MALCOLM
No pude pegar un ojo en toda la noche, y ahora estaba molido.
Llegué a casa temprano, y mamá y mi hermana no dejaron de celebrar que obtuve el trabajo, a pesar de que eso significaba tener que mudarme, cosa que les pareció extraña. Sin embargo, al decirles el salario… creo que lo entendieron, y que no les quedó de otra que aceptarlo.
Me pasé toda la tarde empacando mis pertenencias, mis cuadernos, libros y materiales, la ropa y las demás pertenencias, en unas cajas que compré para el traslado. Mi habitación aquí era pequeña, no necesitaba mucho para estar tranquilo, y no esperaba nada.
Quizás me harían dormir en un cuchitril.
Esa mañana, a eso de las seis, me llegó un mensaje de texto con la dirección a la que debía dirigirme.
—¿La Torre Central Park? ¡¿Es en serio?! —exclamé incrédulo, y sentí un vacío en el estómago—. Bryan, el portero, te dará una llave del lugar. Llega antes de las ocho y media de la mañana. Tengo mucho que hacer y poco tiempo —recité el mensaje y resoplé.
»Esta mujer va a ser un dolor de culo…
Chasqué con la lengua y miré el reloj. Eran las siete, lo que quería decir que no tenía mucho tiempo.
• • •
Cerca de las ocho quince, el taxi llegó frente al enorme edificio y, al bajar, apenas con una maleta y un bolso, quedé por completo intimidado.
Este sitio era enorme.
Me dirigí al acceso para residentes y, apenas entrar, encontré un golpe de lujo, decoraciones opulentas y dinero por todas partes. Tal como en la Torre Yuanfén, aquí se respiraba un aire áspero, de clase alta.
No me gustaba.
Pero, como la necesidad tenía cara de perro, jalé mi maleta y me dirigí a la recepción, donde encontré a un varón rubio que me miró con curiosidad, y detecté un cierto aire de rechazo en el fondo de sus ojos.
¿Qué demonios le pasaba?
—Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarlo? —habló él con voz dura.
Sabía que me había calificado en ese segundo.
—Buenos días —saludé con toda la calma—. ¿Usted es el señor Bryan? En su mensaje decía que Bryan, el portero, me daría una llave del lugar en el que viviré a partir de hoy.
De repente, apenas oírme hablar, él abrió los ojos de par en par.
Como que no sabía de eso.
—¿Tú vivirás con Madame? ¿Quién se supone que eres? —espetó casi sin respeto.
Me contuve de soltarle sus cuatro cosas, y contesté con elegancia y educación:
—Soy Malcolm Doyle, el nuevo asistente personal de Madame.
Mi presentación lo hizo verme con los ojos bien abiertos, y supe que se quedó en blanco, lo que me alegró.
El brillo de la satisfacción pintó mis ojos, y comenté:
—Entonces, ¿puede darme la llave, por favor?
Él, que estaba tieso, de repente volvió a sus sentidos, se removió y asintió apenas con la cabeza.
—Emm… está bien, está bien.
Se movió a un costado y tomó una funda negra, para luego entregármela.
—Esta es la llave del último piso. Madame vive en un penthouse de dos plantas al tope de la estructura. Para que el ascensor te permita ir hasta allá, debes pasar la tarjeta por el lector y seleccionar el botón dorado.
»Nadie que no tenga una tarjeta puede ir hasta allá, y renovarla podría llegar a costar cientos de miles de dólares por todo lo que habría que cambiar, así que cuídala con tu vida —explicó, mirándome con cierto recelo y temor mezclados a partes iguales.
»Así mismo, la única cabina por la que puede subir para llegar hasta allá, es la que se encuentra al final del pasillo. Ninguna otra de las que están a lo largo del edificio lo llevarán al penthouse del último piso.
Tragué entero y asentí con la cabeza.
Tomé la funda negra en mis manos y la abrí, para encontrar una tarjeta dorada con un chip y nada más que eso. Sin datos, sin nombres.
Si la robaban, nadie que no conociera su uso real sabría para qué servía. Era muy práctico.
—Gracias —murmuré y me di un cuarto de vuelta, para buscar el bendito ascensor con la vista.
Al encontrarlo, caminé hasta allá.
—Señor Doyle… bienvenido a la Torre Central Park. Espero que disfrute su estancia en este lugar —dijo Ryan.
Al voltear, lo vi sonreírme con cierta picardía, cosa que me sorprendió a sobremanera, pero seguí con mi camino.
Toqué el botón del ascensor y entré. Este tenía tres costados de espejos, y el piso y el techo de granito. Me sorprendió ver una araña arriba como iluminación y chasqué con la lengua.
Dejé el equipaje a un lado y saqué la tarjeta. El panel no era enorme y, de hecho, solo daba acceso a los pisos inferiores, que sabía eran entradas privadas a algunos comercios, y vi el dichoso botón dorado.
Traté de presionarlo sin la tarjeta, pero no apareció nada en la pantalla de arriba, por lo que la tomé y la pasé por el lector al frente; enseguida, un timbre me indicó que fue aceptada, y el botón dorado se iluminó. Lo pulsé y las puertas se cerraron.
¿Cuál era la desventaja de vivir tan arriba, a más de doscientos metros de altura? Que el viaje duraba bastante.
Sentía el movimiento de la caja subir, y la vi marcar piso por piso por largos segundos que se transformaron en un par de minutos. Esta cosa era rápida a pesar de todo, porque en menos de lo que esperaba se abrió y salí a un pasillo ancho forrado en granito y dorado por todas partes.
Al frente, una puerta de madera oscura sobre la cual estaba marcado el número del departamento, en dorado, claro está.
Respiré hondo y caminé hacia allá, pasé la tarjeta por el lector y, cuando la puerta se abrió, sentí que el corazón se me iba a la boca. La empujé y pasé.
—Buenos días.
Enseguida escuché un saludo de una voz desconocida y, al fijarme al frente, encontré a una dama pelinegra que vestía de uniforme claro. Ella hizo una ligera reverencia, y cuando se enderezó me di cuenta de que era asiática.
—Buenos días —respondí algo sorprendido.
Ella, que tendría unos cuarenta años, me sonrió.
—Mi nombre es Mei Li, soy una de las domésticas que se encarga de cuidar esta casa. Es un gusto conocerlo, señor Doyle.
¿Domésticas? ¿Esta mujer tenía hasta sirvientes?
Bueno, era multimillonaria, así que eso sería lo de menos.
Tras presentarme con ella, y con otra un poco menor llamada Mia, también asiática, entré mi equipaje y cerré la puerta.
Entonces, escuché unos pasos fuertes que me hicieron llevar la vista enseguida a unas preciosas escaleras de hierro forjado, y allí encontré a la señora de este lugar, una hermosa dama china con tacones altos, vestida con una clase que me hacía sentir un pordiosero.
Sus pasos firmes resonaron en mi interior, pero no pude evitar fijarme en sus ojos, esas perlas grises que me removieron por dentro ante el primer contacto, y que hicieron temblar los cimientos de mi razón sin saber por qué.
No… era su aura. No solo era hermosa y angelical por fuera, sino que tenía una poderosa y absorbente aura, esa que me embargó apenas estuvimos al mismo nivel.
—Buenos días, señor Doyle. Qué bueno que llega a tiempo —saludó con hablar lento.
Tragué con dureza apenas recordar lo que pasó el día anterior en su oficina y, con el latido del corazón en mis oídos, asentí con respeto.
—Buenos días, Madame. Gracias por recibirme personalmente.
—Es un placer volver a verlo tan pronto. Veo que ya conoció a Mei Li y a Mia. Cualquier cosa que necesite, no dude preguntarle a ella.
»Ahora, por favor, suba su equipaje a su habitación y cámbiese la ropa por un traje casual, sin corbata. Necesitamos asistir a un compromiso imprevisto. Tiene quince minutos para arreglarse.
—¿Qué? ¿Quince minutos? —espeté sin pensar.
Sentí sus ojos filosos en mí, y asintió con la cabeza.
—Diez minutos, señor Doyle. Apresúrese, o tendré que irme sin usted.
Abrí de más los ojos, y sentí que me despedirían si no obedecía, por lo que asentí con la cabeza.
—¿Cuál es mi habitación? —pregunté.
Enseguida, Mei Li se ofreció a guiarme, y fuimos escaleras arriba.
Desempaqué uno de mis trajes tan pronto como pude y me vestí a lo loco. Creo que no pasaron ni cinco minutos, y ya iba bajando las escaleras a toda velocidad.
En ese momento, Madame se levantó. Ella llevaba su monedero en una mano ahora, y se dirigió a la entrada.
—Tenemos que irnos, ahora mismo.
Sus palabras sonaron calmas, pero me llamó la atención que quisiera salir con tantas prisas; no obstante, la seguí hacia la puerta.
Sin embargo, antes de que siquiera llegásemos a medio camino, el madero se abrió de par en par, y una mujer bien vestida y con expresión indignada apareció.
—¡Tara, ¿a dónde crees que vas?! ¡¿Por qué cancelaste tu asistencia a la reunión de la familia en Los Hampton?!
Su voz llorona me chirrió en los oídos casi sin querer. La mujer me miró con asco, y no temió espetar:
—¡¿Y este quién es?! ¡¿Acaso te buscaste un nuevo gigoló?!
¿Qué demonios pasaba aquí?