Capítulo diesiséis

1409 Palabras
Aulio se encontraba sentado recto en su cama con la mirada en un punto muerto a su ventana, dejando el aire entrar. ¿Todo aquello se desvanecería con la muerte? ¿La vida y lo hermosa que podía ser la existencia terminaría solo así? Se arrepentía de no haber sido más feliz, pero sabía que la muerte ya no le asustaba. El dolor en su cuerpo dejaría de molestarlo, dejaría de intentar controlarlo, el dolor estaba punzante para recordarle que era amado y que su partida dejaría a alguien muy bueno con el corazón roto. Serena lo había invitado a una cita, pero antes de irse, recibió a domicilio todas sus pinturas y se quedó concentrado en ellas, se sumergió en la melancolía que le transmitían, que le recordaban lo humano que puede ser sufrir por tonterías. No se dio cuenta de la hora, pero Serena sí y pagó la cuenta de dos coca cola y se marchó pensativa. Lo llamó, pero no hubo respuesta. Él, impávido frente a sus pinturas, estaba eligiendo que no entraría de nuevo en su vida, menos para hacer y deshacer el corazón de quien había pintado tan hermosas pinturas, que quizás Serena con el rechazo sería mejor que encontrase a alguien mejor con el tiempo. Ella, por lo contrario, se mantuvo días pensando en que había sucedido para una decisión tan tajante y sin respuesta. Sabía que el pianista estaba loco como todos los artistas, como ella, pero había algo que ella no negociaba con la vida y eran las segundas oportunidades. Nunca sabría los motivos por los cuales Aulio desapareció de su vida pero bastaba con no quererla como para que ella se tomara aquello al pie de la letra. Su trabajo marchaba normal, conoció a muchos hombres, se había descargado una aplicación de citas como le había recomendado su amiga Brit desde hace tiempo, pero nadie le impresionaba lo suficiente como para querer conocerla en persona. Aulio pasaba espiándola por la galería de vez en cuando hasta que ella lo vio y corrió detrás de él, quien apuraba el paso al notar que fue descubierto infraganti. —¿Acaso es mejor espiarme que hablar conmigo?—gritó ella. Él paró en seco. —Lo siento...—dijo de espaldas hasta que volteó para verla. —¡No lo sientas! Admite que me espias—espetó ella sujetando su brazo, él tiró tontamente su latte. —¿Porque no podría hacerlo? Trabajas en una galería, me gusta el arte, ¿recuerdas? No todo se trata de ti—replicó él. —Entonces dime porque me dejaste—dijo ella soltándolo. —No teníamos una relación... —Pues a mi me parece que nos estábamos conociendo... —Para mí fue un acostón—dijo él dándole la espalda. Ella volvió a voltearlo y le dio una cachetada y sin medir palabra vuelve a la galería. Él vio el cielo y pensó, quizá era momento de hacer las pases con quien lo recibirá dentro de poco así que se aleja lo más que puede de las iglesias conocidas y entró en una alejada del pueblo, tomó asiento cruzando los dedos entre sí. —Dios, ¿porque yo?—espetó. —Eso es lo que todos preguntan—dijo una joven novicia. —¿No puedo estar solo en mi rezo? Ella rió. —Te puedo dejar solo, pero no le hagas esas preguntas. —¿Me dirás tu que preguntar?—inquirió molesto. —Pregúntale la verdad, la de tu corazón. —¿Y que sabes tú de la verdad de mi corazón? —Solo sé que los que preguntan porque a ellos por sus miserias, saben que no obtendrán respuestas. No se pueden saber los planes de Dios. —Entonces déjame quejarme—insistió él. —No son para eso las iglesias—dijo ella. —¿Y para que son? —La hicieron los humanos, ¿cómo lo sabría? —¿Y si rezo en silencio te irías? —No, pero no te molestaré. —Bien—dijo arrodillándose y tratando de ignorar a la joven. Pero aunque se maldecía por dentro por el tiempo que le quedaba, su vida anterior a saberlo era tan monótona que si no fuera porque moriría las cosas serían inapetentes, pero ahora no podía serlo, no quería marcharse, no quería morir y con lágrimas entonces lo supo; quería vivir. Quería amar y quería ser amado. Él secó sus lágrimas y se levantó. —¿Tú eres novicia a cargo? —Aquí no hay pastor. —¿Entonces que sentido tiene la iglesia? —Alguna vez lo tendremos—le explicó con paciencia—.No es tan simple, espero a uno solo que le tomará bastante tiempo venir. —Déjame adivinar, los planes de Dios... Ella asintió con una gran sonrisa. Él le dirigió media sonrisa y marchó a ver a Serena. Ella lo encuentra en la galería viendo algunas piezas. —¿Sabes porque compré tu colección? Ella se acercó despacio y respondió con rabia. —Porque querías un acostón. —Derrochaban vida... Ella lo mira extrañado. —¿Vida? —La melancolía de vivir... —¿Entonces soy melancólica? Él negó con la cabeza. —Solo que no sabes lo que causas... —¿Y que te causo, Aulio? Él se llamó al silencio. —Ganas de vivir y eso me aterra, porque voy a morir. —¿De que hablas?—preguntó ella más seria. Él no quitaba los ojos de la pintura de en frente. —¿Y ésta que te parece? Ella mira la pintura. —Alegre... —Así me siento cuando estoy contigo—espetó él dándose vuelta para poder verla al rostro. Ella solo se recostó sobre una columna. —¿Que quieres Aulio? —A ti... —¿No crees que es tarde para eso? Él negó con la cabeza. —Solo será tarde cuando muera. —¿Porque hablas de esas cosas? —Porque voy a morir, Serena. —Todos lo haremos... Él sostuvo sus mejillas. —Tengo cáncer—espetó él por fin. Ella frunce el ceño. —¿Que? ¿Y porque no me lo dijiste antes? —Porque quería que me vieras a mí, no a mi enfermedad. —Aulio...sabes que estoy enamorada de ti, ¿como puedes esconderme eso? —Lo sé—dijo abrazándola—.Es que yo también estoy enamorado y eso lo hace más complicado. No quiero romperte el corazón. —Entonces lucha por tu vida... Él la besó en la frente. —Estoy cansado, Serena. —¿Porque darse por vencido? —Porque no quiero verme como la muerte para saber que ya terminó mi momento aquí. —Me niego a aceptarlo—dijo tapándose la nariz con los ojos lagrimosos y apartándose entre sollozos, pero él la vuelve a abrazar y ella comienza a intentar quitarse entre lágrimas. —¡No puedes darte por vencido! —No lo hago, estoy aquí porque no quiero que sea el último adiós. —¿Y en que cambiará?—se detuvo ella. —Que solo la muerte nos separará. —No quiero que mueras—dijo dejándose caer al suelo. Él se sentó en el suelo como ella. —Quiero pasar mis últimos días siendo amado por ti, ¿estás conmigo? Ella se acercó y lo besó, entre lágrimas, le asintió con la cabeza mientras que con los brazos lo tomaba y se aferraba a él. —No me importa cuanto tiempo sea, si es contigo será la gloria—dijo ella con la voz quebrada. Él la besó sonriendo y sin dejarle hablar. —Nunca podré reemplazarte. —No espero que lo hagas—dijo él con sorna. —Te amo Aulio, por Dios—dijo abrazándolo de nuevo. —Yo también, rubia mía—dijo él abrazándola, y allí se quedaron un largo rato. La galería parecía vacía, nadie entró, pero quizás aquello era mejor, porque Serena no se levantó durante un tiempo, sus piernas le temblaban y sabía exactamente cómo le dolería ésta decisión, pero la tomó, porque estar lejos de Aulio no era posible siquiera para su cuerpo ni su corazón. No quería tener que alejarlo. No quería perder el tiempo. No quería hacer lo que los humanos hacen y todos los pasos que dan para poder abrirse al amor, no había tiempo para ello, por eso solo abrió su corazón y esperó que él también lo haga.
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