MALCOLM —Quédate aquí y descansa, ¿sí? Yo me encargaré de lo demás y nos iremos. Sus ojos me miraron con desconsuelo al decir esas palabras mientras estaba semi recostada en la cama, y me acerqué para depositar un suave beso en su frente. —Sin importar qué, un cielo brillante nos espera al final de la terrible oscuridad, ¿de acuerdo? Una tímida sonrisa pintó sus labios y asintió apenas. Besé la punta de su nariz y quise alejarme, pero mi ser actuó por instinto y terminé sumido en unos labios que no me soltaron, inmerso en un beso que me parecía agua de mayo en mi corazón. Pero, al final, tuve que salir del cuarto, y una vez afuera me sentí como si un gran peso me cayera encima. ¿De verdad debía irme? No quería hacerlo, no quería dejarla sola. Tara solía tener pesadillas por las noc

