MALCOLM Caminar con esta porquería metida en el trasero era una reverenda mierda. Después de comer, Madame y yo partimos a la empresa, y cada paso, cada movimiento, cada mínimo roce que se sucedía, lo sentía hasta el fondo de mi ser. Al llegar, las tres secretarias, incluida Cherry, saludaron a su jefa con una reverencia y, camino al ascensor, pude ver a un Connor que al parecer hacía sus rondas, y que se sonrió apenas verme. —Madame, buenos días —saludó con una reverencia media—. Señor Doyle, es bueno ver que ha conseguido el empleo, felicitaciones. —Muchas gracias, y gracias por guiarme la otra vez —comenté. No me parecía mala persona, pero aquí todo el mundo actuaba raro, como si ocultaran algo, y era una cosa que se notaba desde que cruzabas la puerta. Seguí con Madame hasta su

