Capítulo Octavo.
Liliana.
Recordaria la imagen que tenía enfrente hasta el día en que se fuera de este mundo.
Excitante, demoledora, como los dedos que ahora recorrían la piel sensible de sus muslos.
Apretó los labios con fuerza, la música seguía sonando por los altavoces, sin embargo, su mente estaba lejos. Sumida en una nube de placer.
—Exquisita.
Murmuró contra su piel, no pudo evitar gemir ante la masculinidad de esa voz, ante el aliento caliente chocando con su carne deseosa.
—Desde el momento en que te vi, hace tres años, he deseado hacer esto.
Tenía su cara entre los muslos, la lengua caliente recorrió el encaje por encima de su clítoris.
Todo el cuerpo se le sacudió en un espasmo.
Con lentitud desengancho los ligeros, bajando las medias por sus piernas con la máxima de las lentitudes.
Una mezcla de placer, una mezcla de dolor anhelante.
Se miraron fijamente a los ojos, MAx enganchó los dedos al borde de la tanga y pegó un tirón, rompiéndola como si fuera un simple hilo.
Liliana jadeo, viéndolo guardar el trozo de encaje en el bolsillo de sus pantalones.
—¿Qué estás…
La cortó con un movimiento rápido, abriendo las piernas sin pudor, comenzando a degustar su clítoris como si fuera la Ambrosía de los dioses.
Se retorció, apretando las sábanas en sus puños. Sensible ante los arrebatos de la lengua viciosa que la comía por todos lados.
—Oh dios…
El orgasmo comenzó a formarse en su bajo vientre, como una bola que crece, acumulando energía para reventar y romperla en mil pedazos. El Big Bang del placer.
Consumida por el placer aferró los mechones de suave cabello en sus manos, apretando, tironeando, intentando llevarlo más y más adentro como si fuera posible.
Estaba a punto de llegar cuando los movimientos pararon, gimió en protesta, dándole un tirón más fuerte, una petición, una orden para hacerla llegar a la cúspide.
Miaximilian levantó la cabeza, enganchando su mirada con la de ella. Llevando dos dedos a su boca, chupandolos con suavidad.
—Estás…– suspiro con la voz más ronca que había escuchado de su parte. —Deliciosa…
Sin tiempo a prepararse dos dedos se sumergieron un poco en su interior, dos dedos que se curvaron hacia arriba tocando un punto justo que la hacía enloquecer.
El orgamso siguió formándose, con más intensidad, con más fuerza cuando la lengua volvió a saborear su punto más vicioso.
Sentía un fuerte deseo de orinar, sabía lo que se venía, sabía al punto en que podía llegar.
Dos estocadas fueron necesarias para que el orgasmo la partiera en dos, para que una catarata de fluidos saliera de su interior empapando las sábanas, empapando el traje que Maximilian tenía puesto.
—Madre santa…
Un gemido de su parte, un gemido mientras Liliana agonizaba en las sabanas ante el remanente de un orgasmo demasiado fuerte.
—Me toca.
Se levantó con rapidez. ante la expresión atontada del hombre. Con fuerza lo hizo girar, ahora estaba ella arriba, aún temblorosa, aún sensible, pero más excitada que nunca.
Más deseosa de él.
Le quitó la ropa con lentitud, saboreando el aroma de su perfume, saboreando los gemidos masculinos que salían de entre sus labios.
Admiro el cuerpo trabajado, un par de tatuajes que jamás había visto, una letra pequeña al borde de su cadera que no pudo leer, muy distraída con el bulto que sobresalía del boxer.
Se relamió los labios bajando el trozo de tela, apreciando la obra de arte que tenía enfrente.
Grueso, venoso, con una cresta violácea coronada por un líquido transparente que la invitaba a probarlo. Lo miro una vez, antes de apretar sus labios en torno a él.
¿Podía un pene ser catalogado como hermoso, apetecible, delicioso?.
SI podía, como todo el Maximilian se saltaba las normas.
Inspirada por los gemidos roncos de placer, Liliana aumentó la velocidad de su boca, jugando con los testículos endurecidos.
Estaba demasiado metida en su tarea, demasiado excitada cuando unas manos fuertes la tomaron por los hombros, levantandola.
—No voy a terminar así, al menos no hoy. – La dio vuelta con suavidad, colocándose encima de ella, abriéndole las piernas con sus rodillas. —Quiero terminar en tu interior.
No apartó la mirada de ella cuando guió su glande en dirección a su entrada, no dejo de mirarla cuando su oene comenzó a introducirse en su interior abriendo las paredes.
Como todo el, Maximilian junior era imponente.
Gimió con lentitud, sintiendo como la llenaban, como aquel m*****o acapara cada espacio de ella. Nunca se había sentido tan llena, nunca tanto calor embargo su cuerpo..
Sentía que se quemaba en vida, que moriría de placer.
—Dios…
Fueron las roncas palabras que salieron de él antes de comenzar a moverse, dentro y fuera. Al principio lento, hasta que el ritmo se volvió errático.
Chocando contra ella con fuerza.
Se envolvieron en una nube de placer, gemidos, sudor. Una nube que la hizo ascender hasta el cielo mismo.
Le arañó la espalda con fuerza ante las sensaciones que la embargaban. Nunca jamás sintió algo como lo que estaba sintiendo en ese momento, una bruma en su cabeza, no podía pensar en nada, absolutamente nada, solo sentir.
Los gemidos de ambos retumbaban por la habitación, la música había dejado de sonar cuando Maximilian tomándola con fuerza la dio vuelta, colocándola a cuatro patas.
—Si tuviera mi cámara en este momento no dudaría en hacerlo eterno. – LO sintió envolver su puño en el cabello. — No dudaría
en mostrarte lo majestuosa que te ves.
No la dejó responder, enterrándose en ella con una estocada certera.
No supo cuánto tiempo pasó, cuánto tiempo se exploraron, disfrutando. Cuántos orgasmos la sacudieron dejándola temblando.
Terminaron tirados en la cama, exhaustos, sudorosos, satisfechos y con el s3men de el muy dentro de ella.
—Tomo la pildora.
Murmuró antes de pararse del lecho buscando su ropa desperdigada por doquier.
—¿Qué haces?.
No lo miro, la nube de placer se había ido dejando miles de sentimientos contradictorios en su interior. No podía con la carga emocional, no podía con la atracción que sentía por él, aún cuando hacía dos minutos estaba dentro de ella.
—Me voy a mi casa.
Se colocó el sostén y el vestido. Guardando las medias dentro de su bolso.
—¿Vas a devolverme mi tanga?.
Se giró en su dirección, Maximilian la miraba extendida en la cama, completamente desnudo y con una expresión de confusión en el rostro.
Se exito con la imagen majestuosa de él y su cuerpo, el m*****o viril que poco a poco iba quedando dormido en su muslo.
—No.
—Perfecto. – Refunfuño agarrando su teléfono, guardandolo en la cartera. — Gracias por el polvo.
No lo miró, tenía miedo de tirarsele encima, cosa que pasaría si volvía a verlo.
Simplemente salió por la puerta arreglándose el cabello y preguntandose si había cometido un error.
Después de todo la pasión no había muerto como ella pensaba, más bien lo deseaba el doble de fuerte y eso era más que un problema.