la lengua y negó con la cabeza. Me miró de forma despectiva, de arriba abajo, y señaló: —¿Tu nuevo asistente personal? De todos los profesionales en Nueva York, ¿tuviste que contratar al más pobretón que encontraste? Por favor, mira esos zapatos, ¡ese traje de mala calidad! »¡Es un pobre diablo! —Tía, cállate la boca, o yo lo haré por ti. Madame no tuvo que gritar, porque su voz, a pesar de su apariencia casi infantil y tierna, era fuerte y llena de carácter. Carol se la quedó viendo con fastidio y chascó con la lengua. —Eres tú quien debe aprender a respetar, muchachita. —¿Ah, sí? —La más joven se relajó y resopló, ladeó la cabeza, y soltó con acidez—: ¿Quiere que le recuerde, señora Carol Chen, esposa de uno de los accionistas mayoritarios de la Corporación Yuanfen, quien es la persona que tiene el mayor porcentaje accionario? La ironía en su voz me dio escalofríos, pero ese fue un golpe mortal para la vieja, que arrugó la cara y se mordió la lengua, pero no dijo nada más. Resopló con molestia y, tras rodar la vista por toda la sala, cambió el tema, como toda una dolida perdedora. —Cómo sea, no vine aquí por eso. —Enfrentó de nuevo a Madame, aunque no estaba ni cerca de verla a los ojos. »¿Por qué cancelaste tu asistencia al encuentro familiar en Los Hampton? ¿Acaso no sabes que es una cita de gran importancia para nosotros? Madame enseguida desvió la mirada y negó. —No me apetece ir, así que no lo haré —contestó muy seria. —Tara, tus tíos y primos estarán allí. El año pasado tampoco quisiste ir, pero es muy mal visto que la líder de la familia principal de nuestra sociedad no vaya a un encuentro amistoso. ¿Es que acaso no entiendes de relaciones interpersonales? —No iré, tía. Solo vete y déjame en paz, tengo cosas más importantes que hacer. —Ah, ¿sí? ¿Como qué? ¿Salir por ahí con este andrajoso? —Me vio de nuevo. Era obvio que yo no le caía bien. —¿Tienes algún problema con eso? —espetó Madame. Carol se volteó hacia ella. —Claro que sí, Tara. Lian me llamó para pedirme que me asegurara de que estuvieras presente allí y cumplieras con tu deber. ¿Acaso le fallarás a ella? Por alguna razón, apenas oír ese nombre, la pelinegra más joven arrugó la cara, y sus defensas cayeron. En ese momento, Carol supo que había ganado, y una sonrisa triunfal pintó sus labios. —En fin. Me voy ahora, tengo cosas que hacer. Recuerda que la reunión comienza en una hora… aunque no sé si te dé tiempo de hacer que este andrajoso pueda lucir mejor. Dicho y hecho, la molesta mujer se dio la vuelta y salió de allí como si nada. La sala se sumió en un silencio turbio y, por alguna razón, sentí cierto miedo. Madame exhaló con ligereza, pero un escalofrío se me subió por la espalda al recordar que había tenido un arrebato con la tía de esta mujer hacía nada. —Señor Doyle. Ella me llamó como si nada, pero a mí me sonó igualito a Dolores Umbridge, la bruja de la quinta película de Harry Potter, lo que me atemorizó. Mierda, era un tipo de casi dos metros asustado de una mujer menuda de apenas metro setenta. Había caído muy bajo. —¿Sí, Madame? —Volteé apenas a verla. Sus ojos grises duros me recibieron, y tragué saliva. —No vuelva a tener ese tipo de arrebatos con ningún m*****o de mi familia, ¿entendió? No sonaba acusadora, no en exceso, pero solo pude asentir con la cabeza. —Me disculpo, Madame, pero espero que las personas tengan al menos el mínimo de respeto al tratar con desconocidos. Fue mi error dejarme llevar por una mujer que me insultó, pero, si me permite, su tía tiene una clara carencia en sus modales. Aquello me salió muy estirado, pero era la forma en la que tenía que hablar en estos casos, cuando trataba con gente de la alta sociedad, así que ya me era costumbre. Ella asintió con la cabeza, y una tenue sonrisa pintó sus preciosos labios, apretujando mi corazón en un calambre indescriptible. Sí, Madame podía sonreír. —Tiene razón, señor Doyle. Si hay una próxima vez, yo me encargaré de guardar su honor, pero trate en lo posible de no exponerse a ninguno de mis familiares. Asentí en señal de aceptación y resoplé. —Ya que mi abuela ha solicitado mi presencia en la fiesta, me veré obligada a ir; por lo tanto tenemos que conseguirle un traje que se ajuste a los altos estándares de mis familiares. La dama me estudió, y yo resoplé. —Lamento no tener la ropa de alta costura que impresiona a los ricos, Madame. Como bien sabe, soy un simple oficinista. Me quedó viendo con diversión, y luego a su reloj. —No tenemos tiempo para ir a una tienda, pero creo que tengo algo que puede servirle. Está delgado, así que no debería ser un problema. Arrugué el cejo sin poder evitarlo, pero, antes de que pudiera decir nada, la dama me instó: —Sígame, señor Doyle. Se dirigió escaleras arriba y, cual borreguito a su pastor, la seguí. Terminamos en un cuarto que se encontraba al lado del que sabía era mi dormitorio, y al pasar encontré que era una habitación de almacenaje. Madame fue directo al armario y, tras abrirlo, sacó una prenda guardada en una bolsa. —Este debería estar bien para usted. Me lo entregó y se dispuso a la salida. Abrí la bolsa, que decía Armani por todos lados, y encontré un traje azul naval en excelentes condiciones. —Emm… ¿Madame? ¿Qué es esto? La seguí afuera, al pasillo frente a las habitaciones. —Es un traje, señor Doyle. Pruébeselo. Considerando sus proporciones actuales, debería quedarle casi a la perfección. —Sí, veo que es un traje, pero… ¿de quién? Ella, que iba caminando delante como si nada, se detuvo, apenas giró y contestó: —Ese no es su problema, señor Doyle. Tan solo pruébeselo y, si le queda, cuide bien de él por hoy. Tiene que volver a esa bolsa sano y salvo, tal cual lo recibió. Madame siguió su camino, y con la duda en la cabeza me metí en mi nueva habitación para cambiarme. —¿Acaso estuvo casada? Pero en internet no sale nada… apenas aparece información de su trabajo, no aparece nada sobre su vida personal —mascullé una vez dentro de la habitación. Saqué el traje, que además tenía una corbata negra dentro, e incluso una pequeña caja negra, donde descubrí un par de gemelos dorados que me parecieron oro, cosa que me sorprendió. Estiré los pantalones, y a simple vista me pareció que me quedarían, así que me saqué la ropa y solo lo intenté. —Vaya, si me quedan… incluso un poco grandes —murmuré. Los pantalones me quedaban como medio dedo más anchos de cintura, pero nada que un cinto no pudiera solucionar. Me probé la chaqueta solo para cerciorarme y resoplé, porque también me quedaba… un poquito grande de espalda, pero casi no se notaba. Terminé de arreglarme, y por las dudas me puse los gemelos. Avancé frente a un espejo que había ahí, y al contemplar mi imagen en semejante traje quedé sorprendido. —Vaya… ¿Cómo es que algo caro de verdad te cambia? Ya entiendo por qué a los ricos les encanta vestir de alta costura —solté y me reí. Tomé mi teléfono y salí. No tenía ni idea de cómo sería mi día de ahora en adelante, junto a la familia de una mujer tan extraña como Madame, pero algo me dijo que sería interesante.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR