Capítulo 11: Analizando emociones

1963 Palabras
Lunes, 17:10 p.m. Hoy había sido un buen día de trabajo, y lo había comenzado con la misma motivación que tenía al iniciar en la editorial. A pesar de los años, no había perdido ese entusiasmo por lo que hacía, porque realmente me apasionaba y nunca me aburría. Tenía la suerte de poder decir que me dedicaba a lo que siempre había soñado, un privilegio que no todos lograban alcanzar, pero que yo había conseguido, y eso me llenaba de orgullo. Ahora me dirigía a buscar mi auto para irme a casa, ya que mi jornada laboral había terminado a las cinco de la tarde, pero me quedé unos minutos más arreglando unos documentos y por eso se me había hecho un poco tarde. Entonces, mientras caminaba por la acera, en una esquina cercana a la editorial, me topé con una escena que me dejó aturdido y me arrancó toda la tranquilidad que había sentido durante el día. Ahí estaba Amaia, acompañada de un chico que, claramente, era su actual novio. Amaia estaba sentada en un banco de piedra y él estaba de pie frente a ella, marcando territorio de una manera descarada: sus manos estaban metidas debajo de la falda de Amaia, acariciando sus piernas de una forma tan exagerada que me hizo hervir la sangre. En cambio, Amaia tenía los brazos cruzados sobre su pecho, sin corresponderle físicamente, lo que me hacía pensar que él estaba disfrutando mucho más que ella... ese pedazo de cabrón. Alto, delgado, con una actitud arrogante que me repugnaba, como si estuviera tan seguro de que Amaia le pertenecía. Y, al ver esa escena, sentí una punzada en el pecho que no podía ignorar. No quería admitirlo, pero me enfurecía ver cómo otros hombres disfrutaban de la cercanía de Amaia, de su calidez como persona y de su belleza como mujer. Era un golpe a mi orgullo que me dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Y sí, era incoherente darme cuenta de que yo también era responsable de que Amaia tuviera novio, porque en cierto modo, yo la había motivado a hacerlo. Pero enfrentar esa realidad y ver que se había vuelto tangible, era un golpe que todavía no había aprendido a sobrellevar. De hecho, no era la primera vez que me sentía así. En el pasado, había conocido a algunos de los novios de Amaia cuando salíamos con amigos en común, y había sabido manejar la situación sin problemas; ni siquiera me importaba. Pero esto... esto era diferente. Esta vez me costaba mucho más contener lo que realmente sentía. Al instante, bajé la mirada al suelo cuando sentí que Amaia me vio, ya que no quería que se diera cuenta de que había estado observándolos. Es más, tampoco quería que leyera en mi cara lo que en realidad estaba sintiendo: rabia y envidia, mezclados con ese deseo frustrado de haber sido yo quien estuviera en el lugar de ese tipo... Finalmente, llegué al estacionamiento, y cuando encontré mi auto, me dejé caer en el asiento del conductor, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. A pesar de que el día había sido bueno, ahora solo podía pensar en lo que había visto, y cómo eso había arruinado mi tarde. La imagen de él, tan cómodo con Amaia, seguía rondando en mi mente y me había molestado mucho verlo. Mi razón intentaba justificarlo, diciéndome que era porque le tenía cariño a Amaia, y tal vez por eso me había afectado tanto. Como si fuera una sensación similar a la que sentiría si viera a alguien cercano a mi hermana Diana en una situación así: una mezcla de protección y celos, un deseo de que nadie pudiera hacerle daño o de que nadie más se sintiera tan cercano a ella. Pero en el fondo, mi corazón sabía que se trataba de algo más. Me incliné hacia el volante y solté un largo suspiro, intentando calmarme. Era un dolor que no sentía por primera vez, pero sinceramente deseaba que fuera el último. En este momento, me preguntaba cuánto más podría soportar esto. Si realmente podría seguir fingiendo que nada de ello me importaba, cuando en realidad me estaba destrozando por dentro. Es más, sabía que esos gestos ya no solo era incomodidad, sino celos, por lo que tenía que hacer algo al respecto, porque una vez podía aguantarlo, pero varias veces seguidas ya no. A continuación, puse en marcha el auto y me dispuse a irme, mientras los colores del atardecer pasaban frente a mí. Mi mente indagaba en las emociones que se habían despertado, por más que intentara ocultarlas y mantenerlas guardadas en relación con Amaia. ¿Y por qué me pasaba todo eso? Pues en el último año, empecé a fijarme en alguien en quien jamás pensé que lo haría. Era una mujer de cabello castaño, con ojos que se armonizaban a la perfección con su melena, añadiendo un toque de verde que los hacía únicos. Su rostro era hermoso, joven y radiante, y su cuerpo esbelto tenía la proporción ideal, sin ser exageradamente curvilíneo. Pero sabía que no debía permitir que mis sentimientos fueran más allá de una simple admiración, porque esa mujer era Amaia, mi amiga y compañera de trabajo. Desde que nos conocimos, habíamos congeniado muy bien, aunque mi interés por ella no surgió de inmediato. Fue algo que se fue construyendo lentamente con el tiempo, a lo largo de los años, a medida que nuestra amistad se fortalecía. Y, aunque me sentía cada vez más cautivado por su forma de ser, su belleza y la complicidad que compartíamos, no estaba completamente seguro de si realmente me gustaba. Es cierto, había algo en ella que comenzaba a atraerme de una manera que no podía ignorar. A pesar de todo, no me sentía listo para dar ese paso, para cruzar la línea que podría transformar nuestra amistad en algo más. De hecho, nunca le había mencionado mis sentimientos, consciente de que ella no mostraba interés en mí, y yo respetaba eso. Tampoco iba a forzarla a prestarme atención, aunque, en el fondo, mantenía una pequeña esperanza de que algún día lo hiciera. Pero mientras eso no sucediera, yo tenía decidido seguir siendo como siempre había sido. Primero, tratando de conocer más personas para no tener a Amaia presente. Como por ejemplo, cuando conocí a Sandra, la modelo a la que pinté desnuda y con quien tuve sexo, consiente de que, más allá de ese encuentro temporal, nunca estaría dispuesto a nada serio con ella. Segundo, intentando ignorar mis sentimientos. No era lo ideal, porque me hacía daño, pero ¿qué iba a hacer? No podía decirle nada a Amaia sobre lo que sentía. Además de que tenía novio y no quería ser culpable de arruinar eso, también era mi amiga. Es más, si le confesaba que me interesaba más allá de la amistad, probablemente yo mismo mandaría nuestra relación a la mierda. Por eso, prefería quedarme callado hasta donde pudiera soportar, algo que no duraría mucho. 18:04 p.m. Por fin llegué a casa, y el alivio de estar en mi espacio personal me envolvió. De inmediato, dejé mis cosas en mi habitación, me despojé de la ropa del trabajo y busqué algo más cómodo. Así que me cambié por un chándal y una camiseta. Luego, como todavía no tenía hambre para ponerme a preparar la cena, decidí dirigirme a la sala. Allí, tomé mi tablet, me senté en el sofá y abrí la lectura de mi microrrelato erótico, "Deseos Prohibidos", buscando dejar escapar de una vez por todas ese desánimo que me había dejado la imagen de Amaia y el cabrón de su novio. Al instante, con cada línea que leía, me alejaba un poco más de la frustración que había sentido antes. Ahora me sentía más relajado, y a medida que avanzaba en la lectura, mi excitación crecía por la imaginación que me generaba en ese momento. En realidad, casi nunca leía mis propios escritos como pasatiempo; normalmente lo hacía solo para revisar si estaban bien. A pesar de todo, este relato había captado mi atención, sobre todo porque sabía que Amaia también lo estaba leyendo y, de alguna manera, quería comprender cómo lo percibía ella. Era una sensación extraña, pero me atraía la idea, como un ejercicio de curiosidad, para intentar entender su experiencia desde su perspectiva. Y sí, tal vez podía parecer un chiflado haciendo eso, pero así era yo. Así que, justo cuando iba a empezar a leer, mi teléfono comenzó a sonar. Era una llamada de Sandra, la modelo, pero decidí no contestar y volví a mi lectura. La llamada se detuvo, pero un minuto después el teléfono sonó de nuevo, así que esta vez decidí contestar. Sandra: — Hola, ¿qué tal por ahí? — Hola, todo bien. ¿Y tú? Sandra: — Bien — respondió con una voz sensual, casi insinuante. — ¡Ah! Sandra: — ¿Y dónde estás? — En mi casa, ¿por qué? Sandra: — Bueno, te lo pregunto porque estoy sola en la mía y no sé si te apetecería venir a hacerme compañía — respondió, otra vez con ese mismo tono de voz, pero esta vez sonaba más profundo, como si estuviera experimentando una sensación íntima, lo que me hacía pensar que estaba agitada, quizá haciendo algo más que solo hablar. — ¿Puedo preguntar qué estás haciendo? Es que tu voz suena un poco rara Sandra: — Si quieres saber, ven a mi casa — respondió, soltando un gemido. — ¿Te estás masturbando? Sandra: — No sé, ven y descúbrelo por ti mismo — Es que... ahora no puedo. Estoy un poco ocupado en casa porque tengo que salir a cumplir un compromiso. Pero otro día podríamos vernos Sandra: — Lástima que no puedas venir ahora a hacerme sentir lo de aquella vez — dijo con un tono que intentaba seducirme. — Sí, pero te digo que ahora no puedo Sandra: — Bueno, entonces te estaré extrañando esta noche — Yo también — dije, aunque en realidad no lo sentía. Colgué la llamada y me quedé pensando. Le había dado una excusa a Sandra para no ir a encontrarnos, sabiendo que ella estaba sugiriendo algo más que una simple visita. Pero no estaba de ánimo para eso, especialmente ahora que los pensamientos sobre Amaia ocupaban mi mente. Y eso que no solía rechazar este tipo de proposiciones, pero mis sentimientos hacia Amaia me estaban afectando de manera inesperada. Por último, aunque no fui a ver a Sandra para tener sexo en ese momento, decidí satisfacerme por mi cuenta, ya que seguía sintiéndome excitado. No por haber escuchado a Sandra, sino también por la lectura del microrrelato. Así que, sin perder tiempo, me preparé para disfrutar de una tarde solo para mí: puse música suave, algo erótica, para crear el ambiente adecuado. De hecho, siempre me gustaba hacerlo, ya fuera para darme placer a mí mismo o para compartir el momento con alguien especial. Además, coloqué un rollo de papel a mi lado, porque ya me había pasado otras veces que olvidaba tenerlo a mano, y terminaba causando un pequeño desastre. Y claro, no podía faltar un poco de lubricante para que la ficción fuese más fluida. Ahora, después de todo eso, lo único que faltaba era empezar a jalármela y así fue. Cambiaba el ritmo, subiendo y bajando la mano aferrada a mi pene a cada segundo, concentrado únicamente en las sensaciones que recorrían mi cuerpo. La verdad, prefería hacerlo en compañía, porque masturbarme solo a veces se me hacía monótono y no le encontraba tanto atractivo. Sin embargo, cuando no había nadie más, me tocaba hacerlo por mi cuenta y trataba de disfrutarlo de igual manera, como lo había hecho esta tarde.
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