MALCOLM Tras un tortuoso y silencioso viaje en ascensor, regresé a la oficina con Madame. —Señor Doyle, cierre con pestillo, por favor —indicó ella, que se dirigió directo a uno de los sillones del espacio para visitas y se sentó. Asentí y cerré de la manera indicada. El sudor comenzaba a ser perenne en mi nuca y cuello, y la molestia a la altura del vientre se transformaba en una peligrosa estimulación que comenzaba a hacer mella en mi entrepierna. —Venga aquí. Ella señaló su lado, y caminé hasta allá a paso lento, consciente de que el calor recorría todo dentro de mí y amenazaba con transformarse en algo que debería evitar, pero no podía. Di un cuarto de vuelta y la miré desde el costado, colocando las manos adrede sobre mi entrepierna. Aún no tenía una erec.ción pronunciada, pero

