La amistad entre los niños se estrecha aún más luego de esa salida al cine. Ariana llegó contándole a su madre cómo Trevor le dijo que se cambiara de asiento, le tomó la mano y cada vez que ella se sintió nerviosa, le contó un chiste sobre la película. Cuando llegó la noche, Katherine le preguntó a Erick cómo fue que no se le salió lo papá celoso, pero él con un puchero le dijo que tenía que reconocer que Trevor estaba haciendo por su princesa lo que él no había logrado hacer y que de todas maneras solo eran amigos.
Tras ese momento, los días han pasado. La tarde se ha nublado, pero en el rincón favorito del jardín, Ariana y Trevor comparten una manta sobre el pasto húmedo. Tienen tazas humeantes de chocolate caliente con malvaviscos y un cuaderno viejo entre los dos, con dibujos que ella ha hecho desde que era pequeña.
—¿No extrañas ir a la escuela? —le pregunta Trevor y Ariana baja la mirada algo triste.
—Claro que sí. Me gustaba estar con los maestros y oír las clases, preguntar, hacer mis exámenes. Las actividades que se hacían… siempre quise entrar al equipo de esgrima, y ser como mamá.
—Lo lamento… ojalá hubiese estado contigo desde antes —Ariana le sonríe, pero ve que no le quedan más malvaviscos y hace un gesto de tristeza. Pero Trevor se lo quita dándole sus dos malvaviscos que le quedan.
—Gracias…
—Sabes que no me gustan tanto —ella sonríe y bebé un poco de su taza, pero luego se pone sería.
—¿Sabes qué me molesta de todo eso? —pregunta Ariana, jugando con el borde de la taza—. Que todos crean que fue el miedo lo que me hizo dejar la escuela.
Trevor gira la cabeza, sorprendido. La mira con atención, pero no dice nada. Esta es la primera vez que su amiga habla del tema con él sin cambiarlo, así que quiere oírla.
—No fue solo eso… —continúa ella y su voz tiembla ligeramente—. Fue lo que me hicieron.
Respira hondo y por un segundo parece dudar si decirlo o no. Pero él está ahí, como siempre, como desde hace tres meses, y sus ojos azules le dan la paz que ningún rincón de la casa le había ofrecido antes.
—Me escondían mis cosas, me rompían las tareas. Una vez incluso me empujaron y caí de cara en el patio… todo porque saqué la nota más alta.
Trevor aprieta los dientes cuando ve que las lágrimas comienzan a caer con rabia por su rostro, porque ya puede imaginar perfectamente a ese grupo de niños cobardes riéndose, burlándose de Ariana por ser brillante, por tener la cara limpia y la voz dulce. Por ser… ella.
Y no puede comprender cómo nadie hizo nada, incluso su tío Erick.
—Y lo peor —agrega Ariana, bajando la voz—, es que decían que yo me creía bonita. Que solo porque mi papá tiene dinero, yo me creía más que los demás —Trevor niega con la cabeza, furioso.
—¡Qué estúpidos! —Ariana lo mira con sorpresa y luego se ríe.
—No digas groserías.
—¡No es grosería si es verdad! —protesta él, encogiéndose de hombros—. Lo que no entiendo es por qué mi tío Erick no hizo algo para detenerlos, para desaparecer los a todos.
—Porque nunca les dije lo que me hacían… porque sabía que mi papá se iba a poner loquito. Una vez oí lo que le hizo a una compañera de clase que intentó lastimar a mamá… Y, aunque esos niños eran malos conmigo, no quería que se quedaran en la calle.
—Eres demasiado buena, Ariana —le toma la mano y ella sonríe—. Pero debiste decirle, aunque fuera solo para darles un susto, porque no sabemos si se lo harán a otros.
Ella baja la mirada y asiente, pero Trevor le levanta el rostro con suavidad y le limpia las lágrimas con un pañuelo. Detesta verla así y se imagina cómo fueron esos días sola, triste y siendo atormentada por niños envidiosos. Pero, se imagina sus gritos por las noches. Oyó la conversación de sus padres, la de sus tíos contándole a su mamá cómo Ariana casi no dormía, todo por culpa de esos niños.
De pronto, se siente un poco más valiente y piensa que, así como la ayudó con el cine, podría ayudarla con la escuela.
—¿Sabes qué? Mi papá está por inscribirme en el colegio St. Edmund’s. No es tan grande, pero tiene buenas clases y deportes. Podrías venir conmigo, así yo no estoy solo y tú estudias en un colegio, con muchos profesores —Ariana lo observa con los ojos muy abiertos.
—¿A un colegio? ¿Otra vez?
—Sí, pero conmigo esta vez. No dejaré que nadie te moleste, lo prometo.
Ella se queda callada unos segundos para pensar La idea parece tentadora, pero también peligrosa. Sin embargo, lo mira a los ojos, y en ellos no ve presión para que diga que sí, solo lealtad y la protección de su amigo. Esa seguridad que su papá también le ha dado, pero que Trevor la ha ajustado para ella. A su mente viene la idea de que, al entrar Trevor a la escuela, ella volverá a quedarse sola con sus clases privadas y la idea no le agrada.
Y eso es más que suficiente.
—Está bien. Pero esta vez… si alguien me empuja, me voy a defender —Trevor sonríe con orgullo.
—¡Esa es mi chica!
Hablar con sus padres no es sencillo, sobre todo porque los dos temen que regresar a la escuela sea una retroceso para ella. Pero Ariana les dice que no será el mismo, que tal vez eso es lo que les faltó intentar la primera vez, y que Trevor estará con ella para ser su amigo y acompañarla.
Basta que Trevor les prometa con la mano a la altura de su corazón que la cuidará para aceptar que Ariana regrese a un colegio. Inscribirla resulta fácil y se preparan para que pueda entrar con Trevor.
Y el primer día de escuela al fin llega.
Erick deja escapar un suspiro largo frente al espejo de la sala de su amigo. Su corazón late rápido, como si fuera él quien va a entrar al colegio.
—¿Estás nervioso? —pregunta Samuel, apoyado en el marco de la puerta. Erick lo mira por el espejo y asiente.
—Sí. Como si la estuviera soltando al mundo otra vez… pero esta vez sin estar seguro de que esté lista —Samuel le da una palmada en la espalda y sonríe.
—Trevor va a estar con ella. Y si algo tiene ese niño, es que sabe proteger lo que le importa. Solo recuerda cómo me puso a prueba a mí por su madre y que prácticamente me dijo que si no me casaba con ella, no podría besarla más —Erick se ríe y luego suspira.
—Lo sé, lo he visto con mis propios ojos. Pero… es mi niña.
—Y lo seguirá siendo, viejo —responde Samuel, bajando la voz—. Solo que ahora también es la amiga de mi hijo. Y no hay lugar más seguro que ese, porque ahora tiene un círculo que la cuidará mucho más grande que antes.
Erick asiente, tratando de convencerse más de que es lo mejor para su pequeña. Los niños bajan la escalera alegres, hablando de lo que pueden hacer en el receso y nota cómo su hija sonríe en lugar de tener miedo.
Ariana lleva una trenza doble ese día. Katherine le ha dado un pequeño dije de estrella para su mochila nueva y un fuerte abrazo para que la ayude a ser más valiente. Trevor va con su mochila al hombro y una sonrisa nerviosa.
Se suben al auto con sus padres, no hablan mucho durante el trayecto, pero en cuanto se bajan frente al colegio, Trevor toma su mano con naturalidad. Como si él estuviera acostumbrado a ir a un colegio nuevo, como si no tuviera miedo… y vaya que sí lo tiene, pero por ella se aguanta.
Erick y Samuel los miran caminar por el pasillo de entrada luego de despedirse, entre cientos de niños. No se sueltan en ningún momento y por primera vez en mucho tiempo, Ariana no se vuelve para buscar a su padre.
Solo mira al frente… y ese es el primer día en que su vida comienza a pasar de una manera completamente distinta.
Cinco años después…
Cinco años pasan tan rápido que nadie los nota hasta que la vida cambia de escenario.
Ariana ha crecido, sigue siendo dulce, pero ahora hay firmeza en su mirada, junto al cuerpo de una jovencita más hermosa que llama la atención de todos los chicos de su edad. Forma parte del equipo de esgrima del colegio y entrena tres veces por semana. Sabe cómo moverse, cómo atacar, cómo defenderse.
Ya no es solo la niña que huía de las multitudes. Ahora, las enfrenta con espada en mano.
Trevor también ha cambiado. Es mucho más alto y fuerte. Está en el equipo de lucha, y cada torneo que gana lo dedica en silencio a esa promesa que se hizo a los diez años, protegerla. Y es la principal razón que los ojos solo vean a Ariana, en lugar de que alguien se le acerque, porque se volvió un mastodonte que se ejercita a diario y que sabe dónde golpear para noquear a quien sea.
No todos fueron amables durante esos cinco años. Hubo quienes intentaron repetir el escenario que Ariana vivió sola, pero bastaba una mirada de Trevor para callarlos. En el St. Edmund’s quedó claro desde el primer día que con Ariana McFair no se metía nadie sin pasar primero por Trevor Deveraux-Lancaster… y resulta que esos apellidos eran muy conocidos por los padres, que aplacaron cualquier intento de sus hijos de meterse con los niños equivocados.
Ella, por su parte, aprendió a usar su voz. Y su espada, tal como su madre hizo alguna vez.
Es día de torneo para Ariana, quien está en la final de esgrima. Trevor la ve desde las gradas, con los dedos apretados contra la baranda y de vez en cuando se saludan, cuando sus miradas se cruzan.
Cuando es el turno de Ariana, toda su familia está expectante. Pero Trevor se mantiene en lo alto para observar mejor y para que ella lo encuentre más fácilmente cuando gane.
Y gana con una estocada precisa, elegante y limpia. Mientras la multitud aplaude, Trevor baja corriendo las escaleras del gimnasio para abrazarla, está orgulloso de lo mucho que Ariana ha conseguido y se acerca deseando decirle lo mucho que admira su fuerza.
Pero a mitad de camino, se detiene en seco.
Un chico del equipo de esgrima, con la chaqueta aún puesta y la medalla al cuello, se acerca a Ariana, le dice algo al oído, ella sonríe, él le toma el rostro… y la besa.
En los labios.
Y un corazón se rompe en mil pedazos.
Ariana se queda quieta un segundo, pero no aparta al chico. Luego, se sonroja, baja la mirada y le toma la mano. Samuel busca a su hijo con desesperación tras aquella escena, al que encuentra con los ojos conteniendo las lágrimas, las manos apretadas y sonriendo con una tristeza que lo destroza, porque reconoce perfectamente cómo se siente.
Trevor siente cómo algo se rompe en su interior, un latido ahogado, un silencio de esos que no se llenan con palabras.
No sabe cuánto tiempo se queda mirándolos. Solo sabe que debe moverse pronto, porque no puede respirar. Necesita aire desesperadamente, salir de ahí porque el gimnasio se vuelve pequeño a cada segundo que los ve de la mano y sonriéndose, como si siempre hubiesen estado destinados a estar juntos.
La primera lágrima cae, se la limpia con violencia, y antes de que Samuel llegue con él, da media vuelta y se marcha sin mirar atrás, pensando que tiene que cambiar de una vez.
—Porque después de todo —se dice—, ser bueno no sirve para que te quieran.