MALCOLM
«Madame», como se suponía que tenía que llamarla a partir de ahora, tomó la carpeta, verificó mi firma y sonrió con complacencia. La cerró y dejó a un lado, junto con la pluma; puso ambas manos sobre el escritorio y me dirigió un mirar significativo y penetrante.
Ella era hermosa, no voy a negarlo; era una dama asiática, de piel tan nívea que me recordaba a la misma nieve. Sus rasgos finos la hacían parecer una muchacha, mucho más joven de lo que de seguro debía ser, pero esos ojos… esas perlas, que en primera instancia parecían negras, pero que eran de un raro gris oscuro, que me escudriñaron con vehemencia, y esos labios regordetes y preciosos, me tomaron por completo.
—Bien, ya que ha firmado, ¿qué le parece si comenzamos ahora mismo?
«¡¿Ya?!», exclamé para mis adentros, sorprendido, aunque no lo exterioricé.
—Por supuesto, Madame. ¿Qué desea que haga ahora?
No conocía la empresa, ni el edificio, ni nada, pero… ¿me pondría a refutar? No señor. Yo era un hombre pobre con necesidades muy grandes que acababa de obtener un buen empleo.
La expresión de la dama al otro lado del escritorio se enfrió en una sonrisa llena de picardía que no entendí, pero que me paralizó al instante, como el hechizo de una bruja.
—Me encanta su disposición, señor Doyle. Entonces, des.núdese, por favor. Quiero ver qué es lo que tiene para ofrecer.
Abrí los ojos de más al instante.
—¡¿Qué?! ¡¿De qué demonios habla?! —espeté sin poder contenerme.
Mi corazón saltó con virulencia en el pecho, y unos gélidos nervios me corrieron de arriba abajo.
Madame me miró con diversión detrás de esa burda seriedad, y pronunció muy serena, muy «es obvio»:
—Acaba de firmar un contrato conmigo, señor Doyle, no pretenda romperlo tras solo cinco minutos.
»Permítame prometerle que no tendrá que hacer nada que supere su buen juicio, créame —dijo la dama con una voz muy teatral.
Era convincente, sí, para otro… yo no le creía nada.
Tragué con dureza, con el corazón zumbando en mis oídos.
—¿Habla en serio? —pregunté, porque quizás escuché mal, o quién sabe—. ¿Por qué quiere que me desnude?
Ella se acomodó en su silla. Puso el codo en uno de los apoyabrazos y dejó descansar su cabeza de lado en esa mano.
—Eso no es de su incumbencia, señor Doyle. Ahora, desnúdese, por favor. Soy una mujer muy ocupada, no tengo todo el tiempo del mundo para perder con usted.
Lo último salió con una frialdad que me hizo tragar de nuevo, y una voz en mi interior me dijo que, aunque no lo quisiera, lo mejor era hacerle caso por ahora.
¿Qué podía pasarme? ¿Acaso esta mujer era una per.vertida de closet que quería vio.larme?
Me levanté, y sentí el sudor bajarme por el cuello. Apreté los labios y puse las manos sobre mi saco, para quitármelo.
Ella no me despegó los ojos de encima mientras me sacaba la corbata y desabotonaba mi camisa. En cuestión de nada me hallaba desnudo de la cintura hacia arriba, pero…
—Los pantalones también, señor Doyle. No tenga vergüenza. A partir de hoy, usted y yo tendremos que conocernos bien, ¿y qué mejor forma de hacerlo que esta?
Dios, esa mujer se estaba divirtiendo a costa de mis nervios, y se le notaba por toda la cara, esa que se esforzaba mantener seria, como toda una señora.
«¡Señora mi cu.lo!», exclamé para mis adentros tras sacarme los zapatos y, con un resoplido, deshice el cinto de mis pantalones.
¿Cómo es que una entrevista de trabajo terminó en esto?
Respiré hondo y dejé mis de.monios de lado. No era la primera vez que un empleador trataba de aprovecharse de mí de alguna forma, y quizás esto no era más que una simple prueba para comprobar mi valía.
«Sí… debe ser eso», me dije.
Me quité los pantalones y los calcetines, y bajé mis boxers poco a poco. Tragué entero cuando quedé por completo des.nudo frente a ella.
La dama me miró hasta donde alcanzó desde su silla.
—Señor Doyle, ¿entrena a menudo? —preguntó.
—No, Madame… no tengo mucho tiempo para eso, siendo0 sincero.
La decepción pintó su rostro.
—Es una lástima, porque tiene un muy buen cuerpo.
Me quedé en blanco y hasta dejé de respirar por unos segundos.
—Señor Doyle, a partir de ahora, quiero que use unas horas de su tiempo libre para ejercitarse. Me gustan los hombres corpulentos y musculosos… quiero ver un eight pack en ese bonito y ancho abdomen que tiene. Creo que se le vería perfecto.
Me sonrió con gracia.
—En el lugar donde vivirá ahora hay un gimnasio, así que no debe preocuparse por encontrar sitio.
Asentí con la cabeza como un borreguito obediente, sin saber qué más decir, porque, ¿me tocaba una jefa fetichista? ¿Por qué demonios le interesaba tanto mi físico?
—Acérquese, señor Doyle.
Oí su suave voz y sentí que no debería hacerlo, pero tenía. Era su empleado, a fin de cuentas.
Apreté los puños y caminé a paso lento. Rodeé el escritorio y me detuve a su lado, mirándola desde arriba.
Madame me observó con ojos divertidos, y llevó una mano a mi pecho.
No pude evitar tensarme ante su tacto repentino, y eso se sintió en cada parte de mi cuerpo.
—Vaya… su corazón late como loco. Qué lindo. ¿Quién diría que había un varón asustadizo detrás de un hombre tan grande como usted? —se preguntó en voz alta.
Porque, sí, yo era un tipo grande. Medía casi un metro noventa y tenía contextura gruesa, pues jugué fútbol en la secundaria y parte de la preparatoria.
—Su cabello me gusta mucho… y puedo ver que es natural.
Ella bajó la mano hasta mi pelvis, y acarició algunos rojizos vellos que allí se encontraban.
—¿Conoce la depilación, señor Doyle? —preguntó ella con tono curioso y me miró desde abajo.
—S… sí, Madame.
—Entonces, depílese para mañana, por favor. Para ser honesta, no me gusta el vello, y mucho menos aquí abajo.
—Seño… —Apreté los labios y me corregí—: Madame, ¿por qué tiene tanto interés en mi cuerpo?
—Eso es muy obvio, señor Doyle: usted me pertenece ahora, y mientras su contrato dure. ¿Por qué no me interesaría por su cuerpo? ¿Qué cree que hará como mi empleado?
Ella bajó su índice hacia mi entrepierna y, ante el primer roce, me pasmé.
Reuní tantas fuerzas como pude y resoplé.
—Su asistente personal, Madame.
—Exacto. Usted será mi asistente personal —destacó ella como si eso fuese obvio—. No será el asistente personal de Tara Liu, CEO de la Corporación Yuanfén, sino de Madame, ¿no le quedó claro al leer el contrato?
Repasé las letras en mi mente y, de repente, tan pronto apretó su mano allá abajo, la miré con los ojos bien abiertos.
—¡Espere un momento! ¡¿Acaso…?!
—Jo… eso es exacto, señor Doyle. Usted será mi asistente en todo lo que yo quiera, y eso incluye su cuerpo, ¿le quedó claro? De otro modo, ¿por qué piensa que le ofrecería un sueldo tan generoso?
Una chispa de ira se encendió en mi interior.
—Por supuesto, mañana debe firmar un contrato con esta empresa, y recibirá el sueldo de un asalariado normal, solo por temas legales. Pero es mi empleado, señor Doyle, no de esta empresa. Espero que eso le quede claro.
Tragué con dureza y, de repente, me sentí timado. ¿Cómo es que eso no salía en el contrato?
¿Por qué no me di cuenta?
«¡Esta mujer es una maldita astuta!», clamé para mis adentros. Pero, al mismo tiempo, la parte racional de mi mente me recordó que necesitaba este dinero, que mi madre necesitaba medicinas y otras cosas, que mi hermana menor tenía que terminar la universidad.
Esta era una mierda, una tremenda mierda.
Me dejó ir por un segundo, y volteó hacia una de las gavetas de su escritorio, de donde la vi sacar una cinta métrica, de esas que usaban las costureras y los sastres.
—¿Qué demo…?
—Shhhh. Señor Doyle, no me haga tener que amonestarlo en su primer día de trabajo, ¿de acuerdo? —advirtió ella con voz suave.
Pero fueron sus ojos gélidos y dominantes los que me hicieron callarme enseguida.
Me mordí el labio inferior y solo la vi estirar la cinta. Ella midió el diámetro de lo que había entre mis piernas, y luego desde la base hasta la punta.
—Vaya, eso es bueno…
Se llevó la cinta alrededor del cuello y lo tomó de nuevo en su mano.
—No tenga miedo. ¿Acaso ninguna mujer le ha puesto las manos encima antes? ¿Es gay?
—No… no soy gay, pero, le aseguro que nadie lo ha hecho de esa forma.
Ella se sonrió y comenzó a acariciarlo de arriba abajo con pasmosa lentitud.
Mi pulso aumentó a niveles exponenciales y, antes de darme cuenta, mi respiración se enloqueció. El cosquilleo en mi entrepierna creció, y tuve que apretar la boca para no gimotear. ¿Por qué demonios le daría el placer de escucharme así?
¡Esta mujer estaba loca! ¡Era una maldita pervertida! ¡¿Cómo diablos iba a poder trabajar para alguien así?!
Pero ya había firmado… ¡Maldita sea el día en el que la gente necesitaba dinero para poder vivir bien!
Ella siguió masajeándolo por largos segundos, mientras yo miraba a todas partes, intentando dejar de pensar en esto que me pasaba…
«Hombre va a entrevista de trabajo y es abu.sado sexu.al.mente», ¿eso tendría sentido? ¿Alguien me creería?
Resoplé con fuerza, con el corazón en los oídos.
—Le gusta… —murmuró Madame—. Si le gusta, debe decirlo. No tiene que reprimirse, no conmigo.
El sudor bajó de mi cabeza a cada parte de mi cuerpo, frío, gélido, penetrante y picoso. Me daba cuenta de que sus esfuerzos dieron su fruto.
—Aunque su boca no hable, este amiguito dice algo diferente —dijo ella y le dio un toquecito que me hizo saltar en mi lugar.
Escuché una risilla traviesa.
—Su piel es pálida, pero está todo rojo… es muy complaciente —masculló y resopló.
Entonces, hizo lo inimaginable. Se sacó la cinta y, de nuevo, midió el diámetro, y el largo desde la base hasta la punta.
En ese momento la escuché silbar, en un gesto muy masculino he de decir, pero que me pareció por completo actuado, y me dio un par de palmaditas a un costado del muslo.
—Vaya, señor Doyle, qué grande… eso es bueno.
Bajé enseguida la vista, y me encontré con sus brillantes ojos mirándome con genuina admiración.
—Este amiguito, usted y yo, nos vamos a divertir mucho a partir de ahora.
Se echó hacia atrás y resopló. Entonces, agregó:
—Bien, ya comprobé lo que quería. Vístase y salga. Le enviaré la dirección del lugar al que se mudará más tarde. Mañana quiero verlo allá a primera hora con su ropa.
»Enviaré a algunas personas para que trasladen el resto de sus cosas hasta allí en el transcurso de la semana.
—Pero… ¿cómo voy a salir así? —solté, obviando lo que dijo después.
¡Estaba empalmado!, ¿acaso ella se había vuelto loca?
—Encuentre la forma, señor Doyle. A partir de hoy es mi asistente personal, y le pagaré muy bien por ingeniárselas para hacer las cosas.
Se volteó hacia los ventanales exteriores, que mostraban una hermosa vista de la ciudad, dejándome en la disyuntiva de no saber qué hacer.
No podía irme de aquí con eso en ese estado, ni loco; todo el mundo se daría cuenta, y sería bautizado como un pervertido o un pros.tituto en mi primer día de trabajo.
Miré a los alrededores, a mi ropa, y contemplé en silencio el lugar, maquinando las posibilidades.
Entonces, encontré un pequeño descanso al costado de esta gran oficina, con un par de sillones y un sofá regular, además de algunas plantas decorativas y una mesa de centro. Al otro lado había un bar, además de libreros.
Apreté los labios y volví a verla.
—Madame, ¿puedo ocupar su sofá por unos minutos? —pregunté con la voz oscurecida.
Ella comprendió al instante lo que yo iba a hacer, me lo dijeron sus ojos divertidos y burlones.
—Adelante —soltó e hizo una seña con la mano.
Tragué entero y, tras recoger mi ropa y zapatos, caminé hasta allá. Dejé la ropa en el sillón y me senté en el sofá, que era suave y mullido. Respiré hondo y… procedí a terminar el trabajo.
La pena, la vergüenza y el asco escalaron en mí al darme cuenta de que ella se levantó de su asiento y caminó hasta sentarse al frente, en el sillón, y no me quitó esos gustosos orbes de encima hasta que lo dejé salir todo.
Mientras aún escurría, la vi cruzarse de brazos, y me dijo con infinita complacencia:
—Soluciones creativas, señor Doyle. Es por eso que está aquí.
Esta mujer era una degenerada en piel de ni.ña buena… era la única manera de decirlo.