En la oficina del presidente…
El señor Gustavo revisaba unos pendientes, hoy estaba de mal humor, su esposa no volvió a la casa, molesto canceló sus tarjetas y ni así se comunicó con él.
Lo único que lo animaba esos días es que al fin se desharía de Grecia después de tantos años. Empezó a sudar frío, su pecho dolía, se levantó para caminar por la oficina y cayó al suelo.
La secretaria al escuchar el golpe entró rápidamente. “¡Señor!”. Corrió hasta él gritando por ayuda. La ambulancia llegó rápidamente, todos estaban atentos a lo que pasaba, Grecia terminaba de recoger sus cosas en la oficina para irse, Doris la acompañaba.
En el hospital…
Emanuel llegó encontrándose con una Jimena histérica. “¡Papá! ¡Déjame entrar a verlo! ¡¿Quién te crees que eres?!”. Gritaba a los médicos.
El doctor trataba de tranquilizarla. Emanuel llegó advirtiéndole con la mirada, ella se quedó en silencio llorando. “¿Cómo está mi papá doctor?”.
El hombre mayor se dirigió a Emanuel. “Tuvo un preinfarto, debemos hacer algunos exámenes para poder darle los medicamentos adecuados, además debe seguir una alimentación adecuada y dejar todo lo que le cause estrés”.
Entraron los hermanos a ver a su padre, que estaba postrado en la cama, Jimena lloraba, corrió a abrazarlo. “¡Papito!”.
Isabel llegó más tarde, el hombre ya estaba despierto. “Viniste”.
Ella caminó hasta la cama con mucha calma. “Solo quería saber que estabas bien e informarte que me iré a vivir a otra ciudad”.
El señor pensaba que después de lo que pasó, ella volvería a cuidarlo a la mansión.
Lorena su hermana también fue a despedirse, le dolía dejarlo solo, sin embargo, su hermano tenía que aprender de sus errores. El señor se quedaría por varios días en el hospital y después a descansar en su mansión, Emanuel tuvo que presentarse a la universidad para hacerse cargo de todo.
Con un traje n***o impecable caminaba por los pasillos del instituto, llevaba un maletín, sus rasgos eran finos y fríos, la gente alrededor se hacía un lado para dejarlo pasar mientras hablaban bajo sobre los acontecimientos, detrás de él, Arturo con un traje gris lo seguía, el sí le sonreía y saludaba a la gente. Era un hombre carismático.
El entrenamiento terminó. Había sido mucho mejor que otros días sin Jimena al frente, las chicas se sentían más a gusto con Doris y Grecia, Citlali aprovechó para no aparecer y fue lo mejor.
Estaban a punto de salir de las instalaciones, Grecia recordó que tenía que dejar unas cajas para empacar todas sus cosas, sacó las cajas de la camioneta de Doris y le pidió que la esperara. “Te veré en un momento”. Doris asintió y puso música.
Grecia entró a la vieja pero austera oficina, colocó las cajas detrás de un mueble, estaba a punto de salir cuando la empujaron adentro, cerrando la puerta la colocaron contra la pared agresivamente tomándola de la barbilla.
El olor al perfume era muy conocido para Grecia, sus manos empezaron a sudar sintiéndose nerviosa.
Emanuel tomó sus labios agresivamente mientras ella golpeaba su pecho. “Suel… tame…” Por unos segundos se perdió en el beso recordando las caricias del hombre. A pesar de los años, el fuego en su interior seguía ahí, Emanuel era alguien a quien amo con toda su alma, sentirlo de nuevo cerca era difícil para ella.
Emanuel cortó el beso mirándola a los ojos le reprochó. “¿Sigues jugando con los hombres?”.
Ella se puso pálida.
Emanuel apretó un poco más, ella siseó. “¿Qué relación tienes con el novio de mi hermana?”.
Grecia asombrada negó con la cabeza tratando de zafarse del hombre.
“Es solo un niño que se está haciendo rico ¿Piensas engañarlo? burlarte de él y sacarle dinero”. Recriminó Emanuel celoso.
Grecia miraba con tristeza esos ojos que en el pasado tanto amaba, ahora estaban llenos de odio y resentimiento.
Ella luchaba por alejarse con todas sus fuerzas. “¡Aléjate de mí!”. Pero Emanuel no la dejó salir sosteniéndola por detrás, tomó sus manos aprisionando su cuerpo, inclinándola en el escritorio. “¿Por qué debería? Me debes tanto Grecia…” El mordió el lóbulo de su oreja pasando los labios por su cuello, dejaba pequeñas marcas rojas, Grecia solo apretó los ojos conteniendo el dolor.
Emanuel aspiró su perfume en su clavícula, ese que extrañaba todos los días, ella intentaba alejarlo, pero era imposible.
Emanuel le reclamaba al oído apretando su cuerpo fuerte “¿Se te acabó el dinero? ¿Crees que ese niño podrá darle lo que quieres?”. Se burló mientras la giraba, pasaba su mano por su cuerpo, haciéndola estremecer con su aliento tan cerca.
Emanuel exclamó. “¡A si, acaba de firmar un contrato de millones y estará recibiendo miles por mes… ¡Es perfecto para ti! Para tu ambición”.
“¡Ya déjame!”. Grecia mordió su mano, Emanuel protestó, soltándola un poco. Grecia aprovechó para salir de ahí corriendo por el pasillo, chocó de frente con Rogelio. “¿Grecia?”.
Rogelio la detuvo, vio su estado, temblaba y miraba hacia atrás con mucho miedo. Grecia apretó la chamarra de Rogelio. “Ayúdame… Sácame de aquí”.
Rogelio miró el horizonte, no había nadie, puso su mano en la cintura de Grecia y esta se estremeció, a partir de ese momento fue más cauteloso y caminaron hacia la salida, hasta el auto donde Doris la esperaba.
Emanuel se quedó escondido mirando como Rogelio sacaba a Grecia, su mirada era penetrante y violenta. Al verlo Doris frunció el ceño, salió del auto rápidamente. “¿Qué pasó?”. Grecia temblaba, Doris levantó la mirada pidiendo explicaciones a Rogelio, él negó. “La encontré así en el pasillo”.
Doris ayudó a Grecia a subir al auto. “Gracias”. Le dijo a Rogelio saliendo de ahí, él se quedó de pie mirando el auto.
Mientras conducía Doris giraba a ver a su amiga. “¿Puedes decirme qué pasó?”.
Grecia se abrazaba a sí misma y miraba por la ventana recordando a Emanuel. “Fue a buscarme a la oficina”
Doris sabía de quién hablaba. “Pensé que lo había superado con el tiempo…”
Grecia negó llorando. “No lo hizo, sigue diciendo esas palabras terribles”. La angustia de su corazón no terminaba y recordó el pasado.