AMAIA
Vicenç: — Buenos días — saludó al entrar a la oficina.
Alcé la vista y, al verlo, algo en mi interior se tensó. Después de leer lo que él había escrito, no podía evitar sentir una incomodidad latente.
A Vicenç lo conocía desde hacía años; éramos amigos, compañeros de trabajo, y esa cercanía hacía que lo que había leído me afectara más de lo que hubiera esperado. Era extraño, porque antes, cuando había leído otras historias o poemas suyos, todo había sido normal, profesional. Pero esta vez era distinto. Algo en mí estaba cambiando, una sensación nueva y confusa me invadía. Sentía una mezcla de curiosidad y desconcierto, aunque no sabía si era por la intensidad de la lectura o por la idea de que Vicenç, el Vicenç que conocía desde hacía años, pudiera haber escrito algo tan cargado de pasión y excitante al mismo tiempo. Algo en mí comenzaba a ver sus palabras bajo una nueva luz, como si descubriera facetas de él que jamás había imaginado. Era un pensamiento morboso, pero también intrigante, como si al leer esas escenas hubiera abierto una puerta que no estaba segura de querer cruzar o conocer más a fondo.
— Buenos días — saludé apresuradamente, casi tropezando con mis palabras mientras intentaba salir de la lectura y guardar la tablet de forma torpe. No podía dejar que Vicenç me viera leyendo sus relatos porque me ponía nerviosa y me daba vergüenza.
Es cierto que él sabía que los leía porque se lo había dicho, pero tampoco iba a permitir que notara lo enganchada que me tenían. Tenía que disimular aunque fuera un poco para no ser tan evidente.
Vicenç: — ¿Qué tal? — preguntó, acomodando su mochila sobre su escritorio.
— Bien
Vicenç: — Me alegro
— ¿Tú, cómo estás?
Vicenç: — Bien
— Qué bueno — dije, esbozando una sonrisa, pero sin atreverme a mirarlo a los ojos. La lectura de su relato me había dejado demasiado inquieta, sentía un nerviosismo tan intenso que no podía enfrentarlo. Es más, no podía negar que su forma de escribir me encantaba, porque lograba provocarme emociones intensas, más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Vicenç: — ¿La edición del libro de Carmen Salinas ya está terminada, cierto?
— Sí, ya acabé mi parte, que era la que faltaba
Vicenç: — Vale, después iré a hablar con Julián
— ¿Ya te ha dicho cuál será el próximo proyecto? Tengo ansias por saberlo
Vicenç: — Sí, ya me lo dijo hace días
— ¿Y por qué no me lo dijiste?
— pregunté, desilusionada, y finalmente lo miré a los ojos.
Vicenç: — Porque me dijo que hasta que acabáramos este en el que estamos trabajando, no lo hiciera
— ¿Y de qué trata el nuevo?
Vicenç: — No te lo diré — respondió con un tono de misterio, sonriendo ligeramente, como si disfrutara de mantener la intriga.
— ¡Ay! Dímelo, no seas malo
Vicenç: — Después te lo diré
— ¿Lo prometes?
Vicenç: — Está bien
— Oye, ¿te gustaría salir a tomar algo hoy o ir a cenar?
Vicenç: — No sé, no creo — respondió con desgana, cruzándose de brazos.
— ¿Por qué?
Vicenç: — No sé, digo… No tendrás planes con tu novio, tal vez — respondió con cierta incomodidad, casi como si estuviera celoso, lo que de inmediato me llamó la atención.
— Qué va… No voy a salir con él
Vicenç: — ¡Ah, bueno! Lo decía porque no quiero que tengas problemas con él si se entera de que sales conmigo
— No, no te preocupes. No pasa nada. Además, nunca le he dicho que tú y yo salimos de vez en cuando
Vicenç: — ¿Ah no? ¿Y eso?
— Simplemente, no es algo que tenga que saber. Además, desde aquella vez que intenté que me acompañara a salir en grupo con algunos amigos y se negó, decidí que no tenía sentido contarle de ti
Vicenç: — Ah… Igualmente, no quisiera que si se entera se pusiera celoso. ¿Sabes? No quiero problemas
— No te preocupes, créeme. Entonces, ¿qué dices? ¿Salimos esta noche?
Vicenç: — ¿Y qué tienes en mente?
— Vamos a cenar, y así me cuentas de qué trata el nuevo proyecto
Vicenç: — Me parece una excelente idea
— Genial, entonces nos vemos alrededor de las siete de la noche
Vicenç: — Okay. Solo aviso que podría llegar un poco tarde, tengo que pasar por el dentista a hacerme un empaste y la cita la tengo como a las seis
— De acuerdo, igual te voy a esperar
— respondí, sin poder evitar sonreír ligeramente.
Vicenç asintió y mientras tanto se quitó su chaqueta, revelando una camisa de vestir manga larga y color azul marino.
Y lo que más me llamó la atención fue cómo la camisa no le quedaba ajustada, pero lo suficiente como para que cuando se moviera, se pegara un poco a su figura, revelando detalles sutiles de su físico.
De modo que, noté, por primera vez en mucho tiempo, que sus brazos parecían más definidos. Cada vez que se estiraba o movía, el tejido de su camisa se tensaba ligeramente, mostrando un contorno firme. La verdad es que no sabía si estaba yendo al gimnasio o si simplemente había cambiado algo en su rutina diaria, pero fuera lo que fuese, se veía diferente. Se veía bien.
En seguida, mi mirada se deslizó hacia su pantalón, unos chinos oscuros que combinaban a la perfección con el conjunto. Por consiguiente, me di cuenta de que su apariencia era más cuidada de lo habitual, y no pude evitar pensar que algo en él había cambiado. Era atractivo, pero no de una manera abrumadora.
Era el tipo de atracción que aparecía de forma inesperada, sin previo aviso en mí.
Lo cual me hizo preguntarme: ¿Vicenç siempre había sido así o era yo la que comenzaba a notarlo? ¿Y, por qué me parecía tan atractivo en ese momento? ¿Quizás solo era porque sabía vestirse bien y tenía un estilo que le quedaba perfecto?
Vicenç: — ¿Qué miras? — preguntó, medio en broma, levantando una ceja mientras se sentaba en su escritorio y se frotaba el brazo.
— Nada, nada… Solo pensaba que… te ves bien, eso es todo — respondí con una sonrisa rápida, desviando la mirada hacia mi pantalla para evitar que notara lo que realmente pasaba por mi cabeza.
Vicenç rio suavemente y negó con la cabeza, pero no dijo nada más.
No obstante, ese momento no fue incómodo, en absoluto; la confianza que había entre nosotros era tan sólida que nunca permitía que esos momentos se tornaran extraños.
Siempre habíamos sabido cómo manejarnos el uno al otro. Por ejemplo, mirándonos, casi analizándonos, coqueteando disimuladamente y riendo… Como si esas interacciones fueran parte del juego que compartíamos, donde cada mirada y cada palabra cargada de significado podían transformarse en una broma.
Sin embargo, tenía una cierta sensación de que algo estaba cambiando en mí, aunque no sabía bien qué era ni si estaba preparada para enfrentar lo que eso implicaba.