Capítulo 2: El valor en una persona

1554 Palabras
Han pasado un par de meses desde que Trevor llegó a la vida de Ariana y, para sorpresa de todos, la niña que antes vivía encerrada en su propio miedo ha comenzado a florecer. Las noches son más tranquilas ahora. Sus gritos ya no rompen el silencio de la mansión y sus padres ya no se despiertan sobresaltados. Erick dejó de pasarse por su cuarto para ver que esté bien, no porque no quiera hacerlo, sino porque Katherine ya lo convenció de que su pequeña princesa está en perfectas condiciones. Aunque a veces tiene algunas pesadillas, ya no son como antes y tampoco la despiertan agitada. Ahora, Ariana tiene el poder de controlar sus miedos, los deja a un lado y sigue durmiendo. La terapeuta que la visita semanalmente ha notado una mejoría considerable. La parasomnia se ha vuelto menos frecuente, y cuando ocurre, es mucho más leve. Ariana incluso ha comenzado a salir de casa para ir con ella, sin crisis, lágrimas y mucho menos escondiéndose detrás de los brazos de su madre. El cambio, por supuesto, no es un milagro espontáneo, para Erick y Katherine tiene nombre y apellido… Trevor Deveraux-Lancaster. Desde que llegó, ha sido una presencia constante. Aunque Samuel aún no ha encontrado un colegio en el que matricularlo, porque ninguno parece estar a la altura de lo que desea para su hijo, Trevor no se queja. Cada mañana aparece en la mansión McFair, con su mochila al hombro, una sonrisa tranquila en el rostro, y ese brillo curioso en los ojos. Él y Ariana estudian juntos en la biblioteca por las mañanas sin molestar a nadie. Katherine les prepara meriendas caseras y Erick pasa cada tanto para escuchar lo que han aprendido. Pero también para ver cómo ese niño ha logrado lo que ningún adulto consiguió en dos años. Trevor es inteligente, rápido y despierto, por lo que estudiar no es gran problema para él. Pero lo que más le gusta es que Ariana sabe más que él en muchas cosas. Cuando ella explica algo, él la escucha como si estuviera oyendo una historia mágica y cuando se equivoca, la hace reír fingiendo que el mundo se ha acabado. Están sentados bajo el árbol del jardín, con los cuadernos abiertos entre ellos y lápices de colores esparcidos por el pasto, Trevor le lanza una pregunta que lo ha rondado por días. —¿Has ido alguna vez al cine? —Ariana levanta la vista con curiosidad, ladeando la cabeza. —Una vez… cuando tenía ocho años. Fuimos a ver una película animada, pero había tanta gente que me puse a llorar. Papá tuvo que sacarme antes de que empezara. Trevor frunce los labios, pensativo. Luego sonríe, como si acabara de tomar una decisión irreversible. —Entonces vamos. Esta vez no vas a llorar, te lo prometo —Ariana abre los ojos, sorprendida. —¿Ahora? —No, loquita. Este fin de semana, pero tienes que decirles a tus papás que yo te invito —ella baja la mirada, mordiéndose el labio. —No creo que me dejen… sabes que no puedo estar en medio de mucha gente. —¿Por qué no te dejarían? —pregunta Trevor con suavidad—. Yo estaré contigo y si algo te pasa o te da miedo, tú solo me dices y yo te haré reír. Además, no iremos solos. Podemos pedirle a tu papá que nos acompañe. Ariana lo piensa por unos segundos, sus manos tiemblan un poco ante la posibilidad de dejar la seguridad de su casa. Desde esa vez, su padre se ocupó de tener los estrenos que ella querría ver a su disposición en el cine que tienen en la casa. Piensa que, el cine es un lugar lleno de gente, de sonidos fuertes, de cosas impredecibles, pero Trevor estará ahí. Y cuando él está, las cosas son más fáciles. —Está bien —responde finalmente—. Pero si mi mamá dice que no, no me presiones. —Trato hecho —los dos se dan la mano y siguen en lo suyo. Esa noche, en la cocina, Katherine está preparando una infusión cuando Trevor se aparece con las manos en los bolsillos, como siempre justo antes de irse, con Samuel tras él con una sonrisa enorme. —¿Señora McFair? —pregunta con tono educado—. ¿Puedo hablar con usted? —Claro, cariño. ¿Pasa algo? —Quiero invitar a Ariana al cine este sábado. Prometo portarme bien y su papá puede venir con nosotros. Yo pagaré todo, mi padre me ha dado suficiente dinero para eso. Katherine se queda helada por un momento, no porque dude de Trevor, sino porque no recuerda la última vez que su hija quiso salir con alguien que no fuera ella o Erick. —Ay, Trevor, cariño… No sé si a Ariana le gustaría eso, cielo. A veces le cuesta mucho estar en lugares públicos… —pero antes de que pueda terminar la frase, una voz grita desde el pasillo. —¡Sí quiero ir! —Ariana entra corriendo, con las mejillas rojas de emoción—. Por favor, mamá… ¡déjame ir! Te lo juro, si me siento mal, se los diré. Pero quiero intentarlo. Quiero hacerlo con Trevor, ¿sí? Katherine parpadea, sin saber qué decir. Mira a su hija como si tuviera otra cabeza, porque eso hace mucho que no pasaba; luego al niño que la observa con una seriedad inusual. —¿Estás segura, mi amor? —Ariana asiente con fuerza. —Papá puede venir con nosotros, sé que no me pasará nada, ¿sí? —Por supuesto —responde Erick desde la entrada, con una sonrisa que no puede ocultar—. Si mi princesa quiere ir al cine, con su amigo y su padre, no le vamos a negar que sea feliz un ratito fuera de la casa, ¿verdad, esposa? Katherine asiente sin estar muy convencida, pero al final se resigna porque hace tanto que no ve a su hija saltar de emoción porque saldrá, que no quiere arruinar el momento con sus temores de madre. El sábado llega con un sol suave y un aire fresco que huele a promesa. Trevor se ha vestido con una chaqueta azul marino y una camisa clara. Lleva su propia billetera para guardar el dinero en el bolsillo trasero y suspira nervioso, porque quiere que su amiga disfrute el día. Cuando ve a Ariana bajar las escaleras con su vestido celeste favorito, el que siempre usa cuando quiere sentirse valiente, le sonríe como si fuera la primera vez que la viera. —Te ves… bien —dice, torpe. —Tú también —responde ella, bajando la mirada. Erick los espera en la puerta. Lleva un abrigo liviano y una sonrisa de padre vigilante, no hará preguntas ni invadirá su espacio, pero estará cerca para su niña, como siempre ha sido con sus dos hijos. El camino al cine es tranquilo, Ariana aprieta la mano de Trevor en silencio y él no la suelta, porque sabe que eso la ayuda a sentirse más valiente. Al llegar, Trevor corre a comprar las entradas antes de que Erick pueda ofrecerse. También compra las palomitas más grandes y tres bebidas. —Yo invité, así que yo pago —le dice al hombre con firmeza. —Está bien, caballero —responde Erick, sonriendo y aceptando las palomitas para que los niños puedan caminar tranquilos. Dentro de la sala, buscan sus asientos y la niña pide sentarse al lado de su amigo, mientras que Erick queda al lado de Trevor. Sin embargo, Ariana comienza a ponerse nerviosa cuando ve la cantidad de gente que entra. El murmullo, los pasos, las risas, todo le golpea los sentidos y Trevor lo nota de inmediato cuando la ve mirar a todos lados con nerviosismo. —¿Quieres que cambiemos de asiento? —ella asiente, temblando un poco y Trevor se pone de pie de inmediato—. Vamos, tú siéntate en medio. Así estarás entre tu papá y yo. Luego, solo tienes que ver la pantalla y nada más. Erick los ayuda a cambiarse sin decir nada, Ariana se sienta en el nuevo lugar, entre las dos personas que más la han protegido… y respira. Poco a poco, se relaja y cuando las luces bajan, Trevor le toma la mano para darle seguridad al tiempo que la película comienza. Y por primera vez en años, no siente que el mundo le pesa sobre los hombros. Ríe, come palomitas, se emociona y al final, cuando salen al estacionamiento, se gira hacia Trevor y lo abraza con fuerza. —Gracias —susurra—. Eres el mejor amigo que jamás he tenido. El niño se queda quieto unos segundos porque no está seguro de cómo reaccionar. Pero luego, la rodea con los brazos, sin apuro y sin miedo, solo para sonreírle y hacerla sentir que puede contar con él. —Siempre voy a estar contigo, Ariana. No importa dónde ni cuándo, nunca vas a estar sola —ella se separa un poco, lo mira… y le da un beso en la mejilla. Trevor se queda helado, pero sonríe. Y aunque no lo diga, aunque no lo entienda del todo todavía, sabe que algo muy grande acaba de empezar. Algo que quizás... nunca termine. O tal vez sí.
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