Capítulo seis

1180 Palabras
Ares le había pedido una cita a Tabitta para tomar un helado. —Tienes que saber que no tengo mucho tiempo. —Lo sé, ¿tu padre, cierto? —Sí—dijo tomando un bocado de helado—.Pero él no es malo. Solo nos cuida. —¿A ti y a tu hermana? Ella asintió con la cabeza. —¿Y porque tu hermana no vive aquí? —No quiere vivir en la iglesia, además su trabajo y su mejor amiga están allá. —Debes extrañarla. ¿Nunca pensaste en irte con ella? Tabitta negó con la cabeza en respuesta. —Mi padre dice que no quiere que el mundo me corrompa, que en ocasiones las personas son malas y pueden lastimar. —Bueno, pero es el riesgo. No puedes vivir encerrada—insistió Ares. Ella frunce el seño. —Yo elijo vivir así—espetó ella. —¿Realmente elijes vivir con horarios sujetos a permiso? —Es mi tutor. Y no lo entenderías... —¿Que es lo que no entendería? —Mi padre es la única persona que nos queda. No tenemos parientes, no existen abuelos, ni tíos ni nada. —Quizás porque él los haya alejado de eso. Ella insistió negando con la cabeza apresurándose a terminar el helado. —En fin—continuó ella—.Mi padre tiene razón, no soy estúpida, sé como me miran cuando salgo de la iglesia, o cuando paso a verte. —En ocasiones es importante lastimarse... Ella volvió a negar con la cabeza. —No, mi padre ha sufrido lo suficiente. —¿Que ha sufrido?—inquirió él con bigotes de helado, ella echó una leve carcajada y se los limpió con una servilleta. —Mi padre me enseñó a disfrutar las cosas y los días, porque todo eso es una deuda con la vida y tarde o temprano, con nuestra muerte, seremos cenizas, sin nada de lo que tuvimos y por eso disfruto todos los días que puedo. Ares, realmente no soy una persona triste. Dicho ésto ella se dirige a un basurero y tira ambos restos de helado. —Mi hermana también sufre de las crueldades del mundo... —¿Que sucede con ella? —Nada, pero me preguntaste porque no había ido con ella cuando se marchó. Tampoco quería que fuera. —Entonces, ¿te abandonó? Ella sonríe. —Eres fatalista. —Es que es injusto, ella puede salir. —Ella tiene obligaciones y el mundo adulto. —Pero no es adulta, ¿son mellizas, cierto? Ella asintió con la cabeza. —Yo le procuré a mi hermana que cuidaría de nuestro padre. —¿Y porque lo harías? Él sí es un adulto. —Porque él está sufriendo. —¿Porque sufre?—volvió reticente Ares. —Por mi madre. Le duele estar separado de ella... —¿Y porque están separados? Ella comenzó a apresurar el paso. —Creo que debo irme—espetó Tabitta. Él la tomó del brazo. —Espera...no me cuentes si no lo quieres hacer. Ella se queda en silencio mirándolo. —No se que sucede con tu familia, pero no pueden prohibirte que te enamores. —No lo hacen—dijo ella extrañada—.Solo me dicen que vaya con cuidado. —¿Y porque lo dicen? ¿Por tu aspecto? Ella entrecruzó los brazos. —¿Crees que me cuidan tanto porque tengo quemaduras? —¿Porque otra cosa sería? —Te dije que mi padre sufre, que mi hermana está lejos y soy inocente, pero eso no debería explicártelo, porque lo que menos me importa de mi vida es que alguien me moleste por como luzco. —Pero te pueden herir... Ella se acerca lo suficiente como para sentir su respiración y lo mira a los ojos sin titubear. —No soy vulnerable por mi rostro. Soy vulnerable por mi sensibilidad, y mi sensibilidad puede perderse, mi rostro seguirá allí, pero si un día me vuelvo como el resto del mundo, de nada ha servido los valores que me profesaron—le explicó dándose la vuelta y apurándose a marcharse. Él corrió a ella, la volteó y la besó sin mascullar. Ella recibió el beso y ambos se tocaron en un abrazo. Y mientras tanto, el pianista se encontraba en la iglesia en el pueblo adjunto. —¿Porque aquí otra vez?—preguntó la novicia de la iglesia. —Ha pasado tiempo desde que vine, en realidad. La joven lo miró expectante. —Pensé que te habías conciliado con la muerte—espetó ella. —Aparentemente no—rió él bajando la mirada—.Por primera vez, tengo miedo. —¿Conociste a alguien?—inquirió ella. Él solo asintió. —¿Tienes miedo de ella? Él negó solo con la cabeza. —Tengo miedo de que se enamore de mí. —Puedes evitarlo. —Creo que es demasiado tarde, y algo en ello me hace quererla ver otra vez, siempre. —Entonces hazlo. ¿Porque te preocupas? —¿No deberías aconsejarme que no entre en su vida porque saldría lastimada? —Tierra somos y a ella volvemos, ¿porque no relajarse?—respondió ella. —Quizás porque odiaría dejar éste mundo amando a alguien. —Pues tú sabes que hacer, has venido a la iglesia por motivos equivocados. No necesitas hablar con Dios, necesitas aclarar tus ideas. —¿Y como estás tan segura de eso? —Porque buscas excusas para no verla pero no las encuentras, creo... Él un poco enojado, se dirige optimista a la galería de arte habiendo comprado flores en el camino para verla. La novicia lo había hecho enojar, pero sabía que estaba enojado porque tenía razón. —¿Tú que haces aquí?—preguntó Serena viéndolo entrar. —No conozco tu casa—respondió él. —¿Las flores son para mí? Él las miró y extendió el brazo para dárselas. —Sí, pero advierto que no sabía cuales eran tus favoritas. Ella se acercó a tomarlas y él la besó de repente, y ella lo continuó hasta que la galería se cerró y sería testigo del único amor y la única voluntad de un hombre enfermo que guardaba aquel secreto porque temía dejar de ser amado por ello, y a ésto, solo le quedaba tiempo. —¿Porque no llenas éste lugar con tus pinturas? Ella con el pecho al descubierto se sienta a ver el salón. —Parecería un sueño... —No es un sueño si puedes lograrlo. Tus jefes deben saberlo. —Pueden saberlo, pero ¿quien sabe? Quizás no le guste mi arte. —Entonces yo compraré toda tu colección. Ella rió y lo miró divertida. —¿Porque lo harías? Tampoco sabes como pinto. —Porque creo en ti y las expondría yo mismo. Ella volvió a besarlo y se recostó en su pecho. —No puedes venir a mi vida y zambullirte en ella y darme todo éste trato. —No creí que fuera posible encontrar otra vez esperanza, pero te juro que no quiero no hacer planes con usted.
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